Diego Martínez descompone, pero no propone

Dos derrotas consecutivas no suponen apenas nada a falta de una eternidad, duele más ver a un equipo sin amplitud de miras, que juega al cero-cero.

Diego Martínez, entrenador de Osasuna, durante el partido en Lugo en el Estadio Anxo Carro. LALIGA 123
Diego Martínez, entrenador de Osasuna, durante el partido en Lugo en el Estadio Anxo Carro. LALIGA 123

Osasuna quedó muy tocado tras el gol del Lugo. Pasaban y pasaban los minutos, y la cara de los jugadores de Diego Martínez seguía sin esconder la decepción que anidaba en ellos. Quedaba tiempo para intentar algo positivo, pero el partido ya se había alejado de la mente. Además de reventados por el esfuerzo físico realizado, acusaban la impotencia mental de verse sin argumentos para un intento de remontada. Llegó la acción en la que Torres sufrió un penalti, de acuerdo, pero no pasó de ser tan aislada como la mano de Lillo que tampoco fue sancionada con la pena máxima. Es preciso trascender los detalles puntuales, que no explican la derrota tanto como la incapacidad para cambiar la dinámica del jugo, como la inexistencia de una propuesta ganadora en noventa minutos.

Diego Martínez salió como tantas veces, es decir, como casi siempre, a por un empate sin goles, y luego ya se verá. En principio, la idea no es mala, de hecho ha dado dividendos muy rentables, como por ejemplo el del último ascenso con Martín Monreal. Además, en Segunda hasta puede resultar beneficiosa a lo largo de una temporada tan larga, dada la extrema igualdad existente en la calidad de los equipos, expresada sin remilgos en la tabla clasificatoria. Sin embargo, este Osasuna –es lo que nos venden- está diseñado para ser grande entre los pequeños, realidad no correspondida con lo que domingo tras domingo expone sobre el césped. En el del Anxo Carro, una vez más.

La apuesta del ‘cero-cero y ya se verá’ entraña también el riesgo añadido de una genialidad del rival, ciertamente más difícil en Segunda, donde apenas nadie marca diferencias, y sobre todo de un error propio, caso del sufrido por Aridane en Lugo. La pesada maquinaria de Diego Martínez, construida a base de escuadra, cartabón, calculadora y, dicen, que horas y horas de marear la perdiz, sin dejar una cabo suelto en las miles de situaciones posibles a lo largo de noventa minutos con veintidós hombres en lance, no puede prever el factor humano, capaz de lo mejor y de lo peor en fracciones de segundo. El técnico debería saberlo, sucede con relativa frecuencia, y exige al menos plantear un plan alternativo en caso de que ocurra. Ante los lucenses no lo hubo.

Osasuna salió como siempre, con el mismo planteamiento y los habituales de siempre, con la variable inicial de De las Cuevas por Torres, rectificada en la segunda mitad. En el recuerdo pesaba el alcorconazo, y el presente lo marcaba uno de los dos equipos revelación, aspirante a todo y con ganas de comerse el mundo ante un rival directo. Bajo tal punto de vista, hasta puede resultar comprensible que los jugadores de Diego Martínez se vaciaran en su defensa numantina que mina y mina al contrario con el paso de los minutos, incapaz de encontrar huecos entre dos líneas tan juntas como disciplinadas. Los rojillos no destacan por su presión al hombre sino por la fortaleza que construyen con su orden táctico posicional.

La labor defensiva exige trabajo a destajo, y no destaca precisamente por su vistosidad. El paso del tiempo también desgasta física y mentalmente a uno mismo, y solo encuentra su premio en no sufrir ocasiones de peligro y mantener la puerta a cero, a la vez que el rival se desquicia paulatinamente. Defender tan científicamente exige tanto que Osasuna no disparó a puerta hasta el minuto 55, aunque fuera de lejos. Sin embargo, un equipo con aspiraciones no puede quedarse ahí, en la descomposición del adversario, debe proponer algo más. La mejor forma de no perder es ganando, y esto no parece tenerlo claro Diego Martínez. Así lo demuestó una vez más en el Anxo Carro.

Decíamos que el gol cayó como una losa en el equipo navarro, aunque solo alineara de inicio a un nacido en la Comunidad Foral, y pesó más si cabe porque ese mismo equipo no estaba preparado para atacar. Se le había pasado el cocido. En Lugo, hasta a Quique se le vio más en la retaguardia que en la vanguardia donde se le supone. Pese a todo, claro que Osasuna pudo empatar, y tampoco habría sorprendido; pero quien juega con fuego suele quemarse, y eso ocurrió. Diego Martínez debe poner en práctica que este equipo fue confeccionado para competir. Él mismo nos lo recuerda con frecuencia, y para competir debe proponer algo más mantener la puerta a cero. No lo hizo en El Sadar ante un Alcorcón inferior, y lo pagó bien caro. En Lugo repitió el fiasco ante un rival directo. 

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