FERIA DE SAN ISIDRO

El Juli divide Madrid en una tediosa tarde de bueyes en Las Ventas

El diestro Julián López "El Juli" saludó la única ovación de una tediosa tarde de bueyes en Las Ventas después de una actuación en la que dividió y enfrentó a los tendidos.

 

FICHA DEL FESTEJO

Cinco toros de Vellosino, sustitutos de los inicialmente anunciados de Jandilla y Vegahermosa.

Corrida muy desigual de presentación, una auténtica escalera con más de cien kilos de diferencia entre los 517 del primero y los 637 del último; y blandos y descastados en conjunto, a pesar de que el tercero lució un potable pitón derecho, y primero y cuarto se movieron también, aunque sin demasiada codicia. El sexto fue un sobrero de Domingo Hernández, chico y deslucido.

Julián López "El Juli", de rioja y oro: pinchazo hondo y cuatro descabellos (silencio); y pinchazo, estocada trasera y desprendida, y descabello (ovación).

Miguel Ángel Perera, de celeste y oro: estocada (silencio); y pinchazo y bajonazo (silencio).

Alberto López Simón, de verde esperanza y oro: pinchazo, estocada tendida y dos descabellos (palmas tras aviso); y estocada (silencio).

El Rey Juan Carlos I presenció la corrida desde un balconcillo de la meseta de toriles, en el tendido bajo del 2, acompañado por su hija, la infanta Elena, y el torero Enrique Ponce.

En cuadrillas, buenos pares de Curro Javier al segundo, de Vicente Osuna al tercero, y de Javier Ambel al quinto.

La plaza registró lleno de "no hay billetes" en tarde entoldada.

BAILE DE BUEYES

En San Isidro, de toda la vida, ha habido tardes que antes de arrancar ya están teñidas del negro más absoluto. Suele pasar con las figuras, con las que cierto sector del público muestra su más descarada y, en ocasiones, injusta intransigencia.

Pero hoy ya se veía venir desde hace días, fundamentalmente por el baile de corrales que hubo, al rechazar los veterinarios la corrida anunciada de Jandilla y Vegahermosa, y reemplazándola al relance con una de Vellosino que ya aguardaba en los corrales de Las Ventas desde el día de la suspensión por lluvia, hace ya quince días, cuando vino también a sustituir a una de Robert Margé.

El lío estaba servido, la gente protestaba antes incluso del paseíllo, y para qué decir cuando por la puerta de chiqueros fueron saliendo animales de todo tipo, como para conformar un "remake" del arca de Noé.

Desde el escurrido y chico primero al zambombo quinto, pasando por dos los "tranvías" que hicieron segundo y cuarto, al más armónico que fue el tercero, aún faltándole también remate.

Y como final a semejante baile de bueyes (la corrida no tuvo la más mínima casta), los cabestros de Florito se sumaron a la fiesta para llevarse al inválido sexto, sustituido por uno de Domingo Hernández feo y destartalado.

En cuanto a los toreros hay que reconocer el mérito que tiene El Juli, al que le tocan las palmas de tango desde que sale del hotel, y que hoy, después de pasar de puntillas con el dócil "parte plaza", al que toreó con demasiada tensión, tirando líneas y sin ajuste, sin embargo, sacó su versión más enrazada y entregada frente al cuarto, aunque algunos siguieran censurándole constantemente.

También es verdad que fueron un par de cositas con la mano izquierda y casi al final de una faena en la que volvió a estar igual de presionado, perfilero y liviano. Pero fue probar el toreo natural y, de repente, surgieron dos tandas más templadas, mejor compactadas y reunidas. Cuatro filigranas en el epílogo, y la gente en el bolsillo, excepto los que no le perdonan ni una.

La espada no fue su aliada y todo quedó en una ovación con los tendidos enfrentándose en una trifulca verbal a favor y en contra del madrileño.

El otro pasaje estimable de la tarde sucedió en el tercero, el toro menos malo de la corrida por el buen pitón derecho que lució, el cual aprovechó López Simón para pegarle tres o cuatro tandas de medios pases engarzados, con la figura erguida y descolgado de hombros. También al natural le robó el madrileño algún muletazo meritorio.

Madrid estaba con él, pero no su espada, encargada esta vez de hacerle perder un posible trofeo.

No hubo más. El propio López Simón se estrelló con el desclasado y aplomado sexto; y Perera, con el lote más grandón y deslucido, tiró por la calle del medio con el rajado segundo, llegando a ponerse plomizo con el buey que hizo quinto, y con el ya clásico "Bum, petardo" del "siete" como banda sonora a tan fiasco ganadero.


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