• lunes, 06 de diciembre de 2021
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ENTREVISTA

Teresa Catalán, pamplonesa Premio Nacional de Música: “La composición nos salva como individuos”

El reconocimiento le fue otorgado por "su amplio y diverso catálogo de obras", abarcando desde la canción lírica hasta piezas sinfónicas.

Teresa Catalán, Premio Nacional de Música. FOTO JAVIER ECAY
Teresa Catalán, Premio Nacional de Música. FOTO JAVIER ECAY

Una cuerda vibra, desplaza el aire que la rodea y produce una onda. Su movimiento llega al conducto auditivo, hace vibrar al tímpano y se transforma en un impulso nervioso. No es el mármol de Carrara ni el pigmento que se extrae del óxido: la materia prima de la música son los hercios. Abstractos, invisibles, breves y, pese a ello, atraviesan y explican la condición humana.

Los primeros obstáculos para la música de Teresa Catalán (Pamplona, 1951) fueron los de un tiempo convulso. “Había que luchar contra muchas cosas e ir buscando en ninguna parte. Todo estaba alterado, no había calma. Era una sociedad muy compleja y estereotipada para las mujeres”.

Estudió Piano y Composición en el Conservatorio Pablo Sarasate. Miembro del Grupo de Pamplona de Compositores y alumna de Agustín González Acilu o Ramón Barce, fue partícipe de la vanguardia musical en Navarra. Primera mujer en ocupar la Cátedra de Composición e Instrumentación en España y, hoy, segunda en obtener el Premio Nacional de Música en la modalidad de Composición: “Haber superado muchas barreras y que mi trabajo haya obtenido este reconocimiento me hace muy feliz. Sin embargo y aunque el tiempo de atrás nos construya, siempre hay que mirar hacia el futuro”.

Creación, difusión y docencia. Son las tres ramas en las que se ha desarrollado su carrera y por las que acaba de recibir el Premio Nacional de Música. ¿Cómo se lleva el galardón?

Para mí, es una responsabilidad más que otra cosa. Claro que lo aprecio como un reconocimiento, pero responsabiliza. Yo iba trabajando a mi ritmo y, ahora, recibo mucha más atención. Pero estoy muy contenta. Si me lo hubieran dicho cuando empecé mi carrera, no hubiese dado crédito. Por otra parte, los premios no son el objetivo. Una no hace lo que hace porque persiga el reconocimiento. Cuando llegó, me quedé estupefacta. Estoy encantada.

Comenzó estudiando Interpretación (piano) en Pamplona. Después, dio el salto a la Composición, ¿qué es lo que le motivó?

Hacer preguntas. Cuando profundicé en la interpretación, había aspectos de las obras que no llegaba a entender. “Bueno, esto es así. Pero, ¿por qué?” Quería llegar a las últimas consecuencias de las cosas, conocerlas. Cuando me di cuenta de lo que eso supone, decidí quedarme en esa villa. Y aquí sigo. Esa fue la razón: entender que lo que tenía delante era inmenso.

¿Qué preguntas se hace ahora, después del Premio Nacional de Música?

¿Y yo qué hago aquí? (ríe). Ahora en serio: ¿estoy haciendo lo que debo?, ¿lo hago bien? Me pregunto si voy por el camino correcto, si lo que hago es una verdad o me la creo… Cada obra es una pregunta, y con cada decisión que tomo intento responderla.

Ha hablado en varias ocasiones de la creación como una actividad que requiere un compromiso ético con el mundo. ¿Hacia dónde nos puede llevar la composición?

Totalmente. En primer lugar, nos salva como individuos y nos pone en condición de aportar riqueza al mundo. Aunque no creo que sea una salvación global de la sociedad, sí es cierto que fortalece al individuo que la integra. Muchas personas activas, una a una, pueden crear un mundo mejor. Sin duda.

Es un momento difícil para la música culta. En un mundo vertiginoso, plagado de información visual, ¿qué pueden comunicar los sonidos?

El poder de comunicación de la música es el mismo o superior ahora, aunque su lenguaje es complejo. Si la sociedad no está dispuesta a escuchar y a ser cómplice, habrá un vacío entre el mensaje y sus receptores. Nosotros ponemos un granito de arena, pero la audiencia también tiene su responsabilidad. La música puede ayudar a comprender la realidad si tenemos predisposición al conocimiento. Un oyente que no quiere escuchar con atención no va a comprender la música contemporánea. Muchos se conforman con la música de consumo y es totalmente respetable: responde al mundo lúdico del entretenimiento que prima ahora. Pero eso no quita para que existan más ámbitos, cada uno elige dónde desenvolverse.

¿Cómo responde la vanguardia musical a esos cambios?

Los vehículos de expresión también se están transformando. Cada vez ocurren más colaboraciones entre distintas ramas del arte. Creo que hay que dejar que el tiempo vaya modelando la creación, cada vez más interdisciplinar. Puede que ese sea el futuro.

Lo que está claro es que la manera de vivir la música ha cambiado: la costumbre decimonónica en la que todo el mundo acudía al teatro entre el té y la cena ya no existe. Los cambios sociológicos y culturales la han convertido en una tarea muy complicada. Una expresión realmente contemporánea se tiene que adaptar a los nuevos tiempos para definir, explicar y cuestionar la sociedad en la que vive. No me extrañaría que los modelos que hemos disfrutado hasta ahora cambien para integrar distintas áreas del arte.

¿Qué quiere comunicar usted, con su obra?

En el arte, entendido como conocimiento, hay una cadena en la que todos somos imprescindibles y participamos. Lo que yo hago es ser un pequeño eslabón y continuar lo que he heredado. Mi obra es una aportación a la cadena inmensa del arte.

¿Qué le queda por decir a la música contemporánea?

Todo lo del mundo. La música relata lo que nos rodea y estamos cambiando a mucha velocidad. El arte contemporáneo acompaña a esos cambios y los explica desde un punto de vista complejo. Por eso, le queda todo por comunicar. Mientras continúe nuestro proceso cultural, su expresión, que es el arte, estará presente. La música es uno de sus vehículos, aunque nos parezca extraño. La realidad es compleja y, a veces, nos resulta incomprensible. No por eso dejamos de vivirla, como tampoco dejamos de viajar en avión porque no sepamos cómo funciona. Quizá no entendamos bien la música contemporánea, pero ahí está para dar significado al mundo.

¿Qué pediría a las audiencias de hoy?

Compromiso, atención y una mirada al mundo culto. El arte no se puede contemplar como un objeto inútil ni como un objeto de valor económico. Primero, el arte es conocimiento. Si luego aporta ingresos y es más o menos complejo, es otro asunto. Todo eso depende de la actitud de quien lo mira. Aunque el compromiso lo tiene el creador, no todo recae sobre él. El compositor sufre, se responsabiliza y recibe, normalmente, una remuneración pequeña. Pero sigue ahí. Lo que hace falta es que cada parte ponga lo que le corresponde.

La música tiene tres jugadores en el partido: creador, intérprete y auditor. Cuando alguien está poniendo notas en un pentagrama, está haciendo caligrafía pura. Eso no suena. Por eso es imprescindible el intérprete, que da vida y pone en el mundo la propuesta del compositor. Si no hay un destinatario final que la escuche, tampoco tiene sentido. La complicidad entre los tres tiene que existir, es fundamental en el hecho artístico. Cuando alguien mira un cuadro, puede hacerlo de mil formas distintas. También se puede escuchar u oír la música. Si la oyes, nada pasa por tu cabeza. Si la escuchas intentando comprender, comienza el juego.

En la docencia, ha organizado varios encuentros de compositores de vanguardia en España, además de la Cátedra de Composición en el Real Conservatorio de Madrid. ¿Se puede enseñar y aprender a ser creativo?

Yo creo que no. En realidad, todos somos creativos. Lo que hace falta es la voluntad para formarse y que nuestra obra tenga distintos niveles de significación. En la Cátedra, que llevo ocupando treinta años, he tenido la oportunidad de conocer y dar clase a gente joven con talento que me ha enseñado muchísimo. Un empeño difícil, requiere mucho tiempo, pero es una fuente de aprendizaje constante. En las clases, quien más aprende siempre es el profesor. Debemos tener una visión global, hacernos preguntas… La magia es que todos tenemos la capacidad de crear, pero hay que poner voluntad y esfuerzo.

¿Hay espacio para la creatividad en los colegios y conservatorios de hoy?

Espacio sí que hay, pero no sé si los sistemas pedagógicos son los ideales… En ese sentido, tenemos que revisar muchas cosas.

Su labor también se ha centrado en la difusión de compositores jóvenes, ¿qué importancia tienen?

La importancia es vital. En la cadena de la que hablábamos, los nuevos compositores son el futuro. Ellos son la garantía de que seguirá habiendo compromiso con la creatividad. Los jóvenes cuentan con muchos más medios de los que tuvimos nosotros. Yo soy testigo de su ilusión y talento, es una maravilla ver cómo vamos caminando hacia algún sitio. Es una prueba de que el conocimiento no sólo se posee, sino que se comparte y se expande.


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