FERIA DEL TORO

Un día de tentadero: Manuel Escribano con vaquillas de Conde de la Mayalde

El torero sevillano tentó vaquillas en Toledo junto con los novilleros Clément Dubecq y Aitor Darío Pastor 'El Gallo'.

Escribano tentando vaquillas en Toledo. JOAQUÍN ROMERA
Escribano tentando vaquillas en Toledo. JOAQUÍN ROMERA

Bandera de España, flamenquito, sevillanas y un crucifijo que sujetaba cada vez que pasaba por un bache. Conducía Manuel Escribano, que era el que cuidaba de que el crucifijo no se moviese mucho; eran las tres de la tarde y ya llevaba horas conduciendo. Antonio Punta, su banderillero, y él habían decidido salir de Sevilla por la mañana, conducir hasta la finca de Toledo y, por la noche, llegar a Salamanca para tentar en la finca de la ganadería Pedraza de Yeltes el día siguiente por la mañana.

Nos recibieron con dos besos a mi compañera y a mí. Los veinte minutos que separaban la finca El Castañar (que contaba con las reses de la ganadería Conde de Mayalde) de la capital manchega parecieron ser apenas cinco minutos. Llegamos a la dehesa toledana y nos dirigimos a la casa en la que nos encontraríamos con Pepe Finar, duque de Pastrana y dueño de la finca.

Entramos a una casa típica de campo. Hacía frío, había cabezas disecadas y fotografías de monterías en las que salían los participantes de la cacería posando con los animales. Al fondo, una chimenea que calentaba el ambiente del salón en forma de pequeña L. En un lado, una salita con la chimenea y varios sillones alrededor de una mesa; en el otro, una televisión encendida en la que se podía ver una corrida de toros y unos sofás colocados para poder ver la televisión. Ya había llegado Carlos Zúñiga, el apoderado de los novilleros Clément y 'El Gallo' (quienes tentarían las vacas con Manuel), y amigos del Duque de Pastrana y de Zúñiga. Se conocían entre todos y se saludaban amigablemente.

BIEN VESTIDOS Y AL TENTADERO

Mientras hablábamos con el ganadero y con Carlos Zúñiga, Manuel se cambiaba de ropa para poder ponerse más cómodo y preparase para ir al tentadero. Calzaba unas botas altas marrones y por encima unos pantalones verdes caqui con los bajos remangados, camisa de cuadros verdes, un jersey beis y un abrigo verde cacería para protegerse del frío.

Una vez que estaba todo listo, nos montamos en el coche para dirigirnos a una pequeña plaza de toros que contaba con un ruedo, tres barreras y un palco al que se accedía por unas escaleras en el exterior de la plaza, donde se encontraban los amigos del ganadero y del apoderado. Todos preparados y listos para que saliese la primera vaquilla.

Manuel en el ruedo con su banderillero, Antonio; los dos novilleros, Clément y 'El Gallo'; y un picador con su caballo. El resto de hombres se fueron colocando en el palco para esperar las salida de la vaquilla. Había que guardar silencio, la vaca se podía distraer con cualquier ruido y para evitar eso el público debía estar callado y sin moverse para facilitarle la tarea al matador. Se oyeron ruidos de las puertas de los corrales, se abrieron las contrapuertas que encierran a las reses y salió la primera vaquilla.

El tentadero de las vacas tiene las mismas partes de una corrida de toros. En un primer momento, el animal sale agitado y va directo al caballo en el que está el picador con su pica. A diferencia de las corridas de toros, la pica que porta el picador termina en una media pelota de goma para no pinchar al animal. Después de simular varias veces el pinchazo que le debe dar el picador a la vaca, la futura madre de los toros comienza a dar vueltas por el ruedo sin saber exactamente a dónde ir.

PASES CON MUCHO ARTE

Para controlar al animal sale de la barrera Antonio, el banderillero de Manuel, con el capote para torear un poco a la vaca. Uno y otro pase. Todo para agitar a la vaca y comprobar si es brava o no. Con este tentadero se decidiría si iría al matadero o continuaría con su crecimiento para darle buenos toros a la ganadería. Después de que el banderillero, le diese varios pases, cogió Manuel el capote para probar a la res. Le dio varios pases y después cambió el capote por la muleta. Un tú a tú, un enfrentamiento entre el animal y el torero, un encuentro personal. Este conseguía colocar la muleta cerca de su cuerpo de manera que al hacer el pase el animal pasaba muy cerca de su cuerpo. En el ruedo estaban Manuel y la vaca, frente a frente. El animal ya cansado había dado varias vueltas al ruedo como el torero le indicaba.

Escribano se colocaba bien la muleta para darle otros pases y mientras, la lengua de la vaca tocaba su pierna. La tenía completamente dominada, el animal pasaba muy cerca del cuerpo del torero e iba donde él quería.

Una vez que el torero ya había dado varios pases, los novilleros salían de las barreras para poder entrenarse como toreros con la ayuda de las reses. Primero Clément y después 'El Gallo'. El primero escuchaba las indicaciones que le daba su apoderado desde el palco y con uno y otro pase, la vaca se cansaba cada vez más y más, hasta que tras las indicaciones del ganadero, las puertas de la plaza se abrían y la res volvía a recuperar su libertad en el campo. Hasta cuatro vacas salieron de los corrales de la plaza que sirvieron para que, tanto el torero como los novilleros, ensayaran y mejoraran sus dotes delante del animal.

El sol estaba casi apagado y el frío aumentaba. El de Gerena aprovechaba los momentos en los que los novilleros tentaban para entrar en calor y para ello se ponía el abrigo verde oscuro que había llevado. Cuando ya casi el sol había desaparecido y las vacas ya se habían tentado, soltaron a la última res al campo. Esta oportunidad la utilizó el maestro para darle más pases a la vaca en libertad, sin los límites de la plaza de toros.

Llegó la hora de recoger los capotes y las muletas para llegar de nuevo a la casa donde nos esperaban las señoras que trabajaban para el duque con un arroz recién hecho, con el que poder de recargar todas las fuerzas que habíamos perdido en el tentadero. La noche estaba cayendo y Antonio y Manuel tenían que seguir su camino para llegar a Salamanca, donde también tentaría vacas. Volvimos juntos a Toledo y llegaba la hora de despedirnos. Había sido un día muy ajetreado que comenzamos sin saber mucho de toros y terminamos queriendo ir a una corrida para apreciar el arte del toreo.


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