Crisis, estrategias y voto terapéutico

Por mucho que el término conectividad parezca ahora inevitablemente unido a redes, wifis, algoritmos y cuatros-puntos-ceros, la realidad es que los nexos entre las diversas parcelas que forman el engranaje de la sociedad en la que convivimos son evidentes.

Varias personas asisten a una reunión.
Varias personas asisten a una reunión.

Los mecanismos que hacen funcionar, mejor o peor, la economía no difieren mucho de los que impulsan la política. Varían los objetivos pero los procesos y avatares con los que deben lidiar coinciden con frecuencia, por ejemplo cuando hablamos de “crisis”.

A título individual no siempre tenemos una estrategia previamente definida para enfrentar los malos momentos y salir airosos de ellos. Nuestra vida sería un calvario si pretendiéramos prever y controlar todo lo que nos depara. Vivir consiste, a veces, en dejarse sorprender por lo inesperado del tiempo y el espacio en el que nos movemos, y asumirlo como natural.

Sin embargo, así como en colectivos tipo empresa suena aconsejable contar al menos con algunos apuntes que, llegado el caso, orienten decisiones y comportamientos para solventar problemas sobrevenidos, en otro tipo de organizaciones como los Partidos políticos, a tenor de las noticias que día sí, día también, nos proporcionan, esto parece tan ausente como imprescindible, … y de tal sensación nacen estas líneas.

Hablar hoy de algunos Partidos es, por desgracia, referirse a organizaciones en las que se ha colado, por acción u omisión, la práctica de la corrupción. Me resisto a pensar, como algunos defienden, que, allí donde ocurre, sea algo estructural. Las personas “jurídicas” no tienen ni manos ni conciencia para malversar o robar. Las organizaciones como tales no tienen capacidad de actuar ni bien ni mal.

Son las personas que las componen las que deciden y adoptan determinados comportamientos. Por eso las valoraciones y los juicios que con frecuencia se dictan -dictamos- sobre cualquier colectivo tienen, en mi opinión, mucho de falacia y fuego de artificio inútil. Al decir de Yuval Harari, en efecto, las organizaciones, como el dinero, no son sino pactos de conveniencia que colectivamente nos inventamos y asumimos; son fruto de nuestra creatividad y de la necesidad que socialmente tenemos de referencias, aunque sean imaginarias. Así pues, la responsabilidad está en el “sujeto” y no tanto en el “objeto social” al que no alcanza ni la libertad ni la capacidad de elegir.

Ahora, las crisis por comportamientos éticamente reprobable y legalmente condenables afectan a diversos partidos políticos, aunque hoy sea el PP quien se lleva la palma, como, en cuanto empiece el juicio oral, será el PSOE andaluz el foco de atención y antes lo fue Convergencia (entiéndase Pujol para los Telediarios). Ante este panorama me llama la atención la debilidad o simplemente ausencia de estrategias por parte de las organizaciones implicadas que, en el mejor de los casos, no pasa del lamentable “… y tú más.”

Empresas y partidos están sujetos a la subjetividad de la percepción que su comportamiento tiene en el mercado y el votante respectivamente. Por eso una crisis de imagen o reputación mal gestionada afecta, y mucho, a la cuenta de resultados (pregúntenle a American Airlines) o al número de escaños (ídem a Hilary Clinton), aun cuando no quede claro dónde empieza y termina la post-verdad.

Los Partidos políticos deberían aplicar lo que un buen manual de gestión de crisis de reputación empresarial recomienda. A saber:

1º Reconocer la verdad;

2º/ Definir un objetivo a alcanzar a partir de la asunción de los hechos y sus efectos;

3º/ Detectar puntos de apoyo para lograrlo;

4º/ Plantear una estrategia;

5º/ Establecer un sistema de evaluación y control.

No es tan complicado de entender, y, sin embargo, ¿alguien conoce un partido político que haya sido capaz de aplicar dicho tratamiento?

Resulta intrigante comprobar el ingente esfuerzo que los políticos hacen por esconder sus vergüenzas o intentar explicarlas. Y digo que me intriga porque, en la mayoría de los casos, no actúan así por el comprensible pudor que puede provocarles reconocer su fallo ante sus votantes y los ciudadanos en general, sino más bien por el temor a quedar estigmatizados para seguir en el poder. Es como si temieran más a la cicatriz que a la herida abierta.

La verdad siempre es rentable. Las buenas empresas y marcas representan esto en sus cada vez más exigentes Sistemas de Calidad que se traducen en mejores productos y en consumidores más satisfechos y fieles. Los partidos políticos aún no han entendido que, junto al voto ideológico, el pragmático, el vengativo, el indolente, el pasional… existe también el voto terapéutico, ése que es capaz de perdonar las heridas del daño causado y de conceder, llegado el caso, una segunda oportunidad, siempre, eso sí, que nos vengan con la verdad por delante.

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