SOCIEDAD

Discurso íntegro de Consuelo Ordóñez: "Mientras los que mataron sigan teniendo soporte político, no están derrotados"

La hermana de Gregorio Ordóñez reivindica la figura de su hermano y su esfuerzo por derrotar a la banda terrorista ETA.

Responso por el político vasco del PP asesinado por ETA Gregorio Ordóñez, en San Sebastián. EUROPA PRESS
Responso por el político vasco del PP asesinado por ETA Gregorio Ordóñez, en San Sebastián. EUROPA PRESS

A continuación, se reproduce el discurso íntegro que ha pronunciado este sábado la hermana de Gregorio Ordóñez y presidenta del Colectivo de Víctimas del Terrorismo, Consuelo Ordóñez, durante el acto del XXV aniversario del asesinato del político del PP a manos de ETA.

"Buenos días a todos. Muchas gracias por acompañarnos un año más para recordar a mi hermano Gregorio y honrar su memoria. Han pasado 25 años de su asesinato y cada año es más importante que el anterior recordar quién era. Contar no solo cómo murió y por qué, sino también cómo vivió. Intentamos rememorar su ejemplo, su compromiso, empaparnos de lo que decía y hacía, y reivindicar los valores que le costaron la vida. Y en este aniversario quiero hacerlo con sus propias palabras. Os confieso que hasta a mí me impresiona que todo lo que decía siga estando de plena actualidad. Eso demuestra que ETA no consiguió, ni conseguirá, acabar con su espíritu.

Gregorio Ordóñez dejó dicho por qué puso en riesgo su tranquilidad y la de los que más quería: 'Me metí en política –dijo– por dos motivos: porque quiero mucho a mi tierra y no quería verla doblegada por el yugo de los pistoleros de ETA, y también porque no me daba la gana la forma de actuar de un pistolero verbal, el señor Arzalluz. Llegó un día en el que no pude más, no pude más de ver tanto atentado, tanta sangre en nuestras calles, tanto fanatismo. Fanatismo de quienes disparan, de quienes apuntan, fanatismo de partidos que se dicen democráticos pero que han estado amparando a ETA y se han aprovechado de ETA'. Si algo caracterizó a Gregorio, era que hablaba alto y claro. Fue de los primeros que empezó a decir la gran verdad de que HB era lo mismo que ETA: 'No hay diferencia entre ETA y HB, no hay diferencia entre quien ordena matar y quien ejecuta, estamos ante la misma porquería. Elegir HB es elegir la muerte, la basura y el tiro en la nuca'.

Acabar con ETA era una obsesión para mi hermano. Y fue una voz fundamental para todos los ciudadanos que no se atrevían a expresarse porque tenían miedo. Goyo se sacrificó, de manera consciente, no por la sociedad en la que vivía, sino por la sociedad en la que aspiraba a vivir. Trabajó sin descanso para lograr una sociedad justa, honesta y libre en la que los violentos estuvieran arrinconados.

Él decía que 'durante muchos años ha habido una actitud que no es justificable, por cobardía, por miedo o por comodidad. Pero eso está cambiando por muchos factores, también porque los movimientos sociales lo han hecho muy bien y la gente está diciendo basta y se están rompiendo las cadenas del miedo'.

Gregorio Ordóñez fue alguien a quien ETA, su brazo político y esa parte de esta sociedad vasca que durante tantos años animó a ETA a matar y hoy sigue justificándola, enterraron para que no hablase más. Fue la única forma con la que lograron callarle. Decía que solo había tres posibilidades de responder al terrorismo: 'Vivir como un cobarde escondiéndote en las alcantarillas, marcharte si tienes dinero o quedarte con todas las consecuencias. Es lo que he hecho yo'. Así era Gregorio. Decía a menudo: 'Solo soy radical en dos cosas: en la lucha beligerante contra los violentos y en la honradez. Luchar por principios nunca es equivocarse, aunque cueste un sacrificio personal y político, aunque a veces no se entienda y aunque a veces la justicia sea lenta'.

Acabaron con él para evitar que él acabase con ETA. Tenía muy claro cómo derrotarla y sabía cuáles eran las claves para conseguirlo. 'Aquí lo único que sirve es el rechazo social, la eficacia policial –porque desde luego los que están entre rejas no pueden hacer daño– y, en tercer lugar, el aislamiento a los violentos'. Mientras sus adversarios políticos, que no sus enemigos, defendían que había que negociar con ETA para acabar con ella, él sabía perfectamente que eso solo supondría dar oxígeno a los totalitarios. Sabía que cuando los demócratas apuestan por el diálogo y los delincuentes por la violencia y la imposición, el diálogo es imposible. 'Negociación con una banda no, porque es como decir: bueno, yo me junto con tres amigos, nos compramos unas escopetas y negociamos los impuestos con Hacienda. Con ETA lo único que podemos negociar es el color de los barrotes de la cárcel', dijo en 1993.

A lo largo de estos 25 años, sin embargo, ¡cuánto se ha negociado con ETA! Desde la legalización de sus brazos políticos hasta las condiciones de su ansiado final sin vencedores ni vencidos, pasando por excarcelaciones de los asesinos con trampas al Estado de derecho. Y lo que nos quedará por ver. Lo último que hemos visto es que en Navarra se han pactado los presupuestos con las siglas herederas de Batasuna. Las mismas siglas que han sido decisivas para que, con su abstención, nuestro presidente del Gobierno sea investido.

Para aquellos que piensan que como ETA ya no mata, la democracia ha triunfado y ahora toca hacer política como si ETA nunca hubiera existido, estoy convencida de que mi hermano diría que, mientras los que le mataron sigan teniendo soporte político y apoyo social, no están derrotados. Que no hay ninguna diferencia entre quienes apretaban el gatillo y quienes ordenaban o jaleaban los asesinatos. Es más, estoy segura que diría que sí hay una diferencia: que los que diseñaban las estrategias de terror y las ordenaban, los jefes de la banda que no se manchaban las manos de sangre, son mucho más peligrosos, sin duda, que los que apretaban el gatillo. Y estos son los que hoy están condicionando la política a todos los niveles. ¡Qué rentable les ha salido matar!

Para que esta sociedad recobre la dignidad, debe luchar no solo contra la barbarie, también contra su legitimación. Mi hermano defendía 'el aislamiento de los violentos'. Con dolor, hoy debo decir que desde que dejaron las pistolas y las bombas, desde que organizaron el teatro de su disolución, ese objetivo, el de la deslegitimación del terror, se ha abandonado por completo, desde Madrid hasta en Navarra, desde gobiernos de izquierdas hasta de derechas. Hace unos años, cuando ETA estaba operativamente acabada, el Estado quiso llegar a su final con atajos, con negociaciones indecentes, precisamente por la vía que mi hermano siempre defendió que no era la que una democracia debía seguir. Y ahora estamos viviendo las consecuencias de ese final de ETA negociado. Estamos viendo cómo los mismos que durante décadas sometieron a los ciudadanos y la democracia, hoy hacen política con alfombra roja en las instituciones que siempre habían atacado. Qué fácil es cambiar el rumbo de la historia con un tiro en la nuca y cuánto rédito político está dando ese tiro en la nuca.

Por eso, cuando oigo que el Estado de derecho ha derrotado a ETA y que no se ha pagado ningún precio político por su final, me indigno. Me indigna que se dé por bueno el final del terrorismo cuando perviven, en presente, los objetivos políticos por los cuales mataron. Me indigna escuchar ese discurso de que la violencia de ETA, las cinco décadas de terror sistemático y selectivo, no han servido para nada. Si no hubieran servido para nada, los que diseñaron esas estrategias de terror no podrían ejercer hoy ninguna influencia en la política de nuestro país para lograr los mismos objetivos por los que creyeron que era necesario asesinar y perseguir a miles de personas.

También me duele pensar que ETA no solo acabó con un político que hubiera sido implacable en la lucha contra el terrorismo con el Estado de derecho; acabó con una persona que entendía la política como una vocación de servicio a los demás, nunca como un medio de poder ni de control social. Goyo aseguraba que su interés no estaba 'en seguir en política, sino más bien en servir, desde el Ayuntamiento de San Sebastián, a mis conciudadanos'. Era un donostiarra por encima de todo, por encima de siglas y de partidos. Así lo plasmó en el lema ‘Siempre a tu servicio’: 'significa que, frente a la politización, apostamos por el trabajo diario en favor y beneficio de todos, sean del color que sean'. Mi hermano, en definitiva, era íntegro. Se debía solo a los ciudadanos. Por eso tantos donostiarras iban a darle su apoyo para que se convirtiera en alcalde. Por eso ETA decidió arrebatarle a él la vida y a los ciudadanos, su derecho a elegirlo.

Hoy, lamentablemente, la clase política, salvo honrosas y escasísimas excepciones, está más preocupada por las formas que por el fondo, por los problemas de los partidos que por los problemas reales de los ciudadanos. Como muchos donostiarras, como muchos vascos y como muchos españoles, echo de menos a mi hermano. Por quién era y por qué defendía. Echo de menos el aislamiento de quienes justifican el asesinato y la persecución. Echo de menos la honestidad, la honestidad de quienes trabajan por la dignidad de todos sin hacer malabares para no molestar a socios electorales. Echo de menos que haya más políticos con vocación de servicio en vez de con vocación de poder. Y, sobre todo, echo de menos la claridad y el sentido común.

A mi hermano, cuando le acusaban de radical, contestaba que tenían razón, que era radical en la honradez y la defensa de la vida. Hoy es clave que seamos radicales, en la defensa de la dignidad, de la justicia, de la memoria y de nuestro Estado de derecho. Sí, debemos copiar su ejemplo. Nunca sabremos cómo sería hoy la situación política si ETA no hubiera asesinado a mi hermano, los asesinos nos arrebataron ese derecho. Pero sí podemos reivindicar su legado y su memoria. Es más necesario que nunca en estos tiempos tan convulsos y faltos de certezas".


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