El Sadar, despedida y cierre

En juego estaba el farolillo rojo momentáneo, pero ni dio esa impresión  en ningún momento del partido. Osasuna echó el telón a la temporada en su feudo con la misma imagen de impotencia que en el resto de la temporada

Imagen del Osasuna - Granada. PABLO LASAOSA
Imagen del Osasuna - Granada. PABLO LASAOSA

Día de las Peñas, que casi nunca ha salido bien; despedida de una temporada para el olvido, pero que sin acabar como  farolillo rojo hasta termina bien; tarde primaveral tras semana de lluvia y frío; en fin, un partido que podría apetecer. “¿Irás a El Sadar esta tarde?”. Al menos cuatro veces escuché la pregunta por la mañana. “Ni loco, ¿para qué? El Granada…” coincidieron esas cuatro respuestas. Y el caso es que en la avenida Pío XII, a eso de las doce del mediodía, una docena de granadinos se repartían banderas y camisetas, ¿habéis viajado desde Granada o estáis por aquí? “Todos somos de allí. La mitad venimos de la Alhambra, y los demás desde Madrid”, respondió el cabecilla. Menuda afición, pensará cualquiera.

Y precisamente afición es lo único que hubo en el estadio pamplonés, con trece mil espectadores incluidas las entradas a cinco euros, para despedir a la Primera División. Solo afición, aunque venida a menos. ¿Y fútbol? Nada de ná. Hasta la megafonía que Fran Canal regaló a los Indar Gorri pareció quedarse afónica ante el espectáculo desarrollado sobre el césped por dos equipos agonizantes, muertos. Los andaluces, con más calidad, pese a ocupar ahora el farolillo rojo, parecían un alma en pena, condenados de antemano por su entrenador, Tony Adams. Los rojillos, el quiero y no puedo de toda la temporada, agravado de nuevo por la falta de criterio en el banquillo que ha imperado igualmente toda la campaña.

Bastó comprobar, una vez más, las faltas de entendimiento para repartir posiciones y responsabilidades entre los componentes de la defensa de cinco, los alejamientos entre éstos y los centrocampistas, éstos sin orden ni concierto, para comprobar cómo un equipo en la penúltimo jornada sigue igual de poco trabajado que en la inaugural. Nadie presiona, nadie incomoda, ni una falta, ni una tarjeta, ni un cabreo, nada de ná.  Solo Kenan Kodro corría y corría, a la desesperada, a todas partes y a ninguna, en busca de la quimera que encontró al cuarto intento. ¿Los demás? Un concierto desafinado, un barco derivado. La otrora batuta, Causic, rota. En una baja forma alarmante.

Una vez silbó El Sadar en todo el partido, durante una de las peores primeras partes de la temporada, pese al mal juego del cuadro de Vasiljevic-Alfredo, incapaz de articular tres pases seguidos, sin disciplina posicional alguna, anímicamente muerto, sin ideas ni ilusiones, sin nada de ná. La grada, silenciosa toda esa primera mitad, no despertó hasta bien avanzada la segunda, porque no recibió un solo estímulo desde el césped. El equipo tampoco reaccionó entonces, pero al aficionado se le escapaba la juerga, y eso sí que no. Ni siquiera pareció enterarse de las largas posesiones de balón granadinas en las postrimerías del encuentro, con dos ocasiones de gol incluidas. Imperó el rollo particular de la megafonía de Fran Canal en Graderío Sur.

El caso es que en, a mi humilde entender, esa falta de criterio que en ocasiones muestra la grada rojilla, equivocó el objetivo por ese deseo legítimo del sano disfrute. En lugar de mirar al primer responsable, el palco, o al segundo, el banquillo, o al tercero, los jugadores, la grada personalizó sus guasas en Raoul Loé para pasárselo bien. “Olé, olé”, coreaba cada vez que soltaba el balón con éxito. Una injusticia. El camerunés aterrizó en el momento más inoportuno, fruto de la incompetencia de quienes le llamaron y/o dieron el visto bueno a su llegada para lograr la permanencia, pero pocos futbolistas habrá más honrados y trabajadores que él. El runrún dice que no continuará, pero sería el jugador ideal para Osasuna la campaña próxima en Segunda División.

Porque si algo debe meditar y mucho Osasuna es en el perfil de equipo de la próxima temporada, con jugadores que transmitan lucha, entrega, compromiso, cicatrices, tarjetas, heridas, corazón, trabajo, rasmia, en fin, los valores de este club. Jugarán mejor o peor, pero con el adn que ha identificado a este club a lo largo de casi cien años de historia. Hay que exigir más. No puede ser que un equipo tan blando, tan escaso de calidad, con tan poca transmisión, sea despedido como si de un héroe se tratara. Hay que exigir más. El aficionado tiene derecho a pasárselo lo mejor posible, pero si aplaude una victoria ante el nuevo colista como un título, si despide aplausos continuados la peor temporada en casa, mal vamos.

Además, ganar al Granada no garantiza nada. Los nazarís despiden campaña en su casa ante un Espanyol que no se juega nada, y Osasuna lo hace en el Pizjuán, es decir, que sigue con casi todos los boletos para terminar de colista.

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