Rafael Moneo en el Museo Thyssen

Hay algo en Rafael Moneo que me fascina, y salvo excepciones como puede ser el palacio de congresos del Kursaal en Donosti, no son sus edificios. Me pasa desde siempre, pero hasta hace poco no había intentado descubrir qué es eso que tanto me atrapa del arquitecto navarro.

Exposición de Rafael Moneo en el Museo Thyssen de Madrid.
Exposición de Rafael Moneo en el Museo Thyssen de Madrid.

Dentro de un edificio Moneo siempre me encuentro mejor que fuera de un edificio de Moneo. Es un misterio que intento explicármelo partiendo de Oteiza. Lo vi claro una vez paseando por el Museo de la Universidad de Navarra. Por fuera no me impresionó, casi no me dijo nada, mudo. Nada... pero la nada también estaba dentro y hablaba. Esa luz, esa atmósfera vacía dentro de un recinto, su perímetro, que no es lo importante.

Y entonces miré las obras de Oteiza que allí estaban y me fui haciendo preguntas, siguiendo un hilo invisible. El arte conectado con el arte, el diálogo de la búsqueda de un vacío con el diálogo de un vacío encontrado. Creo que he entendido más a Oteiza a través de Moneo que solo mirándole a él, y viceversa. ¿Habrían tenido alguna relación esos dos artistas en vida? Yo la veo tan clara ahora que si no la tuvieron la tendrían que haber tenido.

Pese a que Oteiza persiguió con fiereza el concepto de vacío y lo rozó, nunca creo que lo consiguiera captar del todo, le faltó una variable, que quizás no sea problema suyo sino de la escultura en general, la no interactuación con el ser humano. El ser humano es un espectador del vacío que intenta conseguir Oteiza. Quizás por eso Oteiza siempre estaba crispado, por esa frustración de no conseguir en la práctica lo que sabía que existía en la teoría.

Quizá el problema de Oteiza no era de Oteiza y sí de la disciplina por la que optó para demostrar sus certezas idílicas, que no podía darle todo lo que él quería que le diera. No lo sé, no sé nada, el vacío en mí es similar y de ahí la frustración frente a ese dejar plasmado con palabras la nada, el vacío, esos conceptos con los que creo que Moneo y Oteiza juegan y que es tan imposible también para mí explicarlo. Me encanta Chillida por ser más estético, pero empiezo a apreciar a Oteiza mucho más de lo que lo apreciaba por sentirlo más intelectual.

En cambio, Moneo creo que lo consigue, el vacío en Moneo está logrado porque el ser humano flota en él, lo disfruta como protagonista y no sólo como espectador. El ser humano es el que nos da la dimensión de ese vacío en Moneo. Es la escala que permite apreciarlo. Los espacios de Moneo son mágicos, ligeros, luz que nos transporta hacia la nada. Desaparece suelo y techo y nos elevamos sobre él, hasta la ley de la gravedad deja de afearnos.

En un espacio de Moneo no caminamos, perdemos la perspectiva, buceamos en una piscina sin aire, hecha de luz, que nos rodea hasta por debajo de los pies. Moneo consigue que desaparezcan los límites en sus construcciones, por eso quizás me siento tan a gusto dentro de ellas. Un espacio infinito encerrado en un espacio finito. Quizás es eso lo que Oteiza siempre quiso captar, no lo sé, quizás Moneo sea la culminación de lo que Oteiza quería captar, tampoco lo sé con certeza pero me gusta la idea y por eso la dejo aquí escrita.

Algo tiene Moneo cuando consiguió un premio Pritzker, que es como decir un Nobel de arquitectura. Los grandes artistas son un misterio que solo a veces consigues vislumbrar, un poco, apenas una brizna, no toda la brizna, casi un reflejo de ella, una sombra sobre el suelo de la solución a ese misterio. Un segundo, quizás menos, una décima. Moneo es esto, me dije, un bienestar incomprensible para el ser humano sin una explicación más que a través de otro artista. Oteiza es un escalón, Moneo quizás sea el descansillo de la misma escalera. Paseé por la exposición ida y vuelta, dos veces, aturdido entre los descubrimientos

Salí de allí fascinado, buscando más vacíos dentro del vacío, para escribirlos lo mejor que pudiera, pero me rendí pronto. Es imposible, se me escapa. Mientras me acercaba a mi moto y me quitaba las gafas de sol para ponerme el casco vi esculpido en él, con la repentina luz que entraba en mis pupilas aún sin contraer, en su interior, a lo máximo que puedo conseguir acercarme a esos dos monstruos como escritor. Cuando me lo coloqué, vacío de casco contra vacío de cráneo, es lo más cerca que estaré nunca de ese misterio, y me perdí por la avenida, acelerando camino de Atocha y su vacío, su estación sin trenes, la que reconstruyó Moneo, mientras ponía el punto final a este artículo en las notas del móvil en el siguiente semáforo.

Si pasan por Madrid y quieren disfrutar de alta cultura navarra, sosegada y lejos de gritos y comentarios irrelevantes, pueden hacer como hice yo hace unos días, ir al Museo Thyssen a ver una exposición dedicada al arquitecto tudelano Rafael Moneo, en completo silencio. Tienen tiempo hasta el 11 de junio. La exposición está montada por una fundación gallega y es un espectáculo prodigioso.

¿Por qué en Pamplona no somos capaces de honrar a uno de los nuestros así, con ese mimo y esa admiración como sí son capaces de hacerlo fuera, muy fuera, muy lejos? ¿Por qué nadie ha hecho nada para traer esa exposición a Navarra? Otro misterio que ya me niego a buscarle respuesta. No tenemos remedio. El vacío cultural silencioso en Pamplona es atronador y mudo. Quizás por eso Oteiza decidió montar su fundación aquí, porque somos la sublimación de sus pensamientos hechos sociedad. Y eso es todo.

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