Yo también amo el folclore

Siempre está bien volver a tus raíces, a tus ancestros, sangre de tu sangre, a todo aquello que generación tras generación ha forjado tu estirpe, a tu errehache negativo, yo qué sé, a aquello que sabes que te marcó en tu juventud y que ha hecho que seas como eres en el presente: Trainspotting.

Cartel de la película Trainspotting.
Cartel de la película Trainspotting.

Me pongo la película, me sirvo una copa de vino, me tumbo en el sofá y a disfrutar del folclore. A otros les marcará más esos carnavales sanguinolentos de la zona modelo D de dónde saldrán de aquí a poco todos los funcionarios forales, por cierto, y que desconocía hasta hace un par de años su existencia.

A ver quién es el que, ánimo, valiente (canción de León Benavente) me dice que mi película, escena del retrete incluida, es más asquerosa que esas cosas que se hacen por aquí de rociarse vísceras y sangre por encima, agitando a la vez animales muertos. Mi folclore tiene más clase que el que llevan a Fitur para asustar a visitantes el gobierno de Nafarroa.

Repugnantes esas fotos que se han visto en las últimas fechas, por cierto, con niños agitando pobres zorros muertos como trofeos. Los de los cencerros en el culo, comparados con ellos, parecen hasta miembros de un club inglés de caballeros. Otros vendrán que menos malo te harán. En fin.

La película Trainspotting no es que haya envejecido, es que ha rejuvenecido. Estaba disfrutando más que nunca hasta que todo cobró sentido, doy un paso más y entro en un terreno pasado que no recordaba. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? Lo intuyo, lo estoy rozando, me lo estoy casi bebiendo a morro...

Y entonces Renton me iluminó y me puso en contacto con mi esencia, soltando un discurso con el que se me saltaron las lágrimas. A borbotones. Es una mierda ser escocés, gritó a uno de sus colegas cuando le dijo si no se sentía orgulloso de serlo. Somos lo más bajo de lo más bajo, la puta escoria de la tierra. La basura más servil, más miserable y más patética jamás salida del culo de la civilización, continuó.

Y justo en ese momento lo entendí todo, el porqué de mi forma de ser con esta ciudad, que como dice Renton de Escocia, ni siquiera encuentra una cultura decente que les colonice. Nos colonizan los euskotxonis, a Navarra, que siempre había sido mucho más cosmopolita por su amplia frontera con Francia, y les dejamos pasar hasta la cocina para que nos digan qué albarcas tenemos que usar para embarrarnos mejor en una historia rancia cerrada al mundo. Justo mi identidad entronca con esa escena de esta película que ha hecho más por mí que todos las danzas populares que he sido obligado a ver en toda mi vida.

Gracias Renton por tu sabiduría. Eres mi etnógrafo de cabecera. Luego en la peli suena Iggy Pop y la cosa es pura felicidad. Mis txistularis, esos que hacen llorar a la gente de la ciudad donde he nacido, es Iggy Pop. Yo escucho el Passenger y me sube una felicidad por el pecho que solo la puedes entender si eres de aquí, o sea, de ningún lado, del Just for life, como mucho.

Y si la Iguana se pone tierno y canta Candy yo ya me licúo y lloro como Boabdil el chico, el mediado y el grande. O como cuando a un aberchandal le bailan un aurresku el día de su boda el primo del cuñado que pasaba por ahí con chalequito y alpargatas. Lo mismo. Dos mundos, dos sensibilidades, dos identidades. Si me casara alguna vez quiero que me baile Iggy Pop el Real wild Child de honor.

En cuestiones de identidades y de símbolos y músicas patrióticas cada uno somos cada cual. Yo el primero, o último. Puestos a poner nuevas banderas en Navarra yo casi que propongo que en vez de esa copia para daltónicos que tiene el peneuve, vayamos aún más a las esencias y pongamos la verdadera, la raíz primigenia, el punto de partida aberchandal, el alfa de su creación, la Union Jack. Yo también quiero tener mi sensibilidad sensible sensibilizada. Luego Renton nos enseña lo que no nos enseñan los que mandan, que las drogas son muy malas a golpe de Lou Red y que solo ganan los camellos, los liantes, los que nos meten en realidades históricas inventadas hace dos teleberris o en problemas que no teníamos para que ellos vivan como nunca habían soñado, haciendo como que nos los resuelven. Droga dura, oiga, y la gente la sigue consumiendo a puñados en alto.

Para celebrarlo, al día siguiente, me cogí la banda sonora que la tenía por ahí en CD, la metí en el coche y conduje como alguien que por fin tiene una identidad, con las ventanillas bajadas, en mi korrika particular nacional de los pueblos y pueblas, proclamando al mundo su himno: el Atomic de los Sleeper. Pero sin el amasador ese de cocina al que le ponen cosas porque quien sostiene un palo inutiliza una mano para coger una cerveza, apoyar la mano en el muslo de tu copiloto o copilota entre marcha y marcha o cambiar de canción.

A ver lo que tardan los muetes de Asiron en cortarnos el rollo y devolvernos a la realidad gris de los retratos de alcaldes guapos en forma de multa, pensé, pero esa ya no es mi revolución. Soy un hombre nuevo, con referentes claros. Ya era hora. Y entonces, sonando de fondo el Born Slippy de Underworld elijo la vida, como Renton, mi gurú, y con una sonrisa peligrosa en los labios me largo a mi Londres particular a empezar de nuevo. Y eso es todo.

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