ENCIERRO

El otro encierro: las caras desconocidas que lo hacen posible

Los encierros parecen tratar solo de ganaderías y corredores, pero tras este evento tan masivo hay carpinteros, pastores, sanitarios, policía y fotógrafos.

Inicio de la instalación del vallado del encierro en la Cuesta de Santo Domingo. (34). IÑIGO ALZUGARAY
Inicio de la instalación del vallado del encierro en la Cuesta de Santo Domingo. IÑIGO ALZUGARAY

XABIER ALDAZ, CARPINTERO

El 1 de julio comienzan los preparativos a manos del equipo de carpinteros de Hermanos Aldaz Remiro, la empresa de Puente la Reina que se encarga del montaje del vallado. “En 1992, la Casa de Misericordia encargó a este negocio familiar la colocación del vallado y a esta labor se le suma también la apertura de la puerta del corral de Santo Domingo”. Xabier Aldaz, que cogió el relevo de su padre Ignacio y su tío Fortunato, lleva desde 2010 lanzando el cohete que da comienzo al encierro. Él nunca ha tenido la experiencia de correr, pero asegura que “se vive con nervios por lo que puede pasar en cuanto abra esa puerta”. En ese momento suena un cohete, que irá seguido del segundo que anuncia que todos los toros están fuera de los corrales. Desde la plaza de toros, su hermano se encarga de lanzar los cohetes que dan aviso de que ha llegado la manada.

Sin embargo, Xabier insiste en que lo más importante para ellos ocurre antes y después del encierro. Desde las 6 horas, incluso a las 5 horas los fines de semana, un grupo de 70 trabajadores monta aquellos tramos del recorrido que deben dejarse para el último momento, ya que se intenta que durante el resto del día el material interfiera lo menos posible. “Tenemos que transportar la madera y lo que más nos condiciona es la gente. Un sábado a esas horas las calles están a rebosar”. Esto no resulta nada sencillo si se tiene en cuenta que el material se compone de unos 900 postes, 2700 tablones y 40 puertas, 200 empalizadas, 4000 cuñas de madera para encajar bien los postes en los agujeros y 2800 tornillos. Un trabajo que, salvo en algunos tramos que permanecen fijos, se debe repetir durante los ocho días de encierros.

FRANCISCO ITARTE, PASTOR

Esta preparación se convierte en anual para alguien como Francisco Itarte, pastor de los encierros desde hace más de tres décadas. Él no puede bajar los brazos cuando se acaban los Sanfermines, ya que debe mantenerse en forma durante los 365 días del año para conseguir llevar el ritmo que requiere la manada. Puede que encontremos fotos suyas corriendo los encierros de Pamplona incluso antes de tener 14 años, pero fue a partir de los 18 cuando se enfundó el polo verde que le identifica como pastor. La propuesta se la hizo el antiguo jefe de los pastores, Teodoro Lasanta, tras observarle durante toda la tarde recortando las vacas de Valtierra. El mundo taurino siempre había sido para él una forma de vida: “Pero esa oferta fue la máxima aspiración que podía alcanzar”.

“Aparte de dominar el recorte de toros, hay que tener mucha sangre fría para saber cómo reaccionar ante los momentos de peligro que suceden en el encierro”, asegura como clave para desarrollar bien su trabajo. Con el paso de los años, la masificación del evento ha supuesto que las ganaderías entrenen a sus toros como atletas para que logren vencer la masa de corredores.

Pero los animales no son los únicos que han cambiado en esta larga tradición. En 2015, los pastores recibieron la consideración como autoridad durante el encierro tras la denuncia que recibió el veterano pastor Vicente Martínez, 'Chichipán', por parte de un corredor. “Hace unos años si a uno le pegaban un varazo se sentía avergonzado porque sabía que había hecho algo mal y ni se quejaba. El grave error es que muchos mozos no son conscientes del riesgo al que se exponen ellos mismos ni tampoco los demás", expone el pastor. Justo por la mala actuación de un corredor, Itarte se vio envuelto en un gran susto: “A la altura del callejón, un chico venía en dirección contraria con la cámara en la mano y al chocarnos me desequilibré. El toro iba detrás de mí y me levantó en el aire, con la buena suerte de que caí de pie y pude continuar como si nada hubiese pasado”.

CRUZ ROJA

Para atender a los que no corren su misma suerte trabaja el dispositivo de Cruz Roja Navarra, que realiza en este evento el mayor despliegue de voluntariado de todos los Sanfermines. Las más de 120 personas que colaboran comienzan la jornada a las 6.30 en la sede de Cruz Roja, donde realizan una reunión previa al encierro. Después son distribuidas en 16 puestos de atención, junto al apoyo de diez ambulancias establecidas a lo largo del recorrido. A su vez, en los tramos de la trasera del Ayuntamiento y en la Bajada de Javier, hay dos puestos que cubre DYA Navarra.

Ante el gran riesgo que puede tener un evento de estas magnitudes, el sistema de comunicaciones sanitarias debe ser lo más rápido posible. Anteriormente utilizaban un mecanismo de radio y telefonía, pero si una persona lo tenía en uso se cortaba la señal para el resto de operadores, en el caos que es el encierro, esto suponía retrasos y falta de efectividad. Por ello, el 2009 se desarrolló una aplicación con un sistema telemático que funciona a través de terminales móviles. Posiblemente sea este gran despliegue y organización el que creó el pensamiento de que si a una persona le tiene que pasar algo en un encierro o en una corrida de toros en el ámbito sanitario, lo mejor es que sea en Pamplona.

JAVIER ARROBARREN, POLICÍA MUNICIPAL

Policía Municipal y Policía Foral se encargan de forma cohesionada de guardar el orden en el resto de los ámbitos del encierro. Los primeros se ocupan de hacer servicio desde Santo Domingo hasta Telefónica; los forales, desde el interior de la plaza de toros hasta el tramo de Telefónica. Un mínimo de 140 agentes de Policía Municipal junto a otros 90 miembros de la Policía Foral llevan a cabo el despeje de mozos antes de cada encierro. “Se permite únicamente la presencia de corredores entre la plaza Consistorial hasta las escaleras que suben al Museo de Navarra desde la cuesta de Santo Domingo”, informa Javier Arrobarren, Comisario Principal del Área de Seguridad Ciudadana.

Cuando se abren esas barreras policiales y la gente se empieza a disgregar, los agentes comienzan a hacer filtros. “Es a ojo, y el que va con malicia se esconde”. Sin embargo, son los propios mozos los que muchas veces avisan a la policía si ven a personas que no están en buen estado o que llevan consigo objetos prohibidos. Una vez en la carrera, la labor de la Policía Municipal es mantener limpio el vallado. “Cuando un toro embiste en una zona concreta, la gente se amontona para ver lo que está pasando y lo que tenemos que hacer nosotros es quitarlos de ahí para que las personas que estén en situación de apuro tengan un espacio por el que salir”.

Indudablemente, la Policía Foral se vio envuelta en el 2013 en la polémica del montón humano que se produjo en el callejón. Sin embargo, la responsabilidad de este recinto corre a cargo de la Casa de la Misericordia, que cambió la estructura de esa puerta. En la actualidad existe una pequeña puerta por la que cabe una única persona y que es la que da acceso a los policías forales que, a su vez, han reducido el tiempo límite para evitar este contrarreloj.

UNAI BEROIZ, FOTÓGRAFO

Mientras se espera al mes de julio solo queda resignarse viendo fotografías, disfrutando de las carreras a través del papel. Unai Beroiz, fotógrafo de encierros desde hace siete años, no puede evitar seguir llenándose de nervios cada mañana: “Puede que también sea por la presión de que pase algo delante de ti y consigas ser tú el autor de esa buena imagen, o porque tampoco quieres que nadie salga herido”. Y en 2013 así le ocurrió, al inmortalizar la cogida de un joven al final de la calle Estafeta. “Hasta que no te dan el parte de heridos y ves que está fuera de peligro, te invade una sensación rara. Estás contento con tu trabajo porque son muy buenas fotos, pero otra parte de ti está deseando que esté bien”.

Además, estar fotografiando desde el vallado también les pone en peligro. “No porque te vaya a pillar ningún toro, pero eso es un ‘sálvese quien pueda’, y tú estás vulnerable agarrado solo con las piernas”. Sin embargo, la lucha contra los corredores no es la única que deben sufrir cada mañana. Conseguir un poste en el que colocarse no es una tarea sencilla; aún menos entre el final de Estafeta y la bajada al callejón. Los madrugones eran el pan de cada día hasta que a un fotógrafo extranjero se le ocurrió una alternativa hace unos años. “Propuso hacer un sorteo para completar los siete postes que hay en este tramo y así evitar la locura de que la gente tuviese que ir a coger su sitio a las 5.00”. Una forma de trasnochar que era distinta a la de los demás.


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