La lucha de la clase obrera por el PAI

Soy hijo de obreros. De barrio obrero. Lo digo con el orgullo de quien aprecia los esfuerzos de unos padres que antepusieron el futuro de sus hijos a sus aspiraciones personales. 

Tanto yo como mis hermanos (imagínense un hogar con un sueldo de obrero y tres hijos) hemos estudiado en colegio público. Hemos ido a institutos públicos. Hemos estudiado en la Universidad Pública de Navarra.

Tanto yo como mis hermanos hemos tenido la oportunidad de aprender inglés (y francés). Francés estudiábamos en el colegio. Así que el inglés era de pago. Más de 5.000 de las antiguas pesetas  pagaban al mes nuestros padres (por cada uno) sólo para aprender inglés. Echen cuentas: 15.000 pesetas al mes. Cuando un buen sueldo de obrero era de 125.000-150.000 pesetas.

Quince mil pesetas al mes que nuestros padres pagaban gracias a las horas extras que mi padre metía en la fábrica. Gracias a las horas que mi madre pasaba cosiendo abrigos (entre semana) y fregando (los fines de semana). Gracias a la ayuda de mi abuela y mis tías, que nos compraban los abrigos cuando llegaba el invierno, o que le compraban a mi madre una máquina de coser nueva. En mi casa no teníamos dos coches, ni veraneábamos en el extranjero. Pero teníamos suerte. Suerte porque nuestros padres nos podían proporcionar una buena educación. Educación en la enseñanza pública.

Gracias a esa educación y a esos idiomas hemos podido trabajar en el extranjero. Hemos podido competir por un puesto de trabajo de tú a tú con los hijos de padres que podían permitirse llevar a sus hijos a importantes colegios (y no sólo en España).

Pues ahora, yo llevo a mis hijos a la pública. Y resulta que, gracias a los anteriores gobiernos, pueden estudiar en inglés (y en euskera, no lo olvidemos). No se pueden ustedes imaginar lo que los padres valoramos que esto sea una realidad. No se pueden ustedes imaginar lo que valoramos que nuestros hijos puedan tener un futuro gracias a la enseñanza que están adquiriendo.

Por eso, los hijos de padres obreros, los hijos de padres que lucharon porque tuviésemos la mejor educación, los hijos de padres que lucharon por romper las diferencias entre clases, no podemos quedarnos de brazos cruzados. No podemos dejar que dinamiten la enseñanza de nuestros hijos. Se lo debemos. Se lo debemos a nuestros padres. Yo se lo debo.

Apoyaré a las Apymas. Apoyaré a los directores de los colegios. A los maestros. A los partidos políticos que abanderen la lucha por el PAI. A los sindicatos que luchen por el profesorado. A todo aquel que, como yo, le deba tanto a sus padres.

Con la educación de nuestros hijos no se juega. Con su futuro, tampoco.

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