SAN FERMÍN

Con San Fermín todo el año: las manos invisibles que cuidan del santo

San Fermín es de todos los pamploneses, pero algunos tienen la misión de cuidar su imagen los 365 días del año.

Mariví Esparza 
coloca al santo en la hornacina de Santo Domingo. REUTERS
Mariví Esparza coloca al santo en la hornacina de Santo Domingo. REUTERS  

“A San Fermín pedimos por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro, dándonos su bendición. Entzun arren San Fermín zu zaitugu patroi zuzendu gure oinarrak entzierru hontan otoi. Viva San Fermín. Gora San Fermín”.

Sin duda, estos versos representan uno de los momentos más típicos de las fiestas. A falta de cinco, de tres y de un minuto para que suene el cohete que da inicio al encierro, los mozos cantan al santo para pedirle protección. Pero, ¿quién se encarga de que esté colocado en la hornacina? ¿Y de colocar el panel con los pañuelos, los candelabros y flores?

Mariví Esparza y su hija, Goizargi Barba, acuden cada mañana a realizar esta importante labor desde que falleció su marido, Andoni Barba. “Antes era él quien lo ponía y yo lo quitaba, ahora me acompaña Goizargi”, cuenta Mariví, a lo que su su hija añade: “Lo hacemos a turnos, un día yo y otro día ella”. Pero estas dos sanfermineras de corazón no van solas. “Necesitamos de mucha gente, todas las manos son buenas, necesarias y las agradecemos. Tenemos que llevar la escalera, las flores, el santo, los candelabros y el panel; entonces, claro, en ese recorrido y a esas horas…”, afirma Mariví. Goizargi empezó a ayudar a su madre cuando se rompió el pie. “Sentí una responsabilidad —cuenta—. Pensé: ‘Me toca’ ”.

“Para las 7.30 procuramos que esté puesto”, dice la madre, pero su hija aclara que primero van a las dianas. “Si mi ama no va a las dianas, no es persona”, dice Goirzargi. “Tengo que ir. Si no, menudo día me espera”, añade Mariví. Siempre las escucha desde el mismo sitio y hasta la cuarta canción. Esto también se ha convertido en una tradición para ellas. Tras las dianas acuden a Santo Domingo para colocar a San Fermín. Después, la madre se va a ver el encierro y cuando escuchan el cohete, que significa que todos los toros están en la plaza, quitan el santo y lo dejan en el Ayuntamiento, el lugar en el que descansa durante las fiestas. Al acabar todas sus tareas, llega la hora del almuerzo. Un ritual que madre, hija y sus acompañantes siguen cada año durante los nueve días que duran las fiestas. 

Pero la hornacina de San Fermín nunca está vacía; durante el resto del año, otra figura del santo reposa en la cuesta. Ahora bien, no es la de verdad; ésta descansa en el salón de la casa de Mariví y Goizargi esperando cada año al 7 de julio para ser colocada donde le corresponde. El Ayuntamiento quita la otra unos días antes de que comiencen las fiestas para que ellas puedan ir a ponerlo cada mañana antes del encierro. 

La historia de esta familia con el santo comenzó a raíz de los incidentes de los Sanfermines del año 1978, ya que la figura que estaba en Santo Domingo desapareció. Meses después, se creó una Comisión de Fiestas, formada por cuatro representantes de cuatro peñas, para seguir con la celebración de San Fermín Chiquito. Entre esas cuatro personas estaba Andoni, el marido de Mariví, como representante de la peña Donibane. Algunos de ellos corrían en Santo Domingo y en Mercaderes y se dieron cuenta de que no había un santo al que cantar. Por ello, decidieron comprar uno y ponerlo de la misma manera en la que ahora lo hacen su mujer y su hija; es decir, con las flores, los candelabros y el panel.  

Mariví cuenta que en el año 1981 pidieron permiso al Ayuntamiento para realizar la hornacina que se tiene ahora y confiesa que, para meterlo todo, “es justo”. Ahora bien, no hay nada como la práctica, y tanto la madre como la hija se apañan a la perfección. “Si estás acostumbrado no te cuesta nada, pero la gente se asombra de que entre todo”, dice Goizargi. El paso de los años ha ayudado, tanto a ellas como a quienes les acompañan, a que todo sea como un proceso mecánico. Tal y como afirma la hija, reciben el santo por la derecha de las manos de Asier y lo colocan, con cuidado, junto a los claveles rojos y los candelabros. Antes lo cogían de la cabeza, pero a él no le ha sentado igual de bien el tiempo y cada año está más delicado. Por ello, ahora lo cogen desde abajo por recomendación de su amiga Teresa, quien se encarga de restaurarlo cada vez que sufre alguna “lesión”.

Ambas coinciden en lo bonito de su labor, y más cuando sienten tanta pasión por las fiestas. Ahora incluso les hacen un paseíllo cuando llegan y muchos corredores quieren tocar al santo, besarlo… Queda poco más de media hora para que salgan los toros y buscan esa tranquilidad, esa protección que da San Fermín a los mozos. “Desde que nos hacen el paseíllo impresiona más —declara Mariví—. El silencio que hay es muy curioso”. “Yo siempre hablo con mi ama de que es una responsabilidad muy grande, no podemos faltar. Pero da mucha, mucha satisfacción; es muy emotivo”, añade Goizargi.

Procesión de San Fermín en Pamplona el 7 julio 2014. JESÚS GARZARÓN

TERE ALDAZ, LAS MANOS QUE CUIDAN DE LA CAPILLA DE SAN FERMÍN

Tere Aldaz también cumple una misión especial con el santo. Ahora bien, las tres coinciden en que lo hacen porque quieren, porque así lo sienten, siempre desde el anonimato. A sus 84 años, Tere acude cada miércoles a las 9.30 a limpiar la capilla de San Fermín en la iglesia de San Lorenzo. Lleva alrededor de cincuenta años acicalando al santo en la capilla de la iglesia, a la que siempre ha estado muy unida. “Soy de la parroquia de toda la vida”, afirma. “Empezamos cinco mujeres a hacer esta labor, pero ahora lo hacemos una chica y yo —explica Tere—. En aquellos años la capilla era más pequeña”. La mujer que le acompaña cada miércoles es una gran ayuda para Tere, que confía mucho en ella. “Nos entendemos muy bien”, declara.

Tere Aldaz limpia la capilla de forma voluntaria y se siente muy contenta. De hecho, se emociona al hablar del homenaje que le hicieron por su labor en la primera misa de la escalera en San Lorenzo e incluso le parece que es demasiado. Pero eso sí, está “muy agradecida”.

DON SANTOS, EL PÁRROCO DE SAN LORENZO

Don Santos es el párroco de San Lorenzo, uno de los lugares en los que se encuentra San Fermín, desde hace siete años. Declara que, gracias al santo, es una parroquia “muy movida, de mucha responsabilidad porque cuida la imagen del copatrón de la provincia”. Por pertenecer a esta iglesia, don Santos también es el responsable de la Corte de San Fermín, un colectivo formado por unas mil personas que apoya “todo lo que es el culto al santo, apoyan su custodia”. Ellos son los encargados de llevar al santo en la procesión del día 7 de julio. “San Fermín está muy vinculado a la parroquia. Hace mil años llegó la primera reliquia, que está en el pecho de la imagen. Las otras dos están en el Ayuntamiento y en la Catedral”, declara don Santos, quien también afirma que cuidan a San Fermín “durante todo el año”. Además, dice que “San Fermín engancha a mucha gente, por lo que es una parroquia emblemática”.

San Fermín, tan presente en sus fiestas, no pasa desapercibido durante el resto del año para quienes tienen la suerte de tenerlo un poco más cerca. Una labor inadvertida, pero muy importante y especial, que se lleva a cabo con la mejor de las sonrisas.


  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.
Con San Fermín todo el año: las manos invisibles que cuidan del santo