Una vez vi caer un imperio

Todas las estaciones de autobús del mundo son de provincias y todas las despedidas, en ellas, son tristes despedidas de posguerra.

Una pareja aguarda su viaje en una estación
Una pareja aguarda su viaje en una estación

Suelos grasientos, cuerpos dormidos en posturas grotescas y besos y abrazos y lágrimas desesperadas, mudas. Aire de estanco y calor de basurero fermentado. Todas las estaciones de autobús del mundo son fosas comunes y todas las melancolías viajan por carretera, en ataúdes con ruedas. De estos lugares siempre te estás yendo de lo que quieres. De los aeropuertos, en cambio, vienes, por eso son más alegres. Los trenes son más neutros, vas y vienes con mayor fluidez. Los autobuses lo aniquilan todo.

Mientras espero a que salga el mío, en un rincón de una sala de espera de ninguna parte, con asientos de barrotes reciclados de cárcel oxidada, una pareja está rompiendo su relación delante de mí. Él intenta convencerle a ella de que no se vaya, ella ya se ha ido hace mucho tiempo. Las palabras, lo sé por experiencia, jamás cambian nada, jamás convencen de nada, por eso a veces no entiendo por qué se les da tanta importancia, por qué se montan tantas guerras a su alrededor si no tienen ningún poder.

Es todo tan trágico en esa escena que resulta insoportable. La tristeza serena, tranquila, es lo más civilizado que se me ocurre que puede existir en este momento. Ella llora, él también, en silencio, discretos, aún no sé quién cogerá el autobús y quién se quedará en tierra. Quizás se vayan los dos. Esta ciudad en la que ando es muy dada a encuentros en territorio neutral. Aquí queda en suspenso el escenario. Aquí prima el ser humano.

Quien se queda siempre tardará más en superarlo. Quedarse en un espacio que ya no existe es una espiral descendente, decadente, hacia el infierno. Irse quizás deje el alivio momentáneo del olvido, pero el olvido tarde o temprano regresa para cobrarse su mordida. Vivir es de las cosas más complicadas que hay en la vida (sic) y nadie nos enseña cómo hacerlo. Vivir es hacerse daño, todo el rato, hasta que llegas a la orilla de la laguna Estigia hecho un sindiós viejo y putrefacto y no sirves para nada porque nada te duele ya.

Una quemadura de tercer grado no duele porque ya se ha cargado todas las terminaciones nerviosas de la piel... pero mata. A veces con una serenidad en los ojos que asusta. Quemado te mueres no de dolor sino de contención. He visto morir a gente quemada, sin tener la oportunidad de entrar en quirófano para que los injertaran, con los ojos sosegados.

Ella se descolgó una gargantilla que dejó en la mano de él. Los regalos abrasan las carnes y te dejan ciego de tanto mirarlos. Él se quedó observando su palma convencido de que el metal atravesaría los tejidos como si fuera ácido y caería contra el suelo, fundido. No ocurrió, claro, y cerró el puño suavemente y se lo metió en el bolsillo del pantalón. Nunca sabemos qué hacer con los recuerdos cuando aún son objetos palpitantes.

No todos los días se asiste en primera línea a la destrucción de un imperio. Y lo vi caer, hasta los cimientos, y los vi despedirse y los vi hasta rozarse con un último beso en la mejilla y darse la espalda para siempre, soltándose de la mano, alargándola hasta el límite de la física -la creación de Adán de Miguel Ángel para la Capilla Sixtina marcha atrás- hasta que el último chispazo eléctrico, roto el hilo invisible que los unía, lo oscureció todo.

Luego fue todo silencio, luego fue historia, luego fue todo un caos, luego fue nada y maletas arrastrándose por el suelo. Las grandes derrotas de nuestras vidas nunca aparecen en los libros de texto y jamás tienen un hueco en la prensa del día. Nuestras grandes derrotas no las conoce casi nadie. A nuestras grandes derrotas nadie levantará monumentos para recordarlas.

Quizás solo por eso merecía la pena dejar de lado los temas de siempre para contar -un homenaje burdo, una tumba con una cruz hecha deprisa y corriendo con dos palos cruzados-, que yo una vez vi caer un imperio, delante de mis ojos, con un estruendo tan bestial que no lo oyó nadie, en una estación de autobuses fea. Esas dos personas no leerán esto jamás y no serán conscientes nunca de que para mí tuvo más impacto su adiós que ver desmoronarse el gobierno de los países de un continente entero. Los hitos traumáticos pasan desapercibidas casi siempre.

Sentí pudor de escribir sobre actualidad, sobre política, sobre cualquier cosa que no fuera esa pareja y cuando terminé de anotar el colapso, cerré mi iPad, me colgué la mochila al hombro, cogí la lata de cerveza que tenía a medias y me subí al bus camino de otro destino, desolado, al comprobar una vez más que todo siempre termina en desastre. Ojalá la gente no tuviera que perderse para siempre. Ojalá la gente no tuviera que echarse de menos nunca. Ojalá todo tuviera solución. Ojalá algo saliera de una puta vez bien. Y eso es todo. 

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