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SOCIEDAD

Daniel Ramírez, periodista y autor de 'Salvoconducto-19': "Navarra es el gran misterio de la pandemia"

El escritor pamplonés publica su cuarto libro sobre las intensas jornadas personales y de trabajo durante los peores meses de la pandemia. 

Daniel Ramírez García-Mina, periodista navarro que ha publicado el libro 'Salvoconducto-19'. CARMEN SUÁREZ
Daniel Ramírez García-Mina, periodista navarro que ha publicado el libro 'Salvoconducto-19'. CARMEN SUÁREZ

Daniel Ramírez García-Mina (Pamplona, 1992) llega con su ya clásico retraso puntual a la entrevista en un local de Madrid y apenas se quitará la mascarilla un segundo, a pesar de que ha pedido un café XXL.

Conociéndolo, suelo llegar quince minutos después de la hora fijada a nuestras citas, con lo que mi ‘pacientómetro’ no se altera. Lo peor de todo es que este espigado periodista y escritor siempre tiene una razón de peso, jamás una excusa. O se encontraba entrevistando a la hija de Chaves Nogales, Pilar, recién cumplidos cien años, o venía de cubrir alguna revuelta ciudadana, ya sea de ‘cayetanos’ o de ‘abrazaárboles’. Y las expresiones cicateras son mías, porque Dani Ramírez —la confianza nos permite usar su nombre de guerra— es respetuoso con todos, sean del color que sean, y especialmente con su oficio, el periodismo.

Considera que la pandemia lo ha dignificado y ha demostrado la necesidad que tenemos de que alguien nos cuente lo que no podemos ver u oír y este su cuarto libro, Salvoconducto-19 (Renacimiento), constituye también un homenaje a la profesión. Pero muchas más cosas, en un género nuevo que podríamos llamar autocronicografía (autobiografía + crónica), en el que el autor emplea un registro íntimo y sincero para abordar la Covid-19 de su propio padre, mientras repasa los acontecimientos de la actualidad desde su posición de periodista en El Español. La distancia de seguridad que el periodista debe mantener ante los hechos cambia ahora las tornas, lo cual agradece el lector de este libro que actúa como un compendio vivo, caliente, a pie de calle, pero no exento de luces de interior, al abordar la mayor crisis social de las últimas décadas.

¿Confinamiento y periodismo es posible? Tu admirado Chaves Nogales se consideraba un plumilla, un periodista cuyo hábitat era la calle. ¿Y tú?

Me considero reportero de calle… me dan bastante alergia las redacciones.

Salvoconducto-19 se antoja un gran manual de reporterismo, pero también mira hacia adentro, hacia esa introspección más o menos forzosa que trajo el primer confinamiento…

La idea original tenía la calle como objetivo, pero la enfermedad de mi padre me obligó a ese viaje. La primera parte es muy de calle, los barrios, los comercios, los periódicos, los mercados, el cementerio…, pero cuando mi padre enferma por covid, llega la parte intimista. Las conversaciones entre los médicos y la familia, las distancias, la lejanía, la soledad….

¿Qué tal está tu padre?

Estupendo. Me doy con un canto en los dientes. Tal y como sale mucha gente después de superar la enfermedad, con fibrosis pulmonares, problemas cardiovasculares, mi padre de momento no tiene secuelas.

El diagnóstico en sí era «neumonía bilateral», ¿no es así?

Eso es. El clásico diagnóstico. Tú te coges la Covid y al principio se vive, para entendernos, como un proceso gripal, pero si se complica pasa a neumonía bilateral, es decir, en ambos pulmones. Pero, claro, la incógnita es que no hay un tratamiento claro para sobrellevar la enfermedad. Se habla mucho del Remdesivir y otros, pero en general en España se trata con corticoides. Los corticoides funcionan en algunos pacientes, pero en otros no. En el caso de mi padre, al principio no funcionaba, no le remitía la fiebre, y nos asustamos y de repente un día, no preguntes por qué, empezaron a funcionar.

Vivimos en una sociedad que a veces manifiesta cuando no gerontofobia sí indiferencia hacia los mayores, algo que en tu caso es todo lo contrario, capaz como eres de remover Roma con Santiago para entrevistar a la última persona viva que trató, por ejemplo, a Pío Baroja…

En un momento de tanta polarización, es importante que valoremos lo que supone el recuerdo y la memoria de los que participaron en la Guerra Civil, pero también de los que hicieron posible la Transición, que tienen más indulgencia con sus enemigos que los propios políticos de ahora. Es muy duro que de golpe y porrazo el coronavirus nos robe esa memoria. De no ser por el coronavirus, muchísimos de esos perfiles estarían más tiempo junto a nosotros.

Como Landelino Lavilla [expresidente del Congreso durante el 23F], al que entrevistaste días antes de su fallecimiento, el pasado abril…

Fue una entrevista por teléfono. Él murió por causas ajenas al coronavirus, pero, obviamente, pertenece a ese perfil de gente que atesora una mina de recuerdos y enseñanzas y que de pronto desaparece. 

Una de tus mayores satisfacciones habrá sido entrevistar a Pilar, la hija del citado Chaves Nogales, cuyas obras completas, por cierto, acaba editar Libros del Asteroide.

Sí, justo cumplió cien años este verano. Ella está muy bien, vive aislada en su casa de Marbella y es un prototipo de memoria viva con mucho que contar. Imagínate, ¡ha cenado con Valle-Inclán!

Pero si murió en el 36…

Sí, pero ella nació en 1920… Valle-Inclán, Azaña, Baroja y montón de personajes de la época cenaban cada noche en casa de Chaves, y a ella le pedían que ayudara en la mesa, que se sentara y atendiera las conversaciones… Imagínate perder de pronto todos esos testimonios… Pilar ha vivido la Guerra Civil, el exilio, la Segunda Guerra Mundial, la ocupación nazi en París, un nuevo exilio, la vida en el Londres de los aliados… Que todas esas vidas pendan ahora de un hilo, más que nunca, es muy jodido.

Confieso que tengo un hábito, no sé si insano, que es mirar en Wikipedia si tal o cual personaje sigue vivo. ¿Tú lo haces? Como el sobrino del general Miaja, participante activo en la Guerra Civil, al que tuviste la suerte de entrevistar hace poco…

Te reconozco que sí y no veo nada malo en ello. Ahora, por ejemplo, colaboro en una sección con Carlos Alsina que se llama precisamente ‘Centenarios’, con entrevistas a personajes que rondan esa edad. Durante la pandemia, encontré a un tipo como Adam Milczynsk, arquitecto nacido en Polonia en 1921, y cuya entrevista acabamos de emitir. Cuando era niño, y empezaba la Polonia libre, sus hermanos aún tenía nacionalidad… prusiana. El tipo vivió la invasión nazi de su país, que fue brutal, la Segunda Guerra Mundial, la invasión comunista y luego ya se exilia en Alemania Occidental, donde estudia arquitectura, para acabar en España con una beca que daba el franquismo a jóvenes que estaban en países comunistas. Y, claro, el hombre me contaba, a sus 98 años —nos cerraron el Museo de la Universidad de la Navarra para la entrevista, con todas las medidas de seguridad—, que no había vivido en una democracia plena hasta 1975, cuando tenía 54 años.

Vaya panorama…

Son estas historias las que están seriamente amenazadas, como es lógico por ley de vida, pero en estos momentos mucho más.

En tu Salvoconducto-19 hay un dato que me llamó la atención, lo de los dos millones de españoles que participaron en la Guerra Civil y que aún estarían vivos. ¿No son muchos?

El dato me lo pasó Pedro Corral, escritor y político del PP, que elaboró empleando distintas variantes, con datos del INE, partidas de nacimiento y un cálculo de la cifra de varones mayores de dieciocho años, que son los que habrían hecho la guerra, además de los de la Quinta del Biberón, los requetés de dieciséis años, etc.

Delibes, por ejemplo, estuvo voluntario en el frente, pero ya con 18 años, a partir de 1938, como marino en el crucero Canarias… Imagino que se inspiró en aquella experiencia para crear al marino de La sombra del ciprés es alargada… Esto me recuerda a un proyecto que tuve en su día: entrevistar a los que vivieron la Guerra Civil de niños…

Todavía estás a tiempo… Mi abuelo acaba de cumplir noventa. Nació en 1930, ahí tienes el primero.

Tras la biografía sobre Eusebius, tu retrato sobre ese singular crítico musical pamplonés de posguerra, ¿tienes en mente algún proyecto que aborde en concreto la Guerra Civil?

Es verdad que en mucho de lo que he escrito, el de Eusebius [también en Renacimiento], en el de Baroja [Ipso], y también en el de Osasuna [Porque somos Osasuna, Ken, a propósito del centenario del club], la guerra tiene una dimensión muy importante. Incluso en este último aparece, de manera colateral, en recuerdos y anécdotas. Me gustaría hacer algo, pero siempre que partiera de una idea tan potente que mereciera la pena.

Volviendo a nuestra guerra actual, ¿en qué momento la enfermedad de tu padre cambia el tono, la dirección, de lo que iba a ser un diario de pandemia desde el punto de vista de un periodista?

El momento que me empuja a escribir el libro surge cuando publico la exclusiva de que el Palacio de Hielo se ha convertido en una morgue, que es como arranca el texto. Habían pasado muchos días de pandemia, había muchos muertos y muchas desgracias, pero no sé por qué, no es hasta ese instante cuando veo que, como digo en el libro, a la historia se le ha puesto la H mayúscula. Ese instante en particular me abrió los ojos. Empiezo a escribir el libro ahí y mi padre se contagia… Al principio está en casa una semana, pero para cuando empeora y lo ingresan, ya había escrito tres o cuatro capítulos del libro… Entonces tengo el dilema de seguir con la crónica o meter la enfermedad de mi padre. Hice un capítulo mezclando ambas cosas, y me pareció que era buena idea, porque ahí el libro gana en verdad, en ritmo… Y, porque, cínicamente puedo decir que la enfermedad de mi padre me permitió ver la enfermedad con otros ojos y empatizar con un paciente de covid que está en un hospital, solo. 

Faulkner decía que no es escritor quien no está dispuesto a vender a su madre en letras de molde. ¿Serías capaz?

Mi santa madre ha pasado también el coronavirus, y cuarenta días dando positivo, o falso positivo. Jamás llegaría tan lejos, todo lo contrario...

El libro tiene una parte de viaje interior que me sorprendió y también andanzas periodísticas. Sin embargo, a lugares nucleares en la pandemia como el citado Palacio de Hielo o el hospital de Ifema no fuiste…

En esos casos, tenía muy buena información a través de gente que estaba allí. Porque aquello fue desde el principio una cosa muy blindaba, y sólo podía acceder el Ejército, ni siquiera con salvoconducto. De hecho, la foto que se filtró fue desde dentro, no se podía entrar… Pero en todo momento estuve en contacto, casi a diario, con gente que estaba dentro del Palacio de Hielo.

Es habitual en el libro leer cosas como «Me llama tal cargo de responsabilidad, tal personaje relevante…». Entiendo que periodista es aquel que cuenta con fuentes y sabe manejarlas…

Sobre todo quería que quedara claro que, conforme iba escribiendo, estaba cerca de lo que sucedía y, aunque no podía ir en algunos casos, seguía al pie del cañón.

Lo que has hecho es un maridaje entre autobiografía y crónica. Un género que podrías llamar ‘autocronicografía’ o ‘crónicautobiografía’…

Juan Manuel Bonet suele hablar del género de la quest, palabra que no tiene traducción al castellano, pero que podemos definir como el relato de un periodista que va contando cómo investiga, cómo va indagando, su proceso… Es un género que cada vez tiene más cabida en la literatura; tiene el riesgo de que entorpezcas el relato con cosas innecesarias para el lector, pero también tiene la virtud de involucrar al lector como un actor más en la investigación.

¿Cómo recuerdas la conocida como ‘revuelta de los cayetanos’ o los sucesos de Núñez de Balboa? Me consta que tuviste incluso algún conflicto con el código deontológico del periodismo, por así decir…

Sí… mira, te voy a contar una anécdota. Como sabes, la crónica es un género periodístico que te permite hacer algo más que un teletipo. Acudí durante varios días al barrio de Salamanca y pronto asumí aquello como insensatez tremebunda: no había distancias, se repartían carteles manoseados por todo el mundo, la gente no hacía caso de las indicaciones de la policía, que apenas multaba… Reflejo todo aquello en mis crónicas, que empiezan a sentar mal en el entorno más próximo a VOX, y un tipo llegó a mandar un mensaje a Pedro J., el director del medio en el que trabajo [El Español], señalándonos a los dos: a él por contratarme y a mí por hacer, en su opinión, mal mi trabajo y no limitarme a contar con meridiana objetividad lo que allí pasaba. Le contesté que me parecía una falta de respeto señalar a un redactor ante su director y le recordé que para escribir una crónica no basta con darle al REC en la grabadora. Aquello tuvo su eco y, claro, en esta España tan polarizada, de pronto te jalean las izquierdas más belicosas. Qué pena que aquellos que entonces me apoyaban se sintieran decepcionados cuando señalé el mismo despropósito de aquellos manifestantes de izquierdas que se manifestaron, incumpliendo también las medidas de seguridad, contra el racismo, en la Puerta del Sol. No hay que confundir, como explica bien Trapiello, la equidistancia con la ecuanimidad.

Te preocupa cierta ‘obsolescencia programada’ del libro en cuanto que las cifras de mortalidad de la primera ola pueden verse en breve tristemente superadas… O en cuanto que el libro imprime cierta sensación de tormenta pasada, cuando no sabemos aún lo que está por llegar…

Hay quien me pregunta si voy a escribir una continuación y digo que no, porque me he quedado vaciado de fuerzas. El proceso de escritura fue angustioso; luminoso a ratos, pero angustioso en general. Pero, fíjate, hay una relación inversamente proporcional al avance de la pandemia muy tenebrosa, porque el contenido libro se hace interesante a medida que el coronavirus se recrudece. 

El «triaje», el Palacio de Hielo cubierto de ataúdes, las muertes sin despedida, viste claro que aquello era algo que traspasaba toda línea roja y que las crónicas que enviabas al periódico no bastaban para explicar todo aquello…

Es el signo más característico de esta pandemia, porque salvo en las guerras y en las retaguardias con asesinatos más viles, rara vez la sociedad ha estado privada del derecho a velar a sus muertos. El diácono que hace los responsos en la Almudena me contaba cómo los familiares tenían que situarse a mucha distancia de los ataúdes. Y cómo esos familiares lloraban, intentaban acercarse, pero no podían. Cómo no podían acceder tampoco a los tanatorios, o cómo los hijos de los fallecidos han tenido que hacer sorteos entre ellos para ver quién podía, gracias a algunos permisos que se fueron dando, ir a velar a su familiar. Los sanitarios me contaron, cuando pude entrar al hospital de Navarra a hablar con ellos, cómo se veían con una doble responsabilidad. La netamente sanitaria, es decir, la de acompañar a una persona en su agonía desde un punto de vista clínico y, por otro lado, la de convertirse en el familiar de esas personas que está muriendo, desprovistos de la mano de un hijo o allegado al otro lado de la cama. Es lo que Camus llama «las huellas imborrables de la peste». Todo se olvida, pero hay algunas huellas que permanecen en los corazones. Y lo de no poder velar a nuestros muertos es una de las cosas más claras en ese sentido.

Lo simbólico ha recobrado nueva importancia. ¿Se ha vuelto a poner de manifiesto aquello que decía Carl Jung de que somos animales religiosos?

José Luis Garci lo sintetiza en el libro con mucha gracia cuando habla de «la gotita de misterio» al referirse a que somos algo más que carne y hueso. La gotita especial que convierte la ginebra en Dry Martini, como decía Severo Ochoa. Y creo que es verdad, porque, tanto los que creen en que hay vida después de la muerte como los que no, todos han sentido la misma carencia, el mismo vacío, en momentos cruciales como el despedirse de los suyos para siempre.

Con tu salvoconducto de periodista que da al titulo al libro te valiste de la condición de «servicio esencial» de la que goza la prensa. Y es cierto que los medios han hecho un gran despliegue, pero yo he tenido la sensación de demasiada información sin valorar, de muchos datos sin analizar, publicados deprisa y corriendo, de muchas inercias y de una independencia de criterios que a veces ha brillado por su ausencia…

Es cierto que la obsesión por ser el primero, por ejemplo, es una amenaza para el periodismo. Al final, te obliga a sacrificar la profundidad para lograr la primicia… eso siempre es negativo. Pero era, y es, tal la necesidad de información que los medios han tenido que publicar con rapidez sobre algo completamente desconocido. Pero, bueno, también hay cosas buenas, como que nunca antes había habido en los medios tantas voces de expertos. El periodista medio, que tiende a ser asquerosamente narcisista, ha sabido echarse a un lado y asumir que, ante su incapacidad para comprender lo que estaban pasando, tenía que dar voz al experto. Así que muchos medios han recurrido habitualmente a epidemiólogos, médicos, enfermeros, sanitarios, etc.

Sí, pero el periodista debería ordenar esa información, no sólo dar voz al experto… Javier Marías habló a finales de verano de «terrorismo informativo», de manera quizá exagerada, pero es cierto que en verano se informaba en un tono de permanente catástrofe cuando objetivamente la mortalidad se había reducido muchísimo en comparación…

Sí… 

Luego daba la sensación de mucho despliegue infográfico, pero con una sofisticación tal que, para muchos, aquello era un galimatías que más que aclarar, confundía. Kiko Llaneras, a quien conoces bien, ha hecho un gran trabajo con sus gráficos en ‘El País’, pero personalmente me mareaban tantas curvas logarítmicas…

He trabajado con Kiko y además de ser una persona muy rigurosa con los datos, quizá por el hecho ser ingeniero, siempre me ha parecido muy pedagógico. Recuerdo que, cuando trabajamos juntos, siempre respondía a las dudas de manera muy sencilla. Quizá por eso está teniendo tanto espacio en las televisiones, aunque sobre el uso de los datos no te puedo precisar, es un tema complejo…

Nuestra patria chica sigue en el punto de mira negativo con unas cifras de contagios desaforadas. ¿Tantas cosas se han hecho mal objetivamente?

Navarra es el gran misterio de la pandemia. Cómo una comunidad con una población tan reducida, con una movilidad tan reducida, con transportes públicos tan poco masificados, puede tener tal incidencia del virus por cada 100.000 habitantes es algo inverosímil. En la última tabla que he visto, estaba duplicando a la de Madrid. ¿Cómo es posible que una ciudad como Madrid, con metro, cercanías, autobuses repletos, bares por todos los lados que siguen abiertos, tenga menos de la mitad de contagios de media que Navarra? ¿Cómo se ha podido llegar a esta situación? Me parece desolador y creo que las medidas llegan tarde. En cualquier caso, es una locura que Navarra tenga más incidencia del virus que Madrid.

¿Ha faltado mano de hierro al gobierno de Chivite? ¿En qué medida existe una dependencia de Ferraz en esta cuestión?

Un gobierno autonómico siempre depende de Madrid cuando es del mismo signo que el del gobierno central. Lógicamente, todas las medidas que toma Chivite van acompasadas a lo que diga Pedro Sánchez.

¿Y a escala nacional, con una Francia anunciando un confinamiento casi total, te atreves a adelantar algo del futuro?

Es difícil predecir nada, pero creo que vienen todavía meses duros, con unas Navidades enrarecidas, que va a morir muchísima más gente… Obviedades que no sé si hemos asimilado del todo todavía. El caso es que nadie parece capaz de atisbar un final cercano para todo esto, con la vacuna aún lejos en el horizonte.

¿Aguantará la paciencia de los españoles?

Una de las cosas más decepcionantes de esta pandemia se vio cuando se pasó de los aplausos a las cacerolas, del apoyo al insulto, y hay mucha gente que se hace la clásica pregunta de «¿hemos salido mejores?». No lo creo, pero por ser optimista diré que la pandemia nos ha enseñado que podemos ser mejores. Nos ha puesto ejemplos muy claros de que es posible ser mejores de lo que somos. Y no es poco.


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Daniel Ramírez, periodista y autor de 'Salvoconducto-19': "Navarra es el gran misterio de la pandemia"