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Consuelo Ordóñez, presidenta de Covite: “Mi hermano habría acabado con ETA si no le hubiesen matado”

Se cumplen 24 años del asesinato de Gregorio Ordóñez a manos de los terroristas de ETA en San Sebastián: "Él era consciente de que le iban a matar"

La viuda y la hermana de Gregorio Ordóñez, Ana Iribar y Consuelo Ordoñez en un homenaje anterior al dirigente del PP asesinado por ETA en San Sebastián.
La viuda y la hermana de Gregorio Ordóñez, Ana Iribar y Consuelo Ordoñez en un homenaje anterior al dirigente del PP asesinado por ETA en San Sebastián.  

Dentro de una semana, el 23 de enero, se cumplirán 24 años del asesinato de Gregorio Ordóñez a manos de la banda terrorista ETA. La Fundación que lleva el nombre del malogrado político del PP celebra este sábado en el cementerio de San Sebastián un acto en su memoria. 

Ordóñez era teniente alcalde del consistorio de la localidad cuando los asesinos terminaron con su vida. Al poco tiempo de ese terrible crimen, su hermana Consuelo fundó el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (Covite) junto a Cristina Cuesta y Teresa Díaz, también víctimas de ETA.

Consuelo Ordóñez (Caracas, 1959) no necesitó ningún psicólogo después de que ETA asesinase a su hermano Gregorio en 1995. Su terapia fue el activismo.

Y su voz se sigue escuchando. ETA apagó la de su hermano, pero Consuelo Ordóñez continúa en las trincheras para evitar que el relato etarra se imponga.

¿Por qué nació en Caracas?

Mi madre emigró sola de España a Venezuela. Fue a Caracas a trabajar, conoció a mi padre, y unas monjitas ejercieron de casamenteras y les juntaron. A los cinco o seis años de tenernos a mi hermano Goyo y a mí nos trajeron a España.

¿Por qué sus padres vinieron al País Vasco?

Una hermana de mi padre vivía en San Sebastián y su marido les propuso a mis padres trabajar en una lavandería industrial. En aquella época había mucho turismo y trabajábamos para dos o tres hoteles.

Sin embargo, todo se fue al carajo por el terrorismo: los turistas dejaron de venir y cerraron los hoteles. Tuvimos que reinventarnos y empezamos a trabajar para algunos restaurantes. Cuando mis padres se jubilaron, se mudaron a Terrateig, que es un pueblo en Valencia.

¿Qué le llevó a su hermano a estudiar en Pamplona?

Mi hermano fue a Navarra porque aquí no había Ciencias de la Información. Además, cuando llegamos a San Sebastián mi madre nos metió en centros del Opus Dei. Gregorio y yo éramos carne de cañón y a él lo encauzaron para irse a la Universidad de Navarra.

A mí también me querían llevar, pero en el último curso suspendí Lógica y finalmente no fui. Me dijeron que no tenía vocación y decidí dejar de ir a esos centros, así que me fui en paz. Dios se quiso divorciar de mí de mutuo acuerdo.

Después de verse obligada a ir a vivir a Valencia en 2003, ¿le gustaría volver a vivir en el País Vasco?

Es muy difícil volver después de haberme establecido los últimos quince años en otro sitio. No volvería nunca. En el momento en el que me fui, tomé una decisión muy triste, pero ya me lo habían hecho todo, me reconocía todo el mundo y me gritaban por la calle. Mi vida era una juerga: unos me gritaban “Olé tus huevos, Ordóñez” y otros “Ordóñez, devuélvenos la bala”.

¿Pero hubo algo concreto que le obligara a marcharse?

Yo era procuradora en Tolosa y la gente no quería trabajar conmigo. Empecé a ir a concentraciones pacifistas y silenciosas a los dos meses de que matasen a mi hermano y, al lado, había contramanifestaciones.

A pesar de que no sabían que era la hermana de Gregorio Ordóñez, nueve meses después del asesinato de mi hermano en una de esas concentraciones me tiraron una piedra por la espalda y me abrieron la cabeza.

¿Iba a manifestaciones contra ETA antes de que matasen a su hermano?

No iba a esas concentraciones a pesar de que las tenía al lado de casa. Por eso digo que yo no tengo mérito. A mí me ha tocado. Era una frívola y la que menos atención prestaba a mi hermano. Sí iba a los funerales de los guardias civiles o militares que ETA mataba.

Siempre admiraré a esa gente anónima que sí iba. He tenido la suerte de conocer a lo mejor de los vascos y de los españoles como intelectuales de la talla de Savater. Yo soy como soy gracias a ellos porque me ayudaron a transformar el odio en una lucha constructiva.

Se convirtieron en mis mejores amigos porque los que antes habían sido mis amigos los tuve que sacar de mi vida ya que me trataban como si mi hermano hubiese muerto de cáncer. Lo que yo necesitaba para superar mi duelo era el activismo y esta ha sido mi terapia. Nunca he necesitado ir a ningún psicólogo.

¿Por qué tuvo que sacar de su vida a los amigos que tenía antes del asesinato de su hermano?

Solo mantengo amistad con dos personas. Ahora me relaciono con los amigos que me encontré en la calle. Salía con mucha gente de marcha, pero me alejé a raíz del episodio del botellazo.

¿Qué ocurrió?

Estaba de marcha con mis amigas por la parte vieja de San Sebastián y me dieron un botellazo. El impacto fue brutal porque la botella de cerveza estaba llena y me puse a gritar en medio de la calle.

Mis amigas habían salido por patas, pero me seguían a distancia. Cuando fui a denunciar, una de ellas me dijo que no podía perder el tiempo porque ya era la hora de ir a la discoteca y se fue. La otra sí se quedó conmigo.

Me di cuenta de que me estaba jugando mi integridad física y la semana siguiente les pedí a mis amigas que no frecuentáramos tanto esa zona de San Sebastián, pero no sirvió de nada.

¿Qué hizo entonces?

Empecé a salir con los del movimiento ¡Basta ya! Además, en aquella época, ETA mató a uno de mis amigos de la cuadrilla, Javier Gómez Elosegui, que era funcionario de prisiones. Un par de meses antes de que lo mataran nos tocó en una boda juntos y él me habló del sufrimiento de los presos.

Otro asesinato que me dolió mucho fue el de Joseba Pagazaurtundua, que sí era mi amigo de verdad. Siempre que había un atentado me llamaba porque sabía que lo pasaba mal, cosa que no había hecho ninguno de mis supuestos amigos de toda la vida.

¿Cómo era su hermano de joven?

Antes de empezar la universidad era muy tímido, pero pegó un cambio muy grande. Enseguida empezó a salir con la que luego sería su mujer, Ana Iribar. De Navarra vino con una inquietud política muy grande y empezó a trabajar en un periódico que luego cerró. Allí conoció a gente de Alianza Popular y así empezó todo.

¿Temía usted por la vida de su hermano?

Yo no era consciente de ese riesgo. Sabía que mi hermano era conocido porque todo el mundo le paraba por la calle. Después he sabido que mi cuñada, su mujer, le notaba en sus últimos meses más preocupado. Él era consciente de que le iban a matar. 

¿Por qué ETA se fijó en su hermano?

Él era especial. Políticos como mi hermano no había. Era totalmente atípico. Mi hermano era una persona con fuertes convicciones, muy pasional y con mucha fuerza de voluntad.

Su hermano creía que ETA estaba infiltrada en la policía de San Sebastián y lo estaba investigando. ¿Fue eso decisivo?

Sí, pero se juntaron varias cosas. En primer lugar, Herri Batasuna (HB) había diseñado la estrategia de la socialización del sufrimiento y eso significaba que ETA iba a atentar otra vez contra políticos, periodistas o jueces.

Además, se juntó que ese año eran las elecciones municipales y mi hermano iba a ser el nuevo alcalde de San Sebastián. Ellos saben que la historia se hubiera escrito de otra forma si mi hermano hubiese llegado a alcalde. Yo estoy convencida de que mi hermano habría acabado con ETA porque estaba contagiando su valentía a la sociedad. El miedo es contagioso, pero la valentía también.

¿Cómo se enteró del asesinato de Goyo?

Yo me estaba preparando para ir a trabajar cuando me llamó la madre de un compañero de mi hermano preguntando a ver si había pasado algo. A continuación, llamé a mi cuñada y tampoco sabía nada. A los minutos, Ana Iribar me volvió a llamar y me pidió que fuese a su casa.

Cuando llegué vi que la Policía Municipal estaba poniendo cintas para vallar el portal y ya me di cuenta de todo. Pregunté a un municipal qué había pasado, él me reconoció y me pidió que me imaginase lo peor. Subí y ahí estaba todo el mundo.

¿Cambió el asesinato de su hermano a la sociedad vasca?

Dejó una semilla para todo el movimiento del ¡Basta ya! Conseguimos grandes cosas porque los políticos iban detrás. Lo que más daño le ha hecho a ETA fue ese movimiento, pero luego sufrimos un retroceso con la negociación de Zapatero. Rajoy siguió con la misma hoja de ruta y ha materializado las exigencias de ETA mintiéndonos a la cara. Pero a nosotros no nos pueden mentir. A mí no.

Han suplicado a ETA que se disuelva y al final los terroristas se han disuelto como han querido. Cualquier organización de criminales o de narcotraficantes acaba con una operación policial, pero esto no lo hemos visto con ETA.

¿Se siente reflejada en el partido de su hermano?

Para nada. Mi hermano nunca me dijo que me hiciese del PP y luego desde el activismo he visto la miseria y las cloacas que hay en los partidos.

¿Sigue pensando que el PP instrumentaliza a las víctimas?

Este verano lo he tenido que decir. Ha sido vergonzoso. Y Ciudadanos también. Van a Alsasua y se les olvida la familia que peor lo está pasando, la de María José, que fue agredida por ser la pareja de uno de los guardias civiles. Me da mucho asco todo. Y encima les ha salido bien políticamente.

¿Influyen ahora en la política del Gobierno del PSOE?

Como presidenta de un colectivo de víctimas tengo que intentar influir en los gobiernos. Lo intentamos con el PP con poco éxito y ahora parece que nos escuchan más.

¿A qué se refiere?

Antes del verano, el Gobierno actual decía que iba a hacer acercamientos de presos al País Vasco. Sin embargo, no hemos visto ninguno porque nosotros les hemos convencido de que no tenían que hacerlos. Además, ahora nos informan de todos los acercamientos a provincias limítrofes. El ministro de Interior, Grande-Marlaska, nos está escuchando.

¿Qué le diferencia a Marlaska de Zoido?

Zoido despreciaba lo que yo decía. Se atrevía a mentirme a la cara y acababa las frases con un “yo siempre con las víctimas”. Nunca he tenido una reunión tan tensa como la que tuve un mes antes de la moción de censura con él. No nos pegamos de milagro.

¿Qué pasó?

Él entró enfadado porque no me quería recibir ya que exigíamos que la derrota de ETA la protagonizasen los cuerpos de seguridad. Le monté una rueda de prensa, se cabreó mucho y cuando me recibió entró de mal humor y simplemente me leyó un panfleto.

En cambio, Marlaska me aprecia. Yo también a él porque es una persona muy educada y cercana. A él también se lo quisieron cargar y es vasco. Los planes del Gobierno eran otros y nosotros los hemos frenado.

¿Le ha pedido que acabe con los homenajes a etarras?

Él no puede dar órdenes a la Audiencia Nacional. Los jueces interpretan la ley de forma torticera ya que dicen que no puede existir enaltecimiento del terrorismo porque ETA ya no existe y no hay posibilidad de que vuelvan a matar.

¿Por qué no hay una unidad de acción de las asociaciones de víctimas?

Somos personas antes que víctimas. No tenemos que pensar igual simplemente porque ETA nos haya elegido. La peor persona que he conocido es una víctima que hizo mucho daño a Covite y que incluso nos separó a las tres fundadoras (Cristina Cuesta, Teresa Díaz y la propia Consuelo Ordóñez). Por suerte, las tres estamos juntas de nuevo.  

¿Cuál es el reto de Covite ahora que ya se han cumplido veinte años de su fundación?

Tenemos el reto de ganar la batalla del relato, que por ahora parece que la han ganado los abertzales.

El proyecto político de ETA está más vivo que nunca porque Bildu es segunda fuerza en el País Vasco y forma parte del Gobierno de Navarra. Hace poco se juntaron 40.000 personas en San Sebastián para manifestarse a favor de los derechos de los presos etarras.

En el caso de Alsasua, es la primera vez que la violencia no les ha salido impune gracias a nuestra denuncia. Este clima de violencia es el que ellos pretenden instalar para mantener la libertad secuestrada. No les ha salido gratis y este es uno de mis grandes logros.


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