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Apoteósica traca final en El Sadar

Por José Mª Esparza 07 Enero, 2018 - 20:12

A juzgar por el marcador, parece que el partido resultó apoteósico. Sin embargo, los espectadores tuvieron que purgar de lo lindo durante una hora para disfrutar la apoteosis final.

Osasuna y Valladolid se enfrentan en El Sadar MIGUEL OSÉS
Osasuna y Valladolid se enfrentan en El Sadar MIGUEL OSÉS

Osasuna dejó más evidentes sus muchos defectos, en especial su sistema cerrado y previsible, que algunas de sus virtudes, fundamentalmente la calidad de sus plantilla, ante un Valladolid que pagó caro convertir sus virtudes en los mismos defectos de su rival. Pese a sufrir una hora de juego de las más insufribles de la temporada, el público, que estalló contra los suyos, salió satisfecho de El Sadar por la traca final de goles y un resultado que no esperaba ni regalado. No jugó Osasuna a nada, pero ganó y con goles, que es lo que hoy cuenta. Sigue con las mismas limitaciones que hace un mes, y los fichajes difícilmente podrán subsanarlas, porque dependen más de las fijaciones de la cabeza del técnico Diego Martínez que del potencial objetivo que tiene en la plantilla, aunque solo sea la reducida a sus quince “imprescindibles”.

Marcar a los cinco minutos tiene sus ventajas cuando se trata de un equipo ambicioso, aguerrido, insaciable… Pero, y no es la primera vez que ocurre, puede resultar una trampa mortal para un cuadro conservador, acostumbrado a especular con la mínima, a replegarse convencido de que el destino no cuenta. A Osasuna le volvió a suceder la misma historia. “O me matas, o te mato” vino a decirle el Valladolid, que tras encajar un gol inocente, de clamoroso fallo defensivo, de una defensa desordenada y que no se entiende, se sintió como un león herido, cogió el balón, se hizo dueño, y dejó a los rojillos boquiabiertos con su juego ágil, vertical y con gol. Durante una hora el Valladolid hizo lo que le dio la gana.

Nadie daba crédito. El público perdió la paciencia con razón. Silbidos a un jugador, a otro, al equipo en general. Bronca monumental a Roberto Torres, que no olió ni una, y a Sebas Coris, que desquicia a un sector creciente del público, en el momento de ser sustituidos. En realidad, nunca deberían haber salido en un campo espeso y encharcado, nada adecuado a sus características, pero el técnico tiene sus “imprescindibles” y a los demás nos toca sufrirlos. El caso es que entraron Quique, y sobre todo Kike Barja, que espolearon de alguna forma a un equipo lento, espeso, previsible y sin alma.

La salida de Kike Barja avisaba ser como en Oviedo, cuando el técnico Diego Martínez dijo en medio del hundimiento generalizado: “¿No queréis cantera?, ahí la tenéis”. Sin embargo, esta vez le salió diferente. Ambas sustituciones coincidieron con la caída en picado pucelana. Todo lo que habían sido virtudes en el Valladolid, acabaron convertidas en defectos. Ante un Osasuna tan inoperante creyeron que el 1-2 resultaba inamovible. En realidad, todo El Sadar pensaba lo mismo, pero en fútbol entran también los factores menos previsibles, empezando por el de la suerte. El conservadurismo pucelano dejaba morir el partido, sin darse cuenta que una jugada tan fortuita como el penalti a Fran Mérida lo podía cambiar.

El canterano de Noáin, al que los más entusiastas ya le tenían ensayada su canción, insufló aire fresco, variantes, ganas… a un equipo descompuesto, plano y entregado a su desdicha. Corrió más que ninguno, intentó cosas nuevas y se erigió en reflejo para los demás. No jugó mejor el equipo, pero hubo más empuje y la diosa Fortuna acompañó en el penalti, en la melé dentro del área y, además, supo premiar a Kike Barja con un gol que nunca olvidará, y que Diego Martínez debe recordar. En esta plantilla suman todos, no solo sus “imprescindibles”, que han hecho de Osasuna un equipo fácilmente bizcochable. Que El Sadar no disfrutara de una victoria desde el 12 de Octubre no era por casualidad.

Los sistemas de Diego Martínez están ya muy pillados. El cuadro pucelano, que de andar un pelín más ambicioso habría sumado tres puntos, los dejó en evidencia una vez más. El ‘método Martínez’ deja a los jugadores sin alma, los atrapa en el sistema, en el orden. Quedan encarcelados a nivel individual y sin plan B como conjunto. En las fases que más abroncaron los 9.800 valientes que bajaron a El Sadar dolía ver la serie de combinaciones pucelanas sin que un solo rojillo intentara molestar. El exrojillo Hervías ejercía de subalterno a su antojo, regateaba todo cuanto quería hasta dejar el balón en suerte y saludar con la montera. Así llegó, por ejemplo, el gol del empate. “Ahora, toma, pónsela en la cabeza al delantero”, dijo al pasarla.

No obstante, debo aplaudir una decisión del técnico. Con el 3-2 en el marcador calentaban Aridane y Arzura. O ponía cinco defensas o defendía más adelante a la vez que el equipo podía tomar aire. Me temía la salida del defensa y pagar la insistencia pucelana con un 3-3, pero optó por ‘Arzurica’ y Kike Barja se lo agradeció con el 4-2. Mejor así para todos. El marcador final no reflejó el desarrollo del partido, pero premió otros aspectos, regaló la primera alegría del 2018, y repite enseñanzas al entrenador que no debe desaprovechar. Pero llevamos media vuelta y existen motivos fundados para el pesimismo.

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