FERIA DE OTOÑO

López Simón agranda su épica con la tercera Puerta Grande del año en Madrid

Sufrió una tremenda cogida en su primero, pero se sobrepuso para alcanzar la meta del triunfo. Urdiales no tuvo suerte.

López Simón sale a hombros tras una tarde épica.
López Simón sale a hombros tras una tarde épica.  

FICHA DEL FESTEJO.- Cinco toros de El Puerto de San Lorenzo, de desiguales hechuras y deslucidos. Sin clase ni fondo los dos primeros; con peligro el tercero; rajado el quinto; y el sexto se inutilizó durante la lidia. En cuarto lugar se corrió un sobrero de Valdefresno, que sustituyó al anunciado como quinto, después de correrse turno, flojo y con malas ideas.

Diego Urdiales: dos pinchazos y casi entera desprendida (silencio); estocada baja (ovación); y estocada habilidosa (silencio).

Alberto López Simón: pinchazo y estocada (oreja); estocada ligeramente caída en la suerte de recibir (oreja con petición de la segunda); y pinchazo y dos descabellos (silencio).

En la enfermería fue intervenido López Simón de "cornada en tercio superior, cara posterior de muslo izquierdo con trayectoria ascendente de 12 centímetros que alcanza el pubis. Pronóstico reservado".

La plaza prácticamente se llenó en tarde agradable.

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EL ELEGIDO

Dicen algunos que la fiesta se encuentra herida de muerte, no tanto por presiones antitaurinas ni cacicadas políticas, sino porque al toreo actual le falta gente nueva que ilusione, que movilice a las masas como antaño, cuando al torero se le tenía socialmente como un héroe al que emular e idolatrar.

Después de lo de hoy en Madrid, pobre diablo el que se posicione en esa vertiente pesimista, porque esta tarde un joven torero llamado López Simón se ha erigido en el nuevo elegido, a caballo entre la heroica y la mística, todo cimentado en un tremendo valor, una sinceridad apabullante y una incuestionable verdad.

Precisamente, la verdad de su toreo fue lo más emocionante. De frente, en corto y en el sitio donde muy pocos se ponen, López Simón vino a Madrid sin importarle en absoluto que tuviera que perder la vida para lograr la gloria.

Esa es la autenticidad del toreo, la que transciende tan rápido como la pólvora en un reguero de gasolina, la que encoge corazones, eriza la piel y logra que las veinticuatro mil almas que hoy llenaron la plaza de Madrid se entregasen por completo a su nuevo ídolo, a un héroe en mayúsculas.

La historia de la tarde empezó a escribirse en el primer toro de López Simón, segundo de la corrida, un animal de pocas fuerzas y remiso a cualquier afrenta, defendiéndose también con muy mal estilo.

Pero ahí estaba sin importarle tanta adversidad, él se iba a quedar igual de quieto, igual de firme e igual de entregado hasta que obró el milagro de robarle una tanda ligada por el derecho. No hubo estética, pero sí mucha emoción, la cual se mantuvo hasta el final.

En un momento de exceso de confianza, el animal se le quedó debajo y lo lanzó por los aires, hiriéndole en el muslo izquierdo. Visiblemente maltrecho, Simón siguió hasta acabar con su agresor, al que cortó una oreja antes de pasar a la enfermería.

Las noticias que trascendían no eran nada halagüeñas, llevaba una cornada que le llegaba hasta el recto. Pero se negó a que le intervinieran, su sueño estaba aún a medio cumplir, y eso hizo que volviera a salir al ruedo.

Aquí hay que darle también un tirón de orejas: cuando se sale de la enfermería se hace por el callejón y no haciendo un segundo paseíllo, primero por ética y segundo por respeto al compañero que acababa de matar su toro.

El caso fue que López Simón se hizo cargo del quinto, un animal manso y huidizo, siempre al abrigo de las tablas y al que sujetó y cuajó entre las rayas sobre los mimbres de la firmeza y el orgullo herido. Fue una faena muy emotiva, con un par de tandas a derechas, simplemente cumbres.

La gente estaba loca con él, de ahí que tras una estocada recibiendo le premiaran con la oreja que le hacía falta para cumplir el sueño de salir a hombros por tercera vez consecutiva, y el mismo año, en la primera plaza del mundo.

El resto de la tarde no dio para mucho más. El propio Simón nada pudo hacer con el sexto, que se partió una mano antes del primer muletazo, y Urdiales se estrelló con un lote imposible. Cabe destacar lo mucho que tragó y se la jugó con el marrajo tercero, con el que estuvo hecho un tío y le valió la única ovación. 


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