Colaboradores

Siempre en lucha, nunca en paz. Ese parece ser el destino de la izquierda europea en general y de la española en particular. La división es la filoxera de los partidos que se reclaman comunistas o socialistas.

Empieza el año complicado, nada nuevo porque no es sino la continuidad del que termina y porque suenen las 12 campanadas en todos los relojes del país, las cosas no cambian.

En Podemos todos se ponen a partir y todos tienen razón. Es su drama. El ruido de facas. No hace falta buscar la carga de la prueba fuera de su perímetro político y organizativo, que es desde donde disparan (disparamos) los habitualmente críticos con el partido de Pablo Manuel Iglesias.

Las primeras actuaciones de los diputados de Podemos en el Congreso estuvieron llenas de besos y abrazos, incluso en la boca para escándalo de las bancadas del PP.

El Congreso de los Diputados aprobó el jueves el techo de gasto para 2017, los objetivos de déficit público y subidas de algunos impuestos, del salario mínimo y de las bases de cotización.

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, y sus consellers, Artur Mas y un grupo de diputados soberanistas acompañaron a la presidenta del Parlament cuando fue a declarar ante el Tribunal Superior en una escena, no por vista en otras ocasiones, menos lamentable. 

Y esto es así porque no se respeta el estado de derecho cuando no hay consecuencia alguna por impedir una charla de Rosa Díez o Felipe González, lo mismo que cuando los currículos educativos cambian atendiendo a fines políticos y no a los designios de las reales academias o cualquier otra situación cotidiana, pues mires donde mires, el estado de derecho ha sido sustituido por la arbitrariedad.

Los últimos ejemplos los hemos visto, este domingo, en Italia y Austria. Pero antes, en Gran Bretaña, que ha dado lugar al Brexit o en Estados Unidos, donde la nación más grande del mundo se ha partido en dos.