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Boda en un hospital de Navarra: una pareja se da el 'Sí quiero' antes de una operación a vida o muerte

Dos vecinos de Caparroso deciden casarse tras más de 30 años viviendo juntos y después de haber formado una familia con cinco hijos.

Dos instantes de la boda entre José Luis Abete y María del Carmen Landa. A la izquierda, el retrato de ambos tras la ceremonia. Y a la derecha, el beso que se dan justo antes de dar comienzo el acto en el Complejo Hospitalario de Navarra. CEDIDAS
Dos instantes de la boda entre José Luis Abete y María del Carmen Landa. A la izquierda, el retrato de ambos tras la ceremonia. Y a la derecha, el beso que se dan justo antes de dar comienzo el acto en el Complejo Hospitalario de Navarra. CEDIDAS  

Pocas bodas se habrán organizado de un día para otro. De ellas, muchas menos habrán durado tan solo cinco minutos. Y de estas últimas, quizá ninguna se haya celebrado en el interior de un hospital, con uno de sus cónyuges preparándose para una operación en la que la vida y la muerte intercambian cartas en una partida con su futuro en las manos.

Ese hombre se llama José Luis Abete Prieto, natural de Cortes de 72 años y con más de 40 operaciones a su espalda después de que, con 42 años, enfermara del corazón. A su lado se encuentra desde hace más de tres décadas María del Carmen Landa Martínez, pamplonesa de 59 años.

Hasta hace pocas semanas, Abete y Landa formaban una familia feliz viviendo en Caparroso tras haber criado a cinco hijos. Muchos de los vecinos del municipio desconocían que su estado civil era el de pareja de hecho, aunque ellos llevaban tiempo pensando en dar el paso de casarse. Pero el acto se retrasaba, la salud de José Luis empeoraba y esa ceremonia se iba postergando.

Desde hace pocas semanas, Abete y Landa forman un matrimonio feliz viviendo en su casa de Caparroso mientras José Luis se recupera satisfactoriamente de su última intervención en el quirófano, dando pequeños paseos ayudado por una muleta.

Nada ha cambiado, excepto dos anillos que lucen en sus manos y que representan la unión que un papel firmado en una sala de reuniones del Complejo Hospitalario de Navarra (CHN) ha hecho oficial lo que a voces se sabía desde hace años en su pueblo, que ambos se quieren sin mesura y desean continuar juntos el resto de sus días.

Lo que pone en ese papel da más validez legal a su compromiso, pero no a su corazón. Sin embargo, la ceremonia que confirmó su enlace matrimonial sí que quedará para siempre en el recuerdo de ambos, de su hija Sara y de las enfermeras de la tercera planta general del hospital Virgen del Camino, que fueron testigos de un hecho fuera de lo común y que colaboraron para que resultara aún si cabe más especial.

NUNCA SURGÍA EL MOMENTO

"Llevamos más de 30 años juntos. Nos habíamos planteado casarnos hace tiempo, pero nunca surgía el momento y siempre lo acabábamos dejando pasar. En el hospital, nos habían pintado muy negra la situación de José Luis y, de hecho, nos adelantaron la operación. Nosotros queríamos casarnos en el Ayuntamiento de Caparroso, pero, ante la gravedad de la intervención, hablé con la asistencia social y, al día siguiente, hizo que viniera un juez de paz a casarnos", expone Landa.

Para ella, fue todo muy rápido. "Era algo extraordinario para todos: para la asistenta, para las enfermeras, para los médicos, para los demás pacientes... Y no hubo nada de preparación ni trabas burocráticas", añade.

 

Cuando en el hospital se enteraron de su situación y de su deseo de contraer matrimonio antes de la operación, el personal de la planta se movilizó para impedir que la boda tuviera lugar en la habitación de Abete, cediéndoles para ello la sala de reuniones, en la que dispusieron una mesa con un mantel blanco y un jarrón con flores que hasta entonces adornaba la recepción.

"Nunca les había tocado vivir una situación así y colaboraron muchísimo, ya que también nos estuvieron grabando mientras hacíamos el paseíllo por la planta, desde la habitación a la sala, un camino en el que mi hija iba tarareando la canción que suena en las bodas, para que no faltara detalle alguno", relata.

UN NOVIO DE 72 AÑOS

La sorpresa de los otros pacientes era enorme, puesto que nadie sabía de qué iba la historia ni por qué una mujer iba cantando esa melodía mientras un novio de 72 años recorría en su limusina un pasillo de un hospital y, minutos después, una novia de 59 llegaba del brazo de su yerno hasta una sala donde un juez de paz y su secretaría iban a formalizar una situación validada ya por más de tres décadas de convivencia.

"Mi hija grabó el vídeo de cómo sale mi ahora marido de la habitación montado en la limusina, que es como llamamos a la silla de ruedas, y llega hasta el salón de reuniones. Después, aparezco yo, la novia. Íbamos vestidos normales, porque no había dado tiempo para nada", rememora.

Una vez que el representante de la Justicia los declaró "unidos en matrimonio", Landa cuenta cómo una enfermera comenzó a retirar el mantel que habían colocado en la mesa, que era una sábana de papel que emplean en el hospital. "¿Lo vas a tirar? Le pregunté. Me contestó que sí, y le dije que me lo diera, que yo reciclo todo. Me lo puse encima de la cabeza y entonces me dijo que parecía una virgen. Mi yerno lo cogió y me lo puso como si fuera un velo largo. Cogí el jarrón con las flores, me puse junto a mi marido, juntamos las manos con los anillos de la boda y nos sacaron una fotografía para el recuerdo", apunta.

Para que esa imagen no se desvaneciera en el olvido de una rutina hospitalaria frenética, su hija Sara la imprimió, le firmó una dedicatoria y se la regaló a las enfermeras de la planta, para que les sirviera como recuerdo y como agradecimiento por lo sucedido aquel día.

¡YA ERA HORA!

"No es la boda que una siempre ha soñado, pero tuvo su encanto", aduce Landa, que al mismo tiempo asegura que, después de la boda, todos los miembros de su familia se quedaron sorprendidos: "Nos daban la enhorabuena y nos felicitaban, y nos decían que ya era hora de que hubiéramos dado el paso. Todo el mundo se alegró".

Aunque reconoce que se trató de un hecho meramente burocrático, un segundo después subraya que a ella no le hacía falta casarse para seguir con José Luis "como ha sido siempre: yo para él, y él para mí". "Es una anécdota que vamos a guardar con cariño. Y por cómo se han dado las circunstancias, ya que la operación salió bien, así que aún estamos más contentos. Ahora, lo disfrutamos como marido y mujer", destaca.

En ese goce ya no hay nervios, como sí que los hubo el día del enlace, pero no los característicos de una boda, sino los que impiden dejar de pensar en los riesgos de una operación trascendental, denominada de alto riesgo vital en la jerga médica y comunmente conocida como a vida o muerte. "Por fortuna y la buena acción de los médicos y las enfermeras, la operación salió estupendamente -afirma-. Ahora nos falta celebrarlo con la familia. Esperaremos a que José Luis esté completamente recuperado y coja fuerzas, y entonces organizaremos una comida, en la que nos haremos más fotos, para que nos quede también ese recuerdo. Pero que todo saliera bien fue el mejor regalo de bodas que la vida pudo hacernos", subraya.

María del Carmen Landa no es la única que quiere tener voz en este reportaje. A su lado, su ya marido, José Luis, también desea dejar su testimonio. "Tenía pocas posibilidades de salir, aunque al final todo terminó bien. A mí no me matan ya. Entre unas y otras, llevo ya más de 40 operaciones", manifiesta.

LAS PRUEBAS CON EL ANILLO

De la conversación con Abete se extraen perlas narrativas como que él no se enteró de la boda hasta el mismo día en el que se iba a casar. "Yo, como siempre hago lo que me dicen, no supe nada hasta que me pidieron que me probara el anillo. Y encima, eran unas arandelas gigantes, porque me estaban gastando una broma", sonríe.

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El sentido del humor que desprende este hombre nacido en Cortes, con el acento ribero tatuado en la garganta, cayó en herencia a su hija Sara, que, junto a su marido, llevaron esas arandelas a los novios, excusándose en que, debido al poco tiempo de preparación, no habían tenido tiempo de encontrar otros anillos. Era mentira. Sara se había marchado corriendo la tarde anterior para comprarles unos que pudieran emplear en la boda.

Lo que sí era verdad era lo hermosa que estaba la novia antes de dar el sí quiero. "Mi mujer estaba muy guapa. Siempre lo está", zanja tajante Abete antes de reflejar lo bien tratado que se sintió en el hospital. "Quitando dos o tres enfermeras que me trataban como un trozo de carne, las demás lo hicieron muy bien", declara con sorna.

Ambos cónyuges tenían claro que el humor no podía faltar en una ceremonia cuya misión principal radicaba en dispersar el nerviosismo inherente a preceder a una intervención de suma gravedad. Pero no fue la única emoción que se vivió en la boda. También hubo lágrimas. "Una boda sin lloros no es una boda".

Estas palabras las pronuncia Sara, la única de los cinco hijos que pudo asistir al enlace, en el que participó además como testigo y en el que, una vez finalizado, cuando se encontró a solas con los recién casados, dedicó unas palabras a José Luis que inundaron de afecto la estancia.

UNA HISTORIA INSÓLITA

Antes de revelar ese diálogo, Sara confirma que todo sucedió de un día para otro: "Él estaba muy mal, porque se desangraba, hubo que ponerle muchas transfusiones de sangre y era cosa de que o adelantaban la operación, o mi padre se iba, porque ya no aguantaba más. Cuando mi madre decidió hablar con la asistenta social, a mí me llamaron un miércoles para pedirme el DNI y, al día siguiente, vino el juez de paz con la secretaria y se celebró la boda".

 

En el registro civil se dieron cuenta de que era una historia insólita y colaboraron para que todo se pudiera hacer efectivo con la máxima celeridad. Asimismo, el personal del hospital ayudó para hacer del acto un instante más especial, tal y como incide Sara. "Para las enfermeras, fue un hecho extraordinario, la primera vez que veían algo así. Una de las médicas que atendieron a mi padre me pidió permiso para publicar un escrito en las redes sociales, en el que reflejó lo bonito que era llegar a trabajar un día a un sitio donde normalmente vive situaciones más hostiles, y encontrarse una cosa así, tan emocionante. Ellas lo vivieron de una manera que a mí me emocionó mucho", señala.

Una vez casados, Sara indica, al igual que su madre, que falta una comida de familia. "Estamos organizando una paella para celebrarlo juntos, porque todos están sorprendidos pero, sobre todo, muy contentos de que haya salido bien y de que mi padre se esté recuperando", recalca.

En la memoria de ellos tres quedará a su vez el instante en el que Sara se acercó a su padre, que no es su verdadero padre, sino que la adoptó cuando tenía diez años y al que siempre había querido dedicarle unas palabras cuando se casara con su madre, y le dijo: "Eres el mejor padre. Los hijos no se eligen, son los que tocan, pero tú me has elegido a mí y has ejercido como padre. Y eres el mejor padre".

"Se puso a llorar -cuenta-. Yo también lloré. Una boda sin lloros no es una boda".


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