El otro día me crucé con la mandamás de Navarra

El otro día me crucé en un bar de quesos de Pamplona con la mandamás de Navarra. Alguna otra vez he visto por aquí a Bakartxo descorchando botellas de vino blanco como si no costara, por cierto. La vida burguesa nos conquista a todos.

La presidenta del Gobierno de Navarra, Uxue Barkos, durante un brindis navideño con miembros del Gobierno de Navarra. EFE/Jesús Diges
La presidenta del Gobierno de Navarra, Uxue Barkos, durante un brindis navideño con miembros del Gobierno de Navarra. EFE/Jesús Diges

Ya podían tener el mismo buen gusto la tropilla aberchándal de a pie, mejor nos iría a todos si practicaran como sus jefes más el hedonismo. Seguro que se les bajaba la mala hostia. Lo que no sé es si les conviene a sus jefes tener unas bases relajadas, dándose al placer, en vez de movilizados por las redes sociales llamando fascistas a todos.

El caso es que yo estaba de tostadas y cañas con un par de amigos hablando menos de política de todo, de la vida, los amores, la salud, las vacaciones y los planes para el futuro en una mesa y a ella la vi en la barra.

No conseguía contactar con el camarero porque cada vez que lo intentaba se le acercaba alguien a rendirle pleitesía. Se le ponía el gesto serio con cada interrupción y miraba fijamente a sus interlocutores, sin decir nada más que monosílabos. Es divertido y enseña mucho sobre las miserias del ser humano ser un voyeur de la realidad desde tu rincón y por eso me quedé un buen rato echando un ojo.

La escena me recordó a cualquiera de La escopeta nacional, la película de Berlanga, donde el personaje interpretado por Sazatornil se desvivía por captar la atención del ministro (un siervo, un esclavo, ya saben), encarnado por Chanquete, también llamado Antonio Ferrandis.

Esas miradas al suelo vendiendo la moto, o los porteros automáticos, frente al mandamás son tan miserables como divertidas. Te enseña mucho sobre lo rastrerillo que es el ser humano estas representaciones improvisadas dignas de programa de la tele de José Luis Moreno.

El nivel de peloteo al que puede llegar un humano frente al poder es descacharrante y también bastante vergonzoso. De una vergüenza ajena que da mucha grima, vamos, tanta, que a veces te hace apartar la vista de lo que estás viendo porque piensas que no es posible que sea tan exagerado, pero lo es. El ser humano tiene una relación con los poderosos muy enfermiza. ¿Tan difícil es hablar de tú a tú, sin esa sensación que dan la mayoría de felpudo listo para ser pisoteado, con garbo?

¿Qué tiene el poder que, pese a tener que soportar a tanto lameculos ahí siguen, pasando de cargo en cargo, o acumulándolos, sin cambiar el rictus? ¿Les gusta a los poderosos que les hagan la pelota, es por las dietas, la pasta, vamos, que es muy jugosa, el poder en sí, ejercitarlo?

¿Qué es lo que tiene el poder para que te merezca la pena soportar que te vengan a dar la chapa constantemente, pelota tras pelota, sin dejarte tomar un vino en paz? Estaba retrepado en mi asiento, disfrutando de mis amigos y de una tostada de queso inglés con Pedro Ximenez, cuando me recorrió un escalofrío solo de pensar en tener que soportar 10 minutos de una recua de gente así, dándote el coñazo servil, pelotillero, demencialmente sumiso.

Afortunadamente Dios, que no existe pero es muy sabio, no me ha llamado por ese camino de la política porque no soporto a la gente que me da la murga y mi diplomacia se limitaría a mandar a todos los vendedores de neuras a otro lado que yo ya estoy servido con las mías. Además, con lo vago que soy, mandar me produce una pereza infinita. La pasta nos gusta a todos y por 200.000 euros en dietas me lo pensaría, claro está, pero no me veo tampoco con la suficiente fuerza moral para cobrar esos pastizales solo por decir que me he reunido. Hasta yo, poco dado a cuestiones morales, confieso, tengo un límite.

A pesar de que Berlanga y su guionista preferido, Rafael Azcona, logroñés él (ya saben, de esa ciudad que da mil vueltas a Pamplona), lamentablemente se nos murieron, creo que no habría problema en levantar una obra puramente berlanguiana en esta ciudad por cuatro duros. Con este cuatripartito que nos arrasa como una plaga de langostas, de las que vuelan, no de las que se comen en banquetes oficiales, con solo tener unas cuantas cámaras por Pamplona rodando en plano fijo, nos quedaría sin ningún esfuerzo un peliculón de los que marcan época. A ver si alguien se anima. Y eso es todo.

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