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Segunda txapela de Bengoetxea VI en una gran final (18-22)

El navarro supo contener primero, defenderse después y acabar tumbando al guipuzcoano Iribarria en un disputado partido.

Bengoetxea celebra su victoria en el manomanista.
Bengoetxea celebra su victoria en el manomanista.   jesus diges

A Bengoetxea VI solo le faltó pintarse la cara para sacar su faceta más guerrera  y ganar una final en la que supo contener primero, defenderse después y acabar matando a Iribarria. La experiencia es un grado. Una lección manomanista en un partidazo emocionante donde conquistó su segunda txapela tanto a tanto  (18-22). El navarro fue más pelotari.

No había más que verle la cara, el gesto, cómo apretaba puños o clavaba la mirada para comprobar cómo vivió cada latido de una final inolvidable. La pelota hizo justicia y otorgó  nueve años después su segunda txapela a Oinatz Bengoetxea. El Leitzarra sabía qué le esperaba un pegador como Iker Iribarria, pero supo aguantarle primero con una numantina defensa de aire, y matarle después con una mayor veteranía y variedad de recursos. Le dio una lección de pelota. Para ganar un manomanista hay que hacer algo más que golpear a la pelota y el leitzarra lo bordó. Hay que batallar cada pelotazo. Le dijo al de Arama que deberá madurar, aprender a sufrir, que la vida no es fácil, que necesita trabajarla en cada suspiro, cada tanto, cada pulsación, como hizo él para aguantar el tirón, controlarlo e imponerse finalmente. Enhorabuena, Oinatz.

La txapela vuelve a Navarra, y por la puerta grande. Salía favorito (doble a sencillo) el guipuzcoano, confiado en su potente golpe, apoyado en un material que le favorecía, y respaldado por unos resultados incontestables dentro de la especialidad. Pero no todo es coser y cantar, especialmente cuando te sale un pelotari guerrero, que no da una pelota por perdida, que domina como nadie la defensa de aire y que sabe rematar con pillería. A Barriola le ganó en 2008 con su defensa de sotamano, mientras que con Iribarria tuvo que ampliar el repertorio con voleas o cortadas, y sobre todo atacando a la mínima. Así lo hizo, mientras sacaba de sitio al  guipuzcoano, que cada vez entendía menos qué ocurría mientras avanzaba la final.

Como era de esperar, Iker Iribarria, que dejó para la historia una volea al más puro estilo cesta punta, al restar cogiendo altura con el pie apoyado en la pared, fraguó su estrategia en la altura que cogen sus pelotazos. Su golpe se lo permite y de esta manera anotó cuatro tantos atrás, además de tener a Bengoetxea continuamente entre las cuerdas, y dominarle para meterle una al ancho, otra al rincón y un dos paredes, además de tres saques. Así dominó la primera parte del partido, que dominó con claridad, yendo poco a poco hasta doblar al navarro con un 10-5, pese a su resistencia. Hasta ahí se cumplió el guión de la cátedra, entre otras cosas porque Bengoetxea salió demasiado a por todas arriesgado demasiado, algo que pagó con cinco fallos.

Sin embargo, el navarro aguanto en tirón, no bajó los brazos y aunque veía demasiado la espalda del rival, no le dejó alejarse en el electrónico. Además, ya le había dicho bien claro que nada de sus acostumbrados paseos triunfales, que para ganar hay que sufrir. De hecho, el ex campeón empezó a acusar el cansancio, la presión, cuando falló una clara al rincón y vio como Oinatz le igualaba (10-10) con sendos saques y otros dos saques-remate. A continuación, le metió el vértigo en su cuerpo con un nuevo saque-remate a la pared y, sobre todo, uno de los tantos en los que más atacó al leitzarra atrás, pero en el que éste le hizo morder el polvo en el ancho (10-12). Empezaba otro partido.

Hasta el 10-10, dominó el guipuzcoano, a continuación imperó la igualdad (18-18) y finalmente se impuso el navarro. Veamos. Los dos pelotaris jugaban al límite, combinando aciertos y errores, pero  ya a Bengoetxea, con la iniciativa de su parte, se le veía más centrado en lo suyo y al guipuzcoano más dubitativo (lanzó un saque al fleje), inseguro y sin plan B ante la defensa numantina del navarro, que además conseguía moverle demasiado,  descolocarle, sacarle de su hábitat natural de dominador (12-12).

Bengoetxea VI aprovechó todos los recursos posibles. Sacó desde la pared, desde el centro de la cancha, al ancho. Anotó cuatro saques directos, pero le hizo más daño al guipuzcoano con otros cinco saques-remate y más todavía con su mayor variedad de recursos, su experiencia, su temple. Anotó otros cinco tantos más en jugada: dos atrás, dos al ancho y otro al txoko. El partido se le ponía muy franco ya que nunca más perdió la iniciativa (12-17), y aunque Iribarria vendía cara su piel (17-17), se le apreciaba mucho más castigado por la trotina de más de doscientos pelotazos, mientras el leitzarra sentía el partido en su terreno.

Con las espadas en alto, entró en juego la veteranía. Hay que saber controlar el mínimo detalle. Iribarría falla en una que le va al fleje y Bengoetxea suma su sexto error en otra que se le cae (18-18). Todo sigue igual. El de Arama lanza otra al colchón, su octavo fallo, y el navarro marcha directo al cartón 22 con un saque, un saque remate y otra atrás tras descolocar al doblegado guipuzcoano. El nuevo txapeldun, Oinatz Bengoetxea. No podía recibir la txapela sino de uno de los más grandes de la historia, Juan Martínez de Irujo


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Segunda txapela de Bengoetxea VI en una gran final (18-22)