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Asier Polo, violonchelista: “Si un niño nunca va a un auditorio, de mayor pensará que es un sitio ‘para viejos’”

Asier Polo inaugura este miércoles 7 de noviembre el ciclo Baluarte Cámara, dedicado a la integral de las Suites del barroco alemán.

El violonchelista Asier Polo.
El violonchelista Asier Polo.  

Para Asier Polo (Bilbao, 1971), la música de Bach es tan pura y humilde que no tolera lo superficial. “Intento evitar la grandiosidad”. Son las Suites para violonchelo solo las que le han traído a Pamplona. Artista residente de la Fundación Baluarte para esta temporada, Polo inaugura este miércoles 7 de noviembre el ciclo Baluarte Cámara, dedicado a la integral de las Suites del barroco alemán.

Asier Polo es uno de los músicos más destacados de su generación. Ha pisado el escenario con Josep Colom, Alfredo Krauss o Sol Gabetta. Ha tocado a Halffter, Dutilleux o Ginastera, pasando por el gran repertorio romántico para violonchelo. Los grandes compositores contemporáneos de nuestro país le han dedicado sus obras. Se cumplen 25 años de su debut como solista esta temporada, en la que protagonizará tres conciertos de música de cámara en Baluarte y dos junto con la Orquesta Sinfónica de Navarra.

¿Por qué las Suites de Bach ahora?

Es una obra que acompaña toda la vida. Siempre estás esperando el momento indicado para presentarla, para tener tu propia versión. Es eterna, da vueltas a tu alrededor constantemente y evoluciona contigo. Hasta que no descubres que hay que disfrutar el camino recorrido junto a la obra, es imposible presentarla. Hay que valorar la incertidumbre, el estar en una búsqueda constante. He pensado que éste era el momento. Me lo llevaban pidiendo un tiempo en muchos sitios y yo, por respeto y prudencia, tenía reticencia. Esta temporada se cumplen 25 años del comienzo de mi carrera, creo que estoy en condiciones de dar mi propia voz a este gran repertorio. Tengo algo que decir.

Debutó oficialmente hace 25 años, con el Concierto para violonchelo y orquesta de Elgar.

Sí, con la Orquesta de Sinfónica de Castilla y León. Es un concierto que todos los jóvenes desean tocar: cercano, pasional, emotivo… Encaja bien con el pensamiento de la juventud. Fue lo primero que presenté, como tantos otros, aunque la profundidad de la obra es mucho mayor de lo que podía imaginar entonces. Una de mis favoritas, la he tocado muchísimo.

Una obra que tocará con la Orquesta Sinfónica de Navarra en diciembre. ¿Qué ha cambiado desde la primera vez?

Aunque la esencia no cambia, hay un rodaje que te hace abordar la obra con más pausa y paciencia. La intensidad con la que haces algo por primera vez es desbordante. Cuando vas profundizando en la música, te distancias y aprecias más cosas: la estructura, los detalles… Pero sigo siendo el mismo. Creo que mantengo el impulso y la ilusión del primer día, he luchado mucho para no perderlo. Es fácil alcanzar algo, lo difícil es mantenerlo. Ahí está el secreto.

También ha trabajado con grandes compositores contemporáneos (Jesús Torres, Luis de Pablo, Cristóbal Halffter, Henri Dutilleux…). ¿Es diferente tocar obras escritas en su tiempo?

Cada época tiene sus recursos y sus formas. Hace falta acercarse al momento, y no solamente a través de la música. También en la estética, la cultura, la literatura, el pensamiento… Son elementos que pueden ayudar a interpretar el sentido de una obra. ¿De qué hablan los autores?, ¿cómo se sienten? En este sentido, los músicos contemporáneos son flexibles con lo que quieren transmitir. Son los primeros que quieren cambiar sus obras si sienten que no funcionan, están en búsqueda. Ellos me han hecho ver la importancia del intérprete, porque no toda la música puede escribirse en una partitura. Al no existir una estilística tan marcada, puedes jugar con los recursos de otras épocas e incorporarlos.  Es algo que me divierte y me libera.

Para eso hace falta conocer y trabajar al dedillo los cánones de otras épocas. Es casi paradójico.

Completamente. A mí me gusta usar estas herramientas para hacer cambios al interpretar, pero nadie tiene la verdad a este respecto. Eso es lo más difícil: descifrar las obras, buscar técnicas nuevas para acercarse a ellas, sobre todo cuando la música rompe con lo que se había hecho hasta ahora. Pero es un mundo de creatividad muy reconfortante.

Habla del chelo como una voz lírica.

Sí… Es algo en lo que insisto porque me apasiona el canto. Me da casi pudor hablar de esto porque acaba tomando mucha relevancia en las entrevistas (ríe).

Es que es curioso.

Creo que el violonchelo no es el instrumento virtuoso por excelencia. Sí que es cierto que tenemos algunas obras complicadísimas, pero no es para correr. Para eso están el piano, el violín o la flauta. Son más agiles. El violonchelo es emoción, hay que encontrar la belleza en su voz. Si no, no funciona del todo. Es equiparable a una voz lírica. Estoy obsesionado con la calidad por encima de la cantidad de notas. No es que tengamos que ser torpes, pero nosotros no tenemos a Paganini o Sarasate. Podemos hacer una carrera con Dvorak, Elgar o Brahms. Ese repertorio puede parecer menos exigente a nivel técnico porque es más lento. Pero también se trata de un instrumento más grande. Imagínate si coges un contrabajo… Su naturaleza no es virtuosa de por sí, aunque se puede tocar rápido. Yo busco la emoción por encima de cualquier otra cosa.

¿Cree que el virtuosismo vende más?

El virtuosismo es admirable. El nivel de perfección técnica de las nuevas generaciones de músicos es algo que no se ha visto nunca. Por sí solo, es impresionante, pero nunca emocionante. Puedes alardear, puedes ser un superstar. A veces, me planteo para qué sirve un músico en la sociedad. ¿Cuál es mi misión? Hay que hacer un esfuerzo extra para que la gente reflexione sobre sí misma, que haga un ejercicio de introspección. Que perciba algo impalpable y sensitivo. Entonces, la audiencia también tiene que esforzarse, entrar en esa atmósfera. Para mí, eso es hacer felices a las personas, reconfortarlas, recuperar su sensibilidad a través de un concierto. Admiro lo demás, pero creo que no es mi misión.

La docencia ocupa una parte importante de su carrera (Centro Superior de Música del País Vasco “Musikene”, la Facultad de Música y Artes Escénicas de la Universidad Alfonso X El Sabio y el Fórum Musikae). Suele hablar de la irrupción de la tecnología digital en los estudios musicales.

Sí, es una relación de amor-odio. Me encuentro con alumnos que vienen con lo que yo llamo “pegotes”. A veces, traen recursos de otros grandes chelistas y los imitan por admiración. “Es que se lo he escuchado a no sé quién y me gusta mucho cómo lo hace”. Pero ese intérprete ha utilizado su mente y su energía para llegar a una conclusión. En él, suena orgánico porque surge del pensamiento. En otros, queda como un pegote.  Yo siempre animo a escuchar a los grandes del siglo XX, es una gran ventaja. Otras generaciones iban por discos, ahorraban para comprarlos. Y para encontrar partituras… Recuerdo que mi tío pasaba a manuscrito las partituras de la gente que venía a Bilbao. Aquello era complicadísimo, a veces había que ir a París. Ellos luchaban por la música, tenían mucha pasión. Ahora todo es inmediato y no nos damos cuenta. A mí me da pena que se pierda la fascinación. Pero las ventajas son increíbles, hay que saber usarlas.

Han cambiado radicalmente la forma de vivir la música.

En el siglo XIX, se hacían arreglos de sinfonías en el piano para poder escucharlas. Si no, igual no había manera. Esas generaciones podían estar estudiando piano en Bilbao, seguramente había otro pianista estupendo en Burgos y no se conocían. Ahora, es más fácil conseguir la percepción del instrumento porque tienes miles de referencias a nivel global. Ya no existen escuelas, sino algunas personalidades marcadas. Puede que ahora toquemos más y mejor, pero es más complicado aislarse para hacer las cosas a tu modo. Es más difícil ser auténtico ahora que antiguamente.

¿Las aulas y los escenarios son compatibles?

Vamos mejor que nunca, aunque hay mucho que arreglar. Antes, el que era profesor no tocaba tanto. Ahora hay mucho más nivel y preparación. Los solistas vienen a España o los alumnos pueden viajar a Europa. Cada uno aporta su granito de arena, creo que los profesores tienen un mayor nivel de consciencia de lo que es ser músico. Tener un docente en activo, que toque las obras y sirva de referente para sus alumnos es muy importante. Dentro de mis posibilidades, considero que aporto un granito de arena en mi tierra. En España hemos tenido grandes chelistas. Pero Gaspar Cassadó vivía en Italia o trabajaba en Alemania. Pau Casals, en Puerto Rico. Es una pena que no hayan dejado más huella en nuestro país.

Me encanta enseñar. No podría trabajar en un conservatorio tradicional porque parece que te obligan a no estar en activo, fichando de lunes a viernes. Luego sales cansado y es difícil mantenerse. Afortunadamente, puedo trabajar con asistentes y centros que cuidan esta compatibilidad.

¿Qué estamos haciendo mal en el mundo de la música clásica? ¿Por qué el público no se renueva?

Nunca he llegado a una conclusión. Hay varios factores. Estamos completamente abandonados por las instituciones educativas. El arte puede hacer una sociedad mejor, más sensible y respetuosa. También hay muchas orquestas con déficit de público, pero no hacen nada por crear un departamento pedagógico. Eso me parece fundamental. Leonard Bernstein iba a tocar a los colegios. Si un niño va a un auditorio, de mayor le resultará natural. Si no, pensará que es un sitio al que van “los viejos” y que no tiene nada que ver con él.

En muchos países de Europa se sienten orgullosos de sus músicos. Aquí los descuidamos un poco. Los deportes ocupan la mitad del telediario, una noticia cultural no sale ni por asomo, algún reportaje sobre cantautores… Equiparan una cosa con la otra. La música del consumo no hace pensar. El arte requiere sentir y estudiar. Es inevitable que sea minoritario, pero depende de nosotros que ese público se amplíe. Para mí, se debería hacer desde pequeños. No hay que banalizar la música, sino enseñar lo que es. A veces se cree que los conciertos didácticos son una cosa menor, pero son importantísimos.


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