Los Sanfermines desde el exilio

Si Borges confesó que prefería el Quijote en inglés yo estoy descubriendo que prefiero los Sanfermines con algo de lejanía, por eso me he ido a Bilbao a disfrutarlos un par de meriendas-cenas.

Ambiente previo en Pamplona antes del tercer encierro de San Fermín 2017. PABLO LASAOSA
Ambiente previo en Pamplona antes del tercer encierro de San Fermín 2017. PABLO LASAOSA

Unas cervezas en el café Iruña de los jardines de Albia, unos pinchos en la tropical Plaza Nueva, justo debajo del hogar Navarro, del que cuelga una bandera de Navarra con corona y todo, sin complejo alguno, acompañada de la bandera de Bilbao, tan sanferminera ella en blanco y rojo. Y por la noche, a falta de conciertos interesantes en la plaza de los fueros de Pamplona, nos subimos a disfrutar del BBK como unos señores bien en el apartado. Los Sanfermines cada uno los disfruta como puede. Del baile de la alpargata al de las zapatillas Vans.

El exilio es siempre una fiesta, además de emotivo, porque cogiendo perspectiva, alejándose de los árboles que no te dejan ver el bosque sanferminero, descubres detalles y personas y anécdotas mucho más bonitas que estar en mitad del torbellino fiestero, en el que casi nunca te enteras de nada. Bilbao aún está en un radio de acción donde la gente no tiene especial morriña porque si aprieta, en una hora y media estás en Pamplona, pero conforme los kilómetros suben, todo se vuelve más sensible, más entrañable, humano, cuando entablas conversaciones con pamploneses en la diáspora.

Historias habrá mil y de cien lugares diferentes pero yo recuerdo especialmente varios años de chupinazos que viví por Madrid. Entorno a la iglesia de San Fermín de los navarros, en la calle Eduardo Dato del barrio de Chamberi, se monta un sarao el día 6 de julio de lo más divertido. Las aceras, las terrazas se llenan de personas vestidas de pamplonica y se dispara un cohete y se come chistorra y se bebe vino navarro y se habla y se ríe y se disfruta de los desconocidos y se añora entre la nostalgia y la alegría, de una ciudad que pese a todo, también es la mía.

Había algo curioso en aquellos chupinazos madrileños. Como yo era un recién caído, con la ciudad aún fresca en mis palabras, se te acercaban los más veteranos, los que hacía ya mucho que no pisaban las calles de Pamplona, a que les contaras cómo estaba la ciudad. Te convertías en un nexo de unión entrañable entre dos mundos que se querían demasiado pero que no se veían hacia un siglo, como si fueras la carta entre dos amantes separados durante mucho tiempo.

Te traigo recuerdos de allí, siéntate y escucha el paraíso que tengo que contarte. Y empezaba a componer un libro de las maravillas, como un Marco Polo foral de vuelta de la tierra prometida. Me gustaba esa ilusión que se creaba en sus caras y yo, que me vengo muy arriba en esto de contar chascarrillos, adornaba al final tanto el relato que casi me entraban ganas de llorar hasta a mí, con la ciudad tan idílica que iba dibujando.

Mentiras piadosas que terminaban en abrazos y en brindis y en sonrisas que se perdían calle abajo, hasta los Sanfermines del año siguiente. A veces la vida merece la pena y hasta a mí me entra complejo de buena persona. Esta noche ya estoy por Pamplona y la riada me llevará de remanso en remanso y de rápido en rápido y de barra en barra.

Cuando se apaguen las ganas de jolgorio porque el cansancio llega cada vez más temprano, me acordaré de aquellas personas que conocí y se me pasará y disfrutaré entonces por ellas, porque de alguna u otra forma, tengo la sensación de que les tengo que seguir contando todo aquello que añoran. Y eso es todo.

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