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Paco Ureña malogra con la espada la faena más auténtica de la feria

El diestro murciano que triunfó en San Fermín cuajó la faena más pura y auténtica, sobre todo al natural.

El diestro Fernando Robleño con su primero durante la tradicional corrida de Adolfo Martín que pone broche a la Feria de Otoño en Las Ventas. EFE/Sergio Barrenechea
El diestro Fernando Robleño con su primero durante la tradicional corrida de Adolfo Martín que pone broche a la Feria de Otoño en Las Ventas. EFE/Sergio Barrenechea  

Seis toros de Adolfo Martín, dispares de volumen, alzada, cuajo y cornamentas, aunque todos en el tipo de su encaste Albaserrada. Mansos de salida y sin entrega en varas, todos desarrollaron, en mayor o menor medida, complicaciones derivadas de la escasez de raza. Mientras algunos sacaron sentido, otros agradecieron la buena lidia mejorando sus embestidas.

Rafaelillo: pinchazo y estocada (ovación); pinchazo y estocada trasera (ovación).

Fernando Robleño: pinchazo y estocada tendida (silencio); estocada (silencio).

Paco Ureña: pinchazo y estocada trasera desprendida (ovación); pinchazo, estocada enhebrada y estocada trasera desprendida (vuelta al ruedo tras aviso).

Buena tarde de todas las cuadrillas, entre las que destacaron Raúl Ruiz, en la brega, y Jesús Romero, que saludó tras banderillear al quinto.

Ureña fue atendido en la enfermería de contusiones en el antebrazo y la muñeca izquierdos, de pronóstico leve.

Cuarto y último festejo de la Feria de Otoño, con más de tres cuartos de entrada en los tendidos en tarde nublada y ventosa.

EMOCIÓN SIN OREJAS

Antes de que se anunciara la salida del sexto toro, salió también de la enfermería Paco Ureña, discretamente, por el callejón, después de ser atendido de las contusiones que le produjo el primero de su lote al entrar a matar. Y, directamente, se puso a torear.

El torero murciano afrontaba la lidia del último toro de una corrida de Adolfo Martín de complejo juego, ni buena ni mala pero que exigió de la terna mucha concentración y reflejos, además de un despliegue de recursos técnicos, para solventar sus problemas.

Aunque la tarde pasaba sin trofeos que contabilizar, en los tendidos se vivía la emoción más auténtico de este arte, en tanto que la lidia se desarrollaba sobre la gallardía y la entereza que aplicaron diestros y cuadrillas a unos toros que nada regalaban, sin comportamientos estandar ni previsibles.

Así, Rafaelillo ganó el pulso sicológico que mantuvo con un primero que sacó sentido, pero al que sometió con habilidad de esgrimista y mucha seguridad en sí mismo, casi idéntica maestría con la que le robó los pases a un cuarto que también acabó afligiéndose ante el evidente poder del torero.

A Fernando Robleño le correspondió asímismo un segundo toro de palpable peligro, que le buscó en cada embroque con aviesas intenciones y ante el que, intentando lo imposible, estuvo más tiempo del recomendable.

El quinto, que fue lidiado con precisión suiza por su cuadrilla, tuvo mejor condición pero acabó viniéndose abajo demasiado pronto, antes de que Robleño se lo dejara a las mulillas de un soberbio espadazo.

Hasta entonces, lo mejor de la tarde habían sido los cuatro o cinco lances y la media verónica con que Ureña saludó la furia inicial del tercero, un toro de aparatosos pitones vueltos al que se pasó por la bragueta con una pasmosa verdad.

Ese mismo cárdeno le levantó luego los pies del suelo al principio de una faena en la que no hubo sintonía entre el animal, que descolgaba mucho el cuello pero embestía sin ritmo, y el murciano, al que faltó más temple para darle fluidez, en una partida que terminó en tablas y en ese fuerte pitonazo que llevó a Ureña a la enfermería.

El sexto tampoco regaló nada al principio de su lidia, al contrario, pues cortó amenazantamente en banderillas por el pitón derecho, que fue precisamente por donde, al segundo o tercer muletazo, se echó también a los lomos a Paco Ureña.

Se levantó el murciano de la arena sin mirarse ni montar escenas trágicas y se fue de nuevo hacia los pitones para ponerse simplemente a torear, asentado y firme, corriendo la mano para sacarle a pulso al toraco una gran serie de derechazos.

Le costó aún al animal aceptar el reto, pero la determinación y la firmeza de Ureña fueron obrando una notable mejora de la embestida, pàra poder así recrearse en dos series de naturales soberbias, una de ellas de frente con los pies juntos, que conformaron los momentos de mejor y más puro toreo de esta feria de Otoño.

Deleitándose en su obra y en la suavidad de sus muñecas, vaciando cada muletazo bajo la pala de los pitones, Ureña fue redondeando su obra hasta que, quizá preso de su propia ansiedad ante la posibilididad de un gran triunfo, entró a matar tres veces de mala manera y negándose a sí mismo el mayor triunfo de su carrera.


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