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Del Álamo suma otra oreja en Madrid durante una tediosa corrida de la Prensa

El diestro salmantino Juan del Álamo cortó una oreja más durante la corrida de este martes de la feria de San Isidro, con toros de Pedraza de Yeltes.

El diestro francés Juan Leal antes su segundo durante la Corrida de la Prensa. EFE. KIKO HUESCA
El diestro francés Juan Leal antes su segundo durante la Corrida de la Prensa. EFE. KIKO HUESCA  

FICHA DEL FESTEJO:

Seis toros de Pedraza de Yeltes, dispares de pesos y hechuras, pero en su mayoría de exagerado volumen. Compusieron una corrida descastada y sin celo alguno durante su lidia, a excepción del tercero, el más terciado y armónico, que embistió con mayor clase y entrega.

Manuel Escribano, de azul rey y oro: estocada (silencio); pinchazo, estocada caída y dos descabellos (silencio).

Juan del Álamo, de nazareno y oro: estocada trasera caída (oreja tras aviso); estocada caída (silencio).

Juan Leal, de grana y oro, que confirmaba la alternativa: dos pinchazos y estocada delantera caída (silencio tras aviso); pinchazo y estocada desprendida (ovación).

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, asistió a la corrida desde un burladero del callejón.

Duodécima corrida de abono de la feria de San Isidro, a beneficio de la Asociación de la Prensa. Más de dos tercios de entrada en tarde apacible.

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COMIENDO PIPAS

La mayor parte de las dos horas largas que duró la corrida se adueñó de los tendidos un sopor provocado por la descastada condición de unos toros de Pedraza de Yeltes tan grandes y voluminosos como vacíos de raza.

Eran así muchos los espectadores los que pasaban el rato comiendo pipas de girasol, sin que lo que sucedía en el ruedo les sacara de la monótona distracción de sacar las semillas de su cáscara, mientras contemplaban a unos animales que no emocionaban ni con su aparatoso volumen.

El único impulso que sacó a la gente salió de su ensimismamiento llegó en la lidia del tercer toro, que fue, y no por casualidad, no sólo el de menos peso y mejores hechuras sino también el único de los seis que embistió con celo a los engaños.

Ayudó también que, entre las protestas de los más exigentes, el buen toro de pelo melocotón apenas sangrara en varas, lo que sirvió para que llegara con más bríos al último tercio y rompiera ya con entrega desde el primer muletazo.

FAENA CON ALTIBAJOS

Juan del Álamo le hizo una faena con ciertos altibajos: de mejor nivel cuando se asentó y lo llevó embarcado con más sutileza, especialmente en un par de buenas tandas por la derecha, que cuando se aceleró y le puso a la obra una tensión que no ayudaba a que las embestidas fluyeran.

En el conjunto lo que más pesó fue esa excepcional emoción vivida hasta el momento, que fue suficiente para que, tras una estocada caída, el torero salmantino sumara una oreja más a la excepcional racha de ocho que lleva cortadas en sus últimas nueve actuaciones en Madrid.

Luego el quinto toro, que tuvo eslora de transatlántico y se fue pronto rajado a la deriva de las tablas, le negó a Del Álamo, como también le pasó otras tardes, la posibilidad de la salida a hombros.

En principio, la insulsa e insípida corrida de Pedraza de Yeltes no fue la más propicia para que un joven tan poco rodado como el francés Juan Leal le sacara partido en la misma tarde de su confirmación de alternativa.

DOS RODILLAS EN TIERRA

Y así pasó que el de la ceremonia, que se salía aburrido y con la cara de las nubes de las suertes, no le dejó más que mostrar un empeño a todas luces infructuoso. Pero, más de dos horas después, Leal no sólo no se vino abajo sino que sacó un insospechado partido del torancón que cerró plaza.

Con el ánimo entero, el francés le abrió la faena en los mismos medios de la plaza y con las dos rodillas en tierra, intentando empujar unas arrancadas cada vez más cortas y deslucidas, robándole después con tacto y suavidad algunos naturales y aún encunándose finalmente entre las anchas sienes del animal en un alarde de valor sereno. Ese postereo esfuerzo, al menos, le hizo llevarse de Madrid una cálida ovación.

Por su parte Manuel Escribano se encontró con un lote sin empuje, tanto su primero, que apuntó cierta clase pero se afligía de riñones, y un cuarto al que se le fue el gas como a una bebida espumosa.

El torero sevillano recibió a los dos a portagayola -aunque su segundo le rehuyó y le dejó desairado- del mismo modo que los banderilleó: de una manera ya casi rutinaria y sin brillo, para después manejarse con cumplidor oficio ante las aburridas y casi nulas prestaciones de los "pedrazas".


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