• martes, 28 de septiembre de 2021
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SOCIEDAD

La última ejecución de garrote vil en Pamplona: un tétrico crimen familiar

La prensa de la época recogió los hechos de manera breve, a pesar de que el caso provocara un gran impacto en la opinión pública de la sociedad navarra

Una huella de sangre sobre una pared. ARCHIVO
Una huella de sangre sobre una pared. ARCHIVO

El 7 de noviembre de 1955, los hermanos Celaya fueron ejecutados mediante el procedimiento del garrote vil en Miranda de Arga tras ser declarados culpables del brutal asesinato a golpes de sus padres y hermano a causa de una herencia. Fue la última ejecución llevada a cabo por el método del garrote vil en Pamplona.

La prensa de la época recogió los hechos de manera breve, a pesar de que el caso provocara un gran impacto en la opinión pública de la sociedad navarra de entonces, según informa el blog 'Memorias del Viejo Pamplona'.

En octubre de 1955, José Celaya y Trinidad Pardo, labradores de profesión, informaron a sus hijos de que la herencia de sus tierras sería solamente para uno de los hermanos, Domingo, de 28 años.

La decisión de sus padres no sentó nada bien a los tres hermanos y uno de ellos, en una carta dirigida a los otros dos, dejó claras cuáles eran sus intenciones: “A ver si hacemos algo entre todos, que yo creo que haremos si no es a las buenas a las otras”.

El 6 de noviembre, la tarde anterior al crimen, Cirilo Javier y José María, los asesinos de 36 y 23 años, se encontraban en un bar del pueblo “jugando y merendando con otros amigos”, mientras el tercer hermano estaba haciendo la mili en Pamplona. En el bar también se encontraba el hermano heredero con quien no cruzaron palabra.

Ya de madrugada, Domingo se marchó a la casa de sus padres, donde se alojaba. Más tarde, los hermanos asesinos se dirigieron al mismo lugar, accedieron a la casa por la cuadra y cogieron “una barra de hierro y un palo o mango de azada”.

Tras adentrarse en la casa, se dirigieron a la habitación de Domingo, encendieron la luz y uno de ellos descargó sobre él “un contundente golpe con la barra de hierro en la cabeza o en el cuello”.

Al oír tanto alboroto, los padres se levantaron y fueron hasta la habitación del hermano heredero, donde se produjo un altercado. Mientras discurría la pelea, el herido aprovechó para huir a la calle, pero fue perseguido por sus hermanos. Al no poder refugiarse en ningún lugar, lanzó una piedra a sus hermanos y le dio a uno de ellos.

El heredero consiguió volver a su casa y encerrarse con sus padres en la habitación. Sin embargo, Cirilo y José María volvieron, forzaron la puerta, y “acometieron” a golpes a su padre, luego a su madre y finalmente a su hermano.

Tras cometer los brutales asesinatos, fueron los propios culpables quienes se entregaron a la Guardia Civil. Sin ninguna muestra de arrepentimiento, alegaron que se había tratado de una riña familiar y que había respondido a los golpes con golpes. Posteriormente, el hermano que cumplía la mili en Pamplona también fue detenido.

JUICIO Y EJECUCIÓN

El juicio, al que acudieron unas 2.000 personas, se celebró el  26 de mayo de 1956 en la Audiencia Provincial. El 1 de junio de 1956, Cirilo y José María fueron sentenciados a tres penas de muerte por dos delitos de parricidio y otro de asesinato. Por su parte, el tercer hermano fue absuelto.

En un principio, la ejecución se iba a llevar a cabo el 9 de julio; sin embargo, las fiestas de San Fermín hicieron que se retrasase hasta el 23 del mismo mes.

Cirilo y José María pasaron las últimas horas de su vida junto a su abogado defensor, con quien compartieron una botella de coñac y unos caramelos. A las 19 horas se les leyó la sentencia, después llegó el cura y los dos se confesaron. Quisieron saber, además, si iban a morir fusilados. “No, con el verdugo, es una muerte rápida”, les dijo su abogado.

A las 6.30 de la mañana del 23 de julio de 1957, los dos hermanos murieron ejecutados a garrote vil en el patio de la Prisión Provincial en Pamplona ante un grupo de unas 10 personas.

José María tardó cuatro minutos en morir porque el verdugo no acertaba con la rosca del garrote vil. Por su parte, Cirilo tuvo que esperar cinco minutos para que arreglaran el instrumento. Fue, en definitiva, una muerte mucho más lenta de lo que habían imaginado.


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