Los otros refugiados

Hace unas semanas el mundo se paralizó ante el cuerpo sin vida de un niño, refugiado de la guerra de Siria, tendido sobre la arena de la playa

La imagen, que dio la vuelta al mundo, abrió los principales informativos, apareció en las portadas de todos los periódicos, inundó las redes sociales y protagonizó las conversaciones de todos.

A veces una imagen vale más que mil palabras y en esta ocasión al menos sirvió para que la ciudadanía tomara conciencia de la guerra Civil en Siria, o al menos de su existencia. Pero las imágenes, como las palabras, se las lleva el viento… Ya no nos acordamos de que esa guerra, y tantas otras en el mundo, continúan devastando a gran parte de la población civil.

Ya ha ocurrido antes con otros refugiados. Las últimas inundaciones en los campamentos de refugiados saharauis nos han ayudado a recordar momentáneamente este drama que se alarga desesperadamente en el tiempo y sufren quienes un día fueron compatriotas españoles.

Los saharauis llevan olvidados política y mediáticamente desde hace ya bastante tiempo. Llevan 40 años viviendo en los campamentos de refugiados de Argelia, instalados en la parte más árida y pobre del desierto. Sus jaimas y casas de adobe son el único refugio para resguardarse de la fría noche del desierto o de las altas temperaturas que alcanzan en verano.

Huyeron de una guerra con Marruecos, país que invadió el Sahara Occidental después de que España lo abandonara a su suerte al firmar los acuerdos tripartitos de Madrid.  Unos acuerdos firmados por el entonces moribundo Franco con Marruecos y Mauritania, totalmente opacos y carentes de toda legitimidad según la ONU.

Desde entonces una parte de la población saharaui subsiste en los campamentos de refugiados y la otra sufre la represión del régimen marroquí en territorios ocupados. Familiares y amigos se encuentran separados por un muro que parte el país en dos, vigilado por miles de soldados marroquíes  y sembrado de minas antipersona.

Viven en condiciones pésimas y escasas esperanzas de futuro a pesar de la ayuda humanitaria. No se cansan de agradecer esa ayuda pero tampoco de recordar que la única solución es política, y requiere de altura de miras de los organismos internacionales.

En otras palabras, no basta con conmoverse, hay que moverse. Y moverse es trabajar y hacer todo lo posible para convocar ya el referéndum para la autodeterminación del Sahara Occidental prometido por la ONU en el año 1991. Moverse es buscar la unidad de toda la comunidad internacional en favor de esta justa causa, por encima de intereses económicos o estratégicos con Marruecos.

Un país democrático no puede establecer relaciones de amistad con un régimen que atropella diariamente los derechos humanos de una parte de la población, en este caso la saharaui, llegando incluso a la tortura física. 

Es una vergüenza para la comunidad internacional que la MINURSO (la misión de la ONU para la celebración del referéndum en el Sahara Occidental) sea la única en la que no figure entre sus puntos la supervisión del respeto a los derechos humanos. Es una dejación de funciones descarada para poder mirar tranquilos hacia otro lado.

Por si fuera poco, la Unión Europea renueva constantemente el acuerdo pesquero con Marruecos  a sabiendas de que se incluyen en el mismo las costas del Sahara Occidental.

Pero hay miles de saharauis que resisten pacíficamente realizando un enorme esfuerzo por disuadir de la violencia a los jóvenes, cada día más desesperanzados con la diplomacia y con la permanente tentación de volver a las armas.

El problema tiene solución pero falta, como siempre, voluntad política. No podemos olvidar que hay muchos saharauis que confían a día de hoy en la legalidad internacional. No podemos fallarles.

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