Arturo Campión, un perfil político

En los últimos días ha surgido una polémica entorno a la concesión de la Medalla de Oro de Navarra por parte del Gobierno de nuestra Comunidad Foral a Arturo Campión.

Arturo Campión en una imagen publicada en la Enciclopedia de Navarra.
Arturo Campión en una imagen publicada en la Enciclopedia de Navarra.

Una polémica centrada especialmente alrededor del perfil político de Campión y su posición sobre algunos de los hechos más dramáticos de nuestra reciente historia.

El pamplonés Arturo Campión (1854-1937) fue un abogado, político – llego a ser diputado independiente diputado por la coalición «católica nabarra» - y escritor navarro que tuvo un activísimo protagonismo en la Navarra de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Señalemos el contexto histórico de España y Navarra de la época adulta de Campión: I República Española (1873), III Guerra Carlista (1872), Restauración monárquica en la persona de Alfonso XII (1874), auge del romanticismo en toda Europa que sirvió de base para el nacionalismo,…y ya entrado el siglo XX, ya avanzado Campión en edad y con menos protagonismo, dictadura de Primo de Rivera (1923), II República (1931) y Guerra Civil (1936). Si nos centramos en Navarra, además de lo señalado, tensiones entre fueristas-liberales, la Gamazada (1893), la aparición del socialismo (1879) y el nacionalismo vasco (1895),…etc.

Una época y acontecimientos en las que Campión tuvo parte activa. No, no era un simple estudioso, observador de la historia o la realidad, sino un activo militante de una causa política. Campión, primero republicano y federalista por influencia familiar (por su abuelo, de origen italiano, y su padre) derivó tras la caída de la I República hacia una posición ideológica, que ya no abandonaría durante toda su vida, de católico y fuerista, que para el propio Campión, en un discurso pronunciado en 1891, lo describía así «El fuerismo consistía en tres o cuatro ideas fundamentales: unión basko-nabarra, apartamiento de los partidos ultraibéricos, defensa de la ley de 1841, como statu quo provisional, a reserva de denunciarlo por incumplimiento de parte del Gobierno central, apenas la braveza de las corrientes fueristas legitimara la reclamación de más completa autonomía; y mientras tanto, cultivar y favorecer la conservación y desarrollo de todos los rasgos típicos y castigos del pueblo nabarro».

Campión basculó y polemizó sobre la base de su ideología con el carlismo y el nacionalismo vasco, en las cuales se reconocía en algunos aspectos pero polemizaba seriamente en otros. Respecto al carlismo, lo considera un partido «español» que se mueve por intereses (la legitimidad de un rey frente a otro) ajenos al pueblo vasco, aunque, viendo su base popular, estima que puede ser el germen de un nuevo partido regionalista vasco, si cambia el móvil dinástico por un móvil patriótico vasco-navarro.

Respecto al nacionalismo vasco, al que vio alumbrar con indisimulada ilusión manteniendo relación con los hermanos Arana, Campión aceptará su sentido último en cuanto que movimiento que pretendía la recuperación del autogobierno vasco, pero discrepará en muchos principios ideológicos concretos, resaltando entre estas discrepancias su postura radicalmente contraria a una solución de tipo separatista.

Lo que sí combatió toda su vida y con extrema determinación política e intelectual fue, primero, el liberalismo y posteriormente, al que vio alumbrar igualmente, el socialismo. Del primero señalaba su absoluto rechazo ser centralista, antiforal y anticatólico, y especialmente porque la consideraba una doctrina que en su nudo teórico exaltaba la razón humana como definitoria de un hacer humano, doctrina que, además, estaba específicamente condenada por la Iglesia.

Campión por ejemplo se refería a los diputados de las Cortes de Cádiz de 1812, redactores de la primera constitución española que acababa con el absolutismo monárquico y fijaba el Estado-Nación español, como “amamantados a los pechos impuros de la Revolución francesa” o al considerado fundador del liberalismo navarro y héroe de la Guerra de la Independencia, Francisco Espoz y Mina, como «hombre tosco, cruel, envidioso y vengativo”.

Pero sin duda, además del liberalismo, Campión veía en el recién nacido socialismo el principal adversario de su ideal de una Navarra foral, tradicional y ultraconservadora.  Campión lo definía como  «un castigo: castigo a la apostasía de los individuos, de los pueblos; castigo a la codicia inhumana, al endurecimiento del corazón, [...] castigo al colosal latrocinio que sirve de cimiento a nuestras riquezas» o también señalando respecto al socialismo como «hecho complejo, es de índole moral. [...] el último término de esa revolución anticristiana cuyas etapas culminantes son el renacimiento, la reforma y la declaración de los derechos del hombre” y concluyendo que  «combatir sin misericordia el socialismo: éste es el programa».

Podemos concluir, por lo tanto, que Campión fue un activista política intenso y polemista en su época, tratando de definir un ideal fuerista federal —que nunca llegó a cuajar en Navarra—, en la medida que el fuerismo implicaba reactivación de los pactos y recuperación de competencias vasco-navarras, y el federalismo le ofrecía una solución estatal descentralizadora. Polemizó con el carlismo, simpatizó sin identificarse del todo con el nacionalismo vasco y combatió con vehemencia tanto el liberalismo como el socialismo, como opuestos su ideal fuerista, católico y tradicional.

SUBLEVACIÓN MILITAR

Cuestión a parte de lo señalado es la posición de Campión respecto a la sublevación militar de julio de 1936, llegando a saludar la entrada en San Sebastián de las tropas rebeldes como una liberación “de la tiranía roja”, manifestando su protesta  “por el incalificable proceder del nacionalismo vasco” así como su adhesión a los sublevados.  A este respecto, más allá de su estado mental y físico de entonces que quizás pudo ser aprovechado, es indudable que su hostilidad hacia las ideas de izquierda (“la tiranía roja”) y su crítica al nacionalismo vasco es coherente con su trayectoria ideológica.

Volviendo a la polémica original, el Gobierno de Navarra, en su decisión de conceder la Medalla de Oro de Navarra, a título póstumo Arturo Campión y definiéndolo, junto con Olóriz y Altadill, simplemente como “historiadores” o  simplificando su perfil a que “destacaron por su contribución a la historia y la cultura navarras, y los derechos históricos del antiguo Reino de Navarra” hace una labor de innecesario blanqueamiento del perfil de Campión.

Quizás con una mayor pedagogía, creando un debate previo del perfil y  situación de Campión como hijo de su tiempo, con sus luces y sus sombras, ésta polémica quizás no se hubiera producido o al menos se hubiera mitigado el escepticismo.

No pretendo con esta reflexión hacer una exclusiva crítica política de la decisión del Gobierno de Barkos, aunque haya fundamento, sino poner un poco de razón y sentido común y reflexionar acerca de la mejor forma que debemos tener los navarros de asumir nuestra historia y sus protagonistas no desde la visceralidad ni la ortodoxia o desde la simple elección entre adhesión o animadversión sino desde una reflexión común, pausada y sincera para evitar polémicas innecesarias. 

Para una mirada más profunda acerca del perfil político de Campión, recomiendo este breve estudio de Vicente Huici “Ideología y política en Arturo Campión”.

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