¡Pamploneses, triste San Fermín!

6 de julio. Otra vez. De nuevo. 6 de julio y la ciudad espera a que a las doce del mediodía explote la fiesta. Como dice Hemingway al comienzo del capítulo quince de su novela, la nuestra, no hay otra forma de expresarlo.

La ikurriña, colocada en el balcón de la Casa Consistorial de Pamplona por el alcalde de Bildu, Joseba Asirón. EFE/Jesús Diges
La ikurriña, colocada en el balcón de la Casa Consistorial de Pamplona por el alcalde de Bildu, Joseba Asirón. EFE/Jesús Diges

Muchas veces me han preguntado qué son los Sanfermines y me he quedado petrificado ante la inmensidad de esa pregunta. Nunca lo he sabido muy bien. ¿Qué son los Sanfermines? No me sirve eso tan etéreo de si no eres de aquí es imposible que lo sientas o lo conozcas o lo descifres porque eso vale igual para una procesión de Semana Santa, un caminar sobre brasas, un correr como un dislocado tras un queso que rueda por una ladera vertiginosa, un comer un helado salvaje en el donostiarra paseo de la Concha entre lágrimas viendo los fuegos artificiales de la semana grande, con el jersey sobre los hombros o, yo qué sé, ser del Bilbao (sic) y ver sistemáticamente a tu equipo caer en todas las finales disputadas en las tres ultimas décadas.

Muy bien, ¿pero qué son los Sanfermines? Gente, demasiado alcohol, mucha comida, tiempo detenido, realidad suspendida, alegría, infancia, juventud, reencuentros, recuerdos, amistad, planes, drama, muerte, vida... yo qué sé. Violencia y torbellino. Amaneceres y churros de la Mañueta. Carreras con la adrenalina saliéndote por el lagrimal, cordones tensos de las zapatillas, puños cerrados esperando las astas, faja corta para que no incordie. Los Sanfermines también son cohetes. Muchos cohetes. Cohetes con su lenguaje.

Chupinazos que inician fiestas, inician encierros, indican que los toros estás en la calle, en la plaza, en los corrales. Cohetes que significan luz, día surrealista, a las once de la noche y que son lanzados desde la Ciudadela para dar color a la oscuridad recién inaugurada. También hay religión. Lo religioso está presente en cada cántico al santo pidiendo su protección, por ejemplo, antes de cada encierro. Tres al día. Procesión, vísperas, octavas... San Fermín en los Sanfermines. Gigantes haciendo espirales con sus ropajes al bailar y cabezudos persiguiendo niños y risas. Toros, los Sanfermines también son toros, y mulillas y caballos y cabestros. Olor a animal, los Sanfermines huelen a ganado. Mucho.

En realidad puede que ni nosotros mismos sepamos qué es esto que se monta en Pamplona durante nueve días de julio y que lo llena todo de una atmósfera diferente a la que se respira cualquier otro día del año..

Pero no todo iba a ser inocente, positivo, festivo, alegre. Todo destello en el universo tiene al acecho un agujero negro que sueña con fagocitarlo. Los Sanfermines también son los batasunos pasando por encima de las fiestas de todos y utilizándolos políticamente para sus neuras. Toda la vida gritándoles fiestas sí, política no y ellos jamás han cedido ni un centímetro en su política de rodillo identitario vasco como protagonista.

Navarra no es Euskadi como Navarra no es Albacete, pero a ellos les da igual. Siempre les ha dado igual la realidad. La fiesta no les importa, ellos solo la utilizan como megáfono, como amplificador, como caja de resonancia brutal para su proyecto homogéneo y por lo tanto, totalitario, político fantasioso euskoñazo.

Ellos solo quieren la fiesta para que se entere todo el mundo de su propaganda. A falta de varias horas para el cohete ya tenían puesto su mástil donde colgar su momio de colores italianos y forma inglesa para hacerlo protagonista sobre la ciudad, la fiesta, la población y la realidad.

Por encima de la ikurriña nada, por debajo todo, humillados ante ella, súbditos de su paranoia queramos o no. Siempre han demostrado que son capaces hasta de paralizar el día más importante de Pamplona, como la vez que colgaron su enorme momio de lado a lado de la fiesta, para dejar claro que es preferible una ciudad sin fiestas pero con bandera del peneuve, que una ciudad navarra con fiestas y alegría pero sin ikurriña.

Fiestas no, política por su puesto. Su política, claro, siempre lo suyo, solo lo suyo, que consigue lo que se ve por la tele, una ciudad cada vez más vacía. Han terminado por echarnos a los de casa, asqueados, y los de fuera, que no quieren ser cómplices de pancartas en apoyo a asesinos en el Chupinazo, no vengan en masa como acudían antes. Triste Pamplona, en un día que tendría que ser de felicidad desbordada. Muy triste.

En fin, que eso, que Viva San Fermín. Pásenlo lo mejor posible, que al final en la vida tampoco hay tantos días de blanco y rojo. Si vives 50, por ejemplo, salen 450 días de fiesta y desmadre. Disfruten, amados lectores. Disfruten mucho a pesar de que nos lo pongan cada año más difícil los aberchándales. Y eso es todo.

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