SOCIEDAD

La historia de Amaia Alonso, la pamplonesa que fundó una asociación en Senegal para mejorar la vida de los niños

Es la fundadora de la Asociación Jërëjëf dedicada a la ayuda humanitaria a las mujeres, niños y familias que viven en las peores condiciones.

Amaia Alonso, fundadora de la Asociación Jërëjëf en Senegal. JORDI FERNÁNDEZ
Amaia Alonso, fundadora de la Asociación Jërëjëf en Senegal. JORDI FERNÁNDEZ  

Amaia Alonso es la fundadora de la Asociación Jërëjëf en Senegal dedicada a la ayuda humanitaria a las mujeres, niños y familias que viven en las peores condiciones.

La pamplonesa fundó hace 13 años Jërëjëf que significa “Gracias”, porque Amaia solo puede agradecer todo lo que Senegal le ha regalado.

“Me he dado cuenta de que Senegal es como una droga para mí, y por eso he ido quitando muchos adornos”, se excusa mientras en su cara se perfila la mirada de un espíritu joven con cuerpo cansado, propia de la persona que dedica toda su vida al bienestar de los demás.

“Damos la posibilidad a los niños de lavarse la ropa, de estar un tiempo tranquilos, de aprender francés, alfabetizarse, hacer deporte e incluso curarse las heridas de los maltratos”, se enorgullece Amaia al rememorar las grandes historias que ha vivido
con los senegaleses.

Tála, su pareja de hecho, le dice que va a escribir un libro. Amaia, con vergüenza en sus ojos, le regaña con una mueca que muestra complicidad: “No tengo tiempo, pero no eres el primero en proponérmelo”.

Antes de Senegal, Alonso trabajaba como "educadora social con jóvenes drogadictos en toda la época de la ruta del Bakalao. Me implicaba mucho con esos chavales, pero nunca llegué a entender cómo eran incapaces de apartar la droga de sus vidas sabiendo el daño que les hacía", confiesa.

"Entonces dejé de fumar y lo pase tan mal que tuve que ir a terapia. La psicóloga me hizo prometer que ahorraría el dinero del tabaco para hacerme el regalo que yo quisiera".

"El primer año recaudamos, entre mi expareja y yo, unos doscientos euros. Busqué algunos destinos, y de repente veo: Dakar. Pegué un grito y empecé a saltar de alegría. Me ilusioné. Mi chico no quería ir a África, pero bueno, se me da bien convencer".

Amaia Alonso relata la primera vez que pisó Senegal. "Cuando abrieron la puerta del avión, esa ola de calor africano nos impactó a todos. Los turistas se estaban asfixiando y estresando por la huelga que había en el aeropuerto pero a mí ese calor me embaucó: empecé a llorar de emoción, y es que todavía me entra la llorera al recordarlo", expresa.

"Fue como estar por primera vez en casa. Vaya, ya lo siento. Me senté en el suelo, horas y horas, viendo a los turistas desconcertados y a los negritos de huelga, pero yo no quería salir del aeropuerto”.

En el primer viaje, la navarra contactó "con una escuela para ir a ayudar y, de paso, llevar material escolar. Pero no nos quedamos en un solo lugar. No sabíamos ni francés ni wolof ni veníamos preparados, pero tuvimos la suerte de encontrarnos con gente muy buena", recuerda.

"En el avión conocimos a un señor mayor que nos ofreció ir con su grupo. Tenían coche, y no nos lo pensamos dos veces. Así fue cómo nuestro viaje se desvió hacia los poblados más recónditos de Senegal, donde la gente no tiene ni luz ni agua, donde viven machacando el maíz día tras día. ¡Veinte días estuvimos! Yo no sé de dónde sacaba la fuerza para levantarme todas las mañanas", recuerda emocionada. 

Al ser preguntada por historias que recuerda con especial cariño, la presidenta de la asociación recuerda "la primera vez que fui a la maternidad, en el poblado de Yembelé. Allí los partos son muy básicos: hay una tabla donde se tumban las mujeres, se usan cuchillas de afeitar para cortar el cordón umbilical, no hay guantes ni tampoco material para desinfectar".

"El primer día casi me desmayo por el olor, el calor y las moscas. Tuve que salir fuera y revivirme: Vamos, Amaia, si ellas pueden, tú también. Volví a entrar, y me uní a tres matronas que estaban encima de la tripa de una mujer para empujar al bebé. ¡Incluso llegué a estar de pie encima de una embarazada! Así es cómo funciona", relata la voluntaria.

En Senegal es común poner a los niños el nombre de las personas que atiende a la madre en el parto, esta es la razón por la que una niña de dos años de Senegal y otra de nueve llevan el nombre de Amaia.

"Con esta última he estado esta semana hablando por FaceTime. ¡Por eso estoy tan sensible! Se pone a llorar cuando me ve porque quiere venir conmigo. Tengo un vínculo increíble con esa niña: yo la saqué del útero de su madre", relata la voluntaria.

Una experiencia trumática en la que Amaia Alonso casi se deja la vida fue en un aborto que tuvo en África. "Estaba en la frontera con Mali. Empecé a ponerme muy mala, y de repente, me estaba desangrando. Acabé en el hospital, y lo primero que hice fue suplicar: ¡Por favor, poneros guantes y que las agujas estén nuevas! Puse mi pantalón en la camilla, para no tocar nada"

"Y ya, para colmo, el doctor se me insinuó: ¡Qué bragas más bonitas llevas!, me dijo. Allí, en Senegal, porque seas una chica blanca y occidental, todos quieren ligar contigo, sea en la situación que sea. Y bueno, parece ser que tuve un aborto. ¡Yo quiero ser madre! Pero claro, mi nivel de vida me descoloca, mi cuerpo no soporta tanta tralla", relata.

Amaia Alonso está casada con un senegalés. "Yo al principio no quería. Antes siempre decía: yo con un negro, ni de coña. Además, son una cultura muy distinta. Pero la vida me une a Senegal. Se llama Tála y lo conocí en Pamplona. Cruzó la frontera en patera, no sabía español, dejó a sus seis hijos allí y a su madre, que está muy enferma".

"Lo que ocurre es que esos niños se convierten en esclavos que mendigan por la calle para conseguir dinero o cosas de valor para que el Marabú no les pegue una paliza al volver. Y claro, en la calle se me acercan miles de niños en unas condiciones muy duras, desnutridos y con heridas que todavía sangran".

"He estado muy enfadada con la sociedad de allí por permitirlo. Y como lo tienen tan asumido, pues entran en el juego. Te frustras, sientes impotencia, te machacas a ti misma porque estás luchando por algo que no va a terminar. Además, los senegaleses aprenden a corromperse desde pequeños", relata.

"Conforme van creciendo, todos empiezan a desear consumir móviles cuando no tienen ni para encender el gas y cocinar. Y los niños talibé son uno de los mayores negocios".

"He visto niños muriéndose y el Marabú no haciendo nada. Lo primero que me sale es ir a hablar con él. ¡Tanto Corán y tanta mierda! ¿Tú crees que Alá quiere que mates a este pobre niño? He visto espaldas prácticamente desolladas, pero, al final, tú no puedes llevarte al niño: ¡es un menor! Si el Marabú no quiere hacer nada, ahí se muere, como un animal"

EL PAPEL DE LA POLICÍA EN SENEGAL

"La policía no ejerce su responsabilidad. Si encuentran a cinco chavales que no tienen dónde caerse muertos, como mucho nos llaman para que los recojamos. Al día siguiente, median entre los niños y el Marabú para ver si vuelven a la dára o vuelven con sus familias".

“Las madres dejan a sus hijas de cinco añitos con la responsabilidad de cuidar a una familia entera porque tienen que ganar dinero de cualquier manera”.

MUCHO POR HACER

Después de 13 viajes a Senegal, Amaia ha aportado su grano de arena para mejorar la situación del país. "Yo creo que hemos cambiado el mundo de esos pequeños lugares. Ahora, las mujeres de esos pueblos no tienen que recorrer dos horas para dar a luz con el peligro de morir en el camino o perder al bebé. Hemos conseguido que disfruten de mejores recursos en el colegio".

"También hemos construido pozos de agua cerca de los centros de salud, del colegio y de casas particulares", explica la navarra.

"Para combatir la política corrupta, se necesitan senegaleses que luchen por su pueblo con criterio. Por eso al gobierno no le interesa que la gente aprenda, porque así ellos pueden hacer lo que quieran. Además, los profesores no trabajan porque no les pagan: tienen que buscarse la vida de otra manera. Solo van al colegio los que tienen dinero, los que pueden permitirse un colegio privado. ¿Y quién tiene dinero en Senegal? La minoría", apunta.


  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.
La historia de Amaia Alonso, la pamplonesa que fundó una asociación en Senegal para mejorar la vida de los niños