Más allá de la Pasión

Estamos en capilla para la Semana Santa, nunca mejor dicho, unos días donde las calles se llenan de pasión como tantas tardes ocurre en las plazas de toros

Interior de la capilla de la plaza de toros de Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY
Interior de la capilla de la plaza de toros de Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY

Pasiones bajo el amparo de la Fe que se viven de muy distinta manera como igualmente ocurre con la idiosincrasia de cada plaza. Semana de pasión que termina con el Domingo de Resurrección y la vista puesta en Sevilla con una de las tres corridas más importantes del año junto con la Beneficencia en Madrid y la goyesca de Ronda.

Rito y liturgia se dan la mano con la pasión como testigo en esa relación entre la tauromaquia y la Semana Santa, comenzando por muchos toreros que forman parte de Cofradías y Hermandades por absoluta devoción sin dejar espacio alguno al protagonismo. Se cambia el centelleo de los alamares por la sobriedad del nazareno. Se cambia la suavidad para mover los engaños por la fuerza de costalero o el mimo para mantener la llama del cirio.

Recuerdo una entrevista donde Victorino Martín comentaba como el mundo del toro es conservador y una gran mayoría religiosa, posiblemente buscando amparo divino para quien se juega la vida a cada lance.

Religión y toros también en esas capillas itinerantes que llevan la mayoría de matadores, y que son refugio de paz en busca de protección. Protección divina en ese diálogo espiritual donde el torero se encuentra consigo mismo para vencer miedos y ganar confianza antes de salir a la plaza. Capillas que suman estampas, a veces hasta un número inimaginable, y que se colocan con mimo y detalle cada tarde con el mismo orden, en el mismo sitio.

Nada se altera, todo se repite una y otra vez, despacio, como se torea. Ni la Fe ni el toreo entienden de prisas y ajetreos. Más allá de las capillas están las medallas colgadas al cuello, las estampas en la montera y los pin en el corbatín. La devoción más marcada de la manera más cercana, como queriendo tener siempre un hilo de protección ante el destino donde se pone la vida en juego y no hay apuesta sin riesgo.

Sevilla es claro ejemplo de la unión entre hermandades y toreros ya desde la época de Pepe Hillo, Pepe Luis Vázquez y Joselito El Gallo, quien en su día regaló las esmeraldas que luce la Esperanza Macarena, las famosas mariquillas que llegaron a San Gil de la mano del torero desde París. Muy ligado a la Hermandad, quiso Joselito regalar también unos varales de oro para el paso de palio, pero la muerte se interpuso en su camino. Precisamente por ello, por la muerte del torero, vistió la imagen de la Virgen por primera vez de negro en señal de luto.

Más recientemente, si hablamos de San Bernardo, la hermandad de los toreros, el recuerdo nos lleva a Manolo Vázquez que donó el traje de su alternativa para confeccionar un sayo a la Virgen del Refugio. La cofradía de El Baratillo por su proximidad con la Maestranza, ambas vecinas del Arenal, hace que tenga un especial sabor torero, eso, y que por ejemplo tenga un llamador con toque taurino, dos ángeles –uno de ellos calado con una montera- sujetan un capote de paseo. Cuenta además el Baratillo con la Virgen del Rosario, donada por la propia Real Maestranza de Caballería, y con la Virgen de la Caridad, patrona de la vejez del torero.

La unión también existe entre la música cofrade y la taurina, el pasodoble compuesto por Abel Moreno y dedicado al matador de toros Eduardo Dávila Miura tiene similitudes con marchas procesionales como "Rocío" y "A ti Manue" a la vez que cuenta con fragmentos de "Macarena" en recuerdo a la vinculación de la familia del diestro con la hermandad hispalense.

Dos mundos, el cofrade y el taurino unidos por la Pasión. La Pasión que une y mezcla sentimientos con devoción al amparo de Fe.

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