ENCIERRO

Marcados por el encierro: historia de cinco supervivientes a las cornadas

Una vez termina el encierro todos preguntan: "¿Ha habido algún herido?". Pero, ¿qué supone pasar ese mal rato?

Frutero cornea a Jiménez Baigorri el 7 de julio de 2014.
Momento en el que Frutero cornea a Mariano Jiménez Baigorri.

Seis moles astadas de entre 500 y 600 kilos avanzan veloces por las calles, escoltadas por cabestros de pelo claro. Junto a ellas, siguen su carrera mozos valientes. Muchos caen al suelo, otros son arrollados y algunos pasan por el filo del pitón. Todos tienen una razón para correr: la adrenalina, el sentimiento de poder controlar al toro o, incluso, para impresionar a alguien más. Pero esta adición llamada encierro deja una marca en todos los que pasan por su recorrido

CEBADITA: “SER TORILERO ES VIVIR LOS SANFERMINES DESDE OTRA DIMENSIÓN”

Daniel Azcona (53) es torilero de la plaza y antiguo corredor del encierro. Es flaco, con el pelo castaño y arrugas en el rostro. Todos le conocen como 'Cebadita', porque “es como de la familia” para los ganaderos de Cebada Gago.

El encierro del 13 de julio de 2003 terminó sin nadie que se encargase de la puerta de toriles para dar entrada a toros y salida de vaquillas. Nadie encontraba al torilero. “Acabé con el temporal y el occipital hundidos y el temporal partido por la mitad”, explica 'Cebadita' señalándose la parte derecha de su cabeza. Como encargado de la puerta de toriles, había cambiado su sitio predilecto para correr el encierro, la Estafeta, por Telefónica. Así podía llegar a tiempo a cerrar la puerta. Pero ese peligroso encierro de los Miura no le dejó llegar a la plaza.

Los mozos caían al suelo al paso de la manada y los que quedaban de pie debían saltar más que correr. Un toro se adelantó a la manada y, al llegar a Telefónica, chocó contra el vallado. 'Cebadita' venía por detrás “pisando gente” con el resto de los animales. De repente, el toro se dio la vuelta y empezó a barrer a todo el que se le puso por delante y enganchó por la camiseta roja a otro corredor. Este se quedó en la testuz del miura. 'Cebadita' agradece que tuviera a otro mozo metido entre los pitones; si no, su golpe hubiera sido peor. Todavía con el otro enganchado, le cogió por la parte de atrás de la cabeza y le lanzó hacia el cabestro. El manso, que llegaba con el grupo de morlacos, le pisó, sin inmutarse de que 'Cebadita' estaba entorpeciendo su carrera. Pero no acabó ahí el suplicio. Uno de los toros que venían por detrás tropezó con él y le cayó encima, aplastándolo. Desde entonces no ha vuelto a correr, pero no por miedo o porque se le hayan quitado las ganas (no se pierde ni una sola fiesta de los pueblos), sino porque no le dejan. Ese domingo de julio faltó a su puesto de trabajo.

Hace más de diez años que le cogió el toro, pero desde 2015 su herida ha empeorado. “Hace cuatro días tuve que ir al neurólogo, porque tengo un problemón con la cogida dichosa que te puedes morir”. La cornada le dejó dos cicatrices internas: “La cicatriz se ha hecho lo que podríamos decir callo, cada vez se está haciendo más grande  y comprime el bulbo raquídeo, el paso de los nervios”. 'Cebadita' compara el dolor de cabeza, columna, espalda… con el de muelas o como una aguja que se clava en los nervios. Con el paso del tiempo ha entrado en riesgo de ictus, de muerte súbita, “dormirme y no levantarme”. Es capaz de reírse de ese “maldito” día. “Todos preguntaban: ¿Dónde está el torilero?, ¿dónde está el torilero? De camino al hospital”.

LECUONA: “CACHERO  ME HA DEJADO VER LA DEBILIDAD DE LA CARNE HUMANA

Lecuona sujetando el cuerno a un toro para evitar la cornada. ZUBIETA Y RETEGUI

Juan Pedro Lecuona (43) es un habitual del encierro desde hace veintiocho años, tanto que se ha convertido en un embajador de la fiesta fuera de Navarra. Es corpulento con los ojos pequeños y, mientras habla, juega con la medalla de San Fermín que lleva al cuello.

La primera vez que corrió fue el 14 de julio de 1989 con los Miura, con ellos también hizo lo que considera su primera buena carrera el 12 de julio del 1992 y, en 2010, un astado de esta misma ganadería, le empotró contra el vallado. “Son instantes muy rápidos, pero yo lo recuerdo con mucha lentitud. Me acuerdo de su mirada, los ojos que tenía Cachero”.

Como cada año, Lecuona se disponía a correr frente a los toros en el último tramo del encierro con su camiseta del Real Madrid. Si tenía suerte podría templar al toro y hacerlo correr al rimo que quisiera. “El 11 de julio era un día especial, nos jugábamos la final del mundial. Recuerdo que empecé a correr y me tropecé con un toro, ese toro se llamaba Cachero, miura, 655 kilos, bajando el callejón”. El animal había frenado su carrera resistiéndose a entrar en la plaza. Junto con sus compañeros Jokin Zuasti y Sergio Colás, trataron de tirar el toro hacia delante. Lecuona corrió por el lado derecho y se fijó en cómo el toro bajaba la cabeza y movía la cola: señal de que iba a embestir. Pensó que con un quiebro podía salvarse del asta. “Yo no tenía velocidad y tenía gente donde el vallado, quizá si hubiera tenido espacio podría haberme librado, o no, nunca se sabe”. En el momento en que iba a apartarse, el toro le pisó y, con el movimiento, el animal perdió los cuartos traseros. “Entonces el toro hizo algo que no he visto muchas veces. Cuando estaba cayendo, tiró la cabeza hacia arriba y me pilló contra el vallado”. Un movimiento a la desesperada del animal por embestir, levantó la cabeza y allí encontró la pierna de Juan Pedro, que fue atravesada por su cuerno: “Me quité la mano del muslo y salió un chorro de sangre”.

Parece que una vez corneado, se acaba la historia del herido, pero Lecuona había prometido ir al plató de Televisión Española a dar una entrevista. Pidió a Zuasti que fuese en su lugar, aunque él mismo acabó apareciendo en pantalla por su mala sombra. “En todo momento decía que no era mucho, tenía que quitar hierro al asunto porque sabía que iba a llegar a casa”. El saber lo mal que lo pasaría su familia dio a Lecuona la calma para saludar sonriente y disimular el agujero que tenía en la pierna: “Sabían lo que es un puntazo, cinco centímetros, y una cornada, incrementando el número de centímetros. ¡Tenía que esconder que eran veintidós!”.

“Siempre piensas que te puede pillar un toro, hay cosas en esta vida que duelen más que una cornada”. No ha dejado de correr ni lo hará, eso sí, no quiere ni oír hablar de que alguno de sus cuatro hijos participen en el encierro.

Lecuona tiene sus conjeturas sobre por qué le pilló el toro: además de haber mucha gente, en abril le habían operado de la rodilla y llegó a San Fermín con poca preparación. “Cualquiera iba a pensar que tendría un disgusto tremendo por no haber corrido los otros tres días”. Pero, tras la operación, Lecuona pensó que no volvería a correr y vio esos cinco días como un regalo. “Le pido a Dios que me deje correr un día más y, luego, le doy las gracias porque me dé esa opción”.

JIMÉNEZ BAIGORRI: “CADA AÑO QUE VAS A SANTO DOMINGO FALLA ALGUIEN Y NO VIENE GENTE NUEVA”

Mariano Jiménez Baigorri (54) es alto, con el pelo castaño y corto, y con algunas arrugas en el rostro. Siempre se coloca en primera fila, detrás del cordón policial que forman los municipales en Santo Domingo. Por un lado, los corredores apelotonándose, por otro la calle vacía, con los corrales de gas al fondo. Jiménez Baigorri es incapaz de acordarse de las ganaderías que corren ya que en Santo Domingo se ven primero los cuernos de los mansos. “Solo me fijo cuando vienen los Jandilla, como suelen adelantarse... Normalmente corres con los cabestros”. De hecho, de no ser por la insistencia de sus amigos y de los vecinos de Cascante, su pueblo, no se habría fijado que ese toro blanco con manchas oscuras se llamaba Frutero y era un Torrestrella.

El 7 de julio de 2014 calentaba en su sitio de Santo Domingo, como desde hace veintiún años llevaba la camiseta con una imagen de su hijo y, en su mano izquierda, el periódico que siempre compraba en la librería Abárzuza. “Si no soy el primero, soy el segundo, y vi a los toros salir del corral”. Sonó el cohete y la manada subió al trote la cuesta mientras la policía se apartaba y los mozos empezaban a correr. “Soy un poco goloso y si puedo correr a la par de ellos lo intento. Intento apartarme en el último segundo, pero el toro, en vez de seguir adelante, tiró para un lado”. Todo pasó tan rápido que Jiménez Baigorri apenas se dio cuenta, el toro blanco y negro le enganchó debajo de la pierna propinándole un golpe brutal y le lanzó por los aires. “Noté el golpe, pero no que me había corneado, tampoco es que saliese mucha sangre”. A Jiménez Baigorri lo que le dolía era la pierna, donde Frutero le había golpeado, pero, además, le había dejado un regalo de seis centímetros de profundidad en la región perianal. El Torrestrella  hizo una breve parada con Jiménez Baigorri y siguió su camino, como si nada hubiese pasado

El médico que se ocupa de Santo Domingo salió corriendo a atenderle una vez habían pasado los toros. Eran amigos, pues antes también corría en el encierro, y no quería decirle qué le pasaba. “Me di cuenta de que me había pinchado cuando levantó la mano para llamar a la ambulancia y vi la sangre”.

Sin embargo, este percance no le ha quitado las ganas de seguir participando en el encierro. En 2015 volvió a su puesto en Santo Domingo: “El primer día se pasa mal, pero luego vuelves a recuperar sensaciones”. No siente miedo, pues solo ha tenido un percance en sus 34 años corriendo. Confiesa que, aunque cada vez hay menos caras conocidas en su tramo predilecto, las aglomeraciones son el verdadero peligro. “Tú puedes sentirte muy seguro, pero el que tienes delante se tira o se cruza… Corres con mucha gente, no depende de ti solo, no da tiempo a pensar. Con cualquier despiste del que tengas delante, te sientes vendido”.

MENDIBURU: “YO, AL REVÉS QUE LOS DIVINOS, TERMINABA LA JUERGA CORRIENDO EL ENCIERRO”

Un traspiés y cae al suelo. Todavía suspendido en el aire ve cómo se va acercando la manada. “Tres, cuatro décimas de segundo. En ese lapso de tiempo de caer y levantarme, el tiempo se ralentizó; me decía ‘ya van pasando’, porque a mi derecha pasaba toda la manada”. A continuación aparecieron tres toros negros, no giraron, iban directamente hacia él. Ni siquiera lo pensó y se levantó (craso error) para huir de las tres moles que le perseguían, entre ellas Callejero, un Albaserrada.

Patxi Mendiburu (66) ahora habla animado de aquel 14 de julio de 1980 que pudo ser el último. Hace ya 36 años de esas imágenes; su pelo se ha vuelto blanco, al igual que la barba que ahora luce alrededor de una sonrisa franca. Tras la ensangrentada carrera, a Callejero no se le consideró apto para la lidia. “Leí que en el encierrillo se había hecho daño en una mano e iba defendiéndose más de la cuenta”.

Primero sintió un dolor terrible en las costillas: “Pensé que me había roto todos los huesos, aunque al final solo fueron unas costillas”. El cuerno le pilló de frente, atravesando el costado. Mendiburu gateó para refugiarse tras el tablado. “Ahora lo tengo claro por la película, pero yo no recuerdo apartarme”. El animal parecía querer remendar con su asta la herida que le había causado incidiendo, otra vez, el mismo punto, pero esta vez por detrás. “Me pilló de atrás hacia delante, de un lateral de la espalda hacia la axila”. El vallado se convirtió en una ratonera. Callejero le empotró contra él y lo levantó por los aires, propinando otra cornada en el muslo izquierdo. Con esa parte del cuerpo todavía en el pitón, el animal volvió a arremeter contra las vallas, propinándole la cuarta y última cornada casi en el mismo sitio que la anterior.

Mientras tanto, varias personas trataban de apartar al morlaco de Mendiburu. Para el mozo, el toro se comportó noblemente: “Podría haberme rematado”. Once segundos de cuernos, volteretas por los aires y tres reflexiones. Con la primera cogida: “Estoy aguantando”; cuando le lanza por los aires: “¿Cómo es posible que este señor tan grande se fije en algo tan pequeño como soy yo?”; y por último, cuando parecía que le iba a rematar: “¿Cómo es posible que me dedique tanta atención con toda la gente que hay?”.

Plenamente consciente antes, durante y después. Él mismo fue a la Cruz Roja y él mismo les avisó que tenía otras dos cornadas en el muslo, de las que los médicos ni se habían percatado. “En mi vida he sentido un dolor tan brutal”. Para Mendiburu lo peor no fue tanto la cornada como el golpe que le dio el toro al chocar contra él. “Me lanzó unos tres metros, con toda la fuerza y velocidad que venía. Que en frío le golpeen a uno en las costillas, ¿tú sabes lo que duele?”. Eso sí, las cornadas no fueron para tanto, la adrenalina neutralizó el dolor. “No me dolieron nada, menos que un pellizco; lo único, la sensación de vértigo por las vueltas que me dio”.

LACOSTA: “TODOS LOS DÍAS A LAS OCHO MENOS DOS ME PREGUNTABA: ‘¿QUÉ ESTOY HACIENDO AQUÍ?' ”

José Ramón Lacosta (57) llevaba veinte años corriendo el encierro y ni siquiera las vacaciones familiares se lo impedirían. En 1996 pasó los Sanfermines levantándose muy pronto para ir desde Fuenterrabía a Pamplona, corría, almorzaba y volvía con su familia para llevarles a la playa. Pero el 12 de julio no volvió. El culpable: Simplón  (“Eso ya es toda una ofensa” dice José Ramón riendo), un Torrestrella castaño.  “Ya la he pringado”, pensó José Ramón al darse cuenta de que no podría volver a Fuenterrabía.

Lacosta es un hombre alto y corpulento, con el pelo blanco y gran entusiasta de San Fermín. “Yo empezaba a correr en la plaza del Mercado, cuando veía las cabezas de los mansos abajo”. El 12 de julio de 1996 corría con normalidad por la parte izquierda de Santo Domingo. “Vi que venía un toro más pegado a la izquierda y miré para atrás y no vi nada… Había una persona que no me dejaba ver el toro”. Miró hacia atrás un segundo y el mozo había desaparecido. En su lugar, Simplón. “Cuando lo vi, los dos iban muy fuertes, iban adelantados esos dos toros, ya era tarde, no tuve reflejos para apartarme”. De repente sitió un golpe muy fuerte en el trasero que le tiró hacia arriba; a su vez, el morlaco cayó con este movimiento y, al levantarse, acarició la espalda de Lacosta con su asta.

Tuve durante seis meses una raya en la espalda, sin sangre, una raya interna, que fue por donde pasó el asta hasta agarrarme con ella, como diciendo, te podría haber pillado aquí, aquí o aquí”. Simplón se decidió por la axila: “Eso fue lo más fuerte, porque ahí agarró nervios; de hecho, vi al cirujano hace dos años y se acordaba de mí, tenía los nervios del brazo como fideos”. En la nalga sintió un golpe (20 centímetros de cuerno), en el brazo una raspadura (15 centímetros): “La palabra no es dolor, es tan violento, tan rápido…”.

Hasta entonces, Lacosta nunca había visto el encierro, solo participaba. En 1997 le invitaron a verlo en el Ayuntamiento. Observó el sitio donde corría: la esquina de la plaza Consistorial que da a Santo Domingo. “Cuando lo vi desde arriba pensé: ‘Están locos’ ”. Volvió a correr una vez más, en 1998. No quería que pasase nada, para no volver a disgustar a su familia (entonces padre de dos niñas y dos niños pequeños). “Me tiraba el seguir corriendo, pero, cuando te coge, se te caen todos los mitos de ‘a mí no me pasa’; lo fácil es que te pille”.

LLEGADA A LA PLAZA

¿Qué queda una vez terminado el recorrido? ¿Una vez cerrada la cicatriz? El reconocimiento de las heridas y su medida en centímetros, heridas permanentes a pesar del paso del tiempo, obsesiones con ciertas ganaderías y la fama adquirida a golpe de asta. Todos los entrevistados coinciden: nunca se quitan las ganas de correr. Unos no lo dejan por muchos años y golpes que pasen; otros se han retirado, pero miran con cierta envidia a los mozos que se apelotonan en el recorrido.


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