¿Por qué corremos el encierro?

Cuando la gente se entera de que eres de Pamplona siempre terminan por preguntarte lo mismo. ¿Has corrido el encierro alguna vez? ¿Por qué lo hiciste, por qué lo haces, por qué lo harás?

Podría quedarme a vivir para siempre en esa luz de las ocho menos un minuto de la mañana que barre la calle Mercaderes, con las torres de la iglesia de San Saturnino al fondo. En esa luz, los días que se deja ver, todo es posible, incluso que yo, tan poco dado a los sentimentalismos patrióticos, me ablande y piense que la belleza también puede estar en esta ciudad. Colecciono esa foto, para mí la mejor que tiene Pamplona, un encuadre perfecto, tengo hechas cientos y no me canso de disparar contra esas torres cada vez que paso cerca.

Me gusta que la iglesia de mi burgo, el de San Cernin, sea la que marque el ritmo del encierro, la que desde su altura, desate la riada un minuto después, justo un minuto después de donde me encuentro, absorto en el silencio y la luz, rodeado de corredores pero en la completa soledad de una calle repleta y a la vez, vacía. Ese momento único es el que quiero llevar en la espalda cuando aparezca ese primer toro que rompa la quietud del instante, disloque tiempo, espacio y acelere la realidad hasta el infinito, deteniéndola.

No sé porque corremos o hemos corrido el encierro, no tengo motivo racional alguno, ni sé explicarlo. Cuando me preguntan yo suelo hablar de ese instante en el que el tiempo pasa tan lento que se detiene hasta el alma, justo un minuto antes de que el cohete silbe y rompa el cielo de la mañana, hipnotizado por la bella atmósfera de unos rayos de sol que siembran de oro los adoquines, incendiándolos. 

Respiras hondo, no vaya a ser que algo salga mal y te quedes ahí, corneado y desangrándote, sin poder repetir el instante nunca más. La vida se acaba siempre, por eso quizás volvemos, para poder robarle otro momento mágico más, cada mañana de julio a ponernos delante del torbellino, peaje que hay que pagar por vivir algo único. Revienta el cohete y se disipa el sosiego, el mar en calma, sabes que los toros están a punto de subir por Santo Domingo. Adrenalina en la mirada e instinto, solo puedes correr con todo lo que has aprendido y confiar, porque en un trance así yo nunca he podido pensar nada. Algo se me activa dentro y toma sus decisiones ajeno a mí. Me encomiendo a la Crítica de la razón pura y que sea lo que Kant quiera.

Explota el segundo cohete y me hago un tercer nudo en la faja, manías, como la de hacerme tres nudos en los cordones de las zapatillas un rato antes, con el pie en el vallado. Resoplo y espero, hasta que desespero y acelero y vivo y enfilo hacia la curva por el lado derecho, siempre por ahí, inconscientes, no te abras nunca, demonios.

Las fugaces miradas que disparas contra todos los lados te marcan la distancia y calculas y esquivas manos y codos e intentas el imposible de dominar la situación, de hacer que ese bicho con cuernos te obedezca. Imposible, ahí es casi imposible. Él toma su curva y tú la tuya y os encontráis de nuevo en la vida, que eso es lo que es la recta casi infinita de la calle Estafeta. Ya no hay sol, ya no hay esa luz que te llenaba de sosiego, esto ya es otra cosa, un poco más sombrío todo, cuesta arriba siempre... la vida. 

El animal ha perdido un poco de velocidad y peleas por acercarte pero pocas veces consigues triunfar, acoplarte un segundo donde todo es perfecto, y te pasa sin que puedas hacer nada más. Te golpeas con otros, chocas, y se escapa el torrente y te vas deteniendo con la misma pregunta siempre. ¿Han pasado los seis toros? Nunca terminan de pasar los seis toros que quieren ensartarte con sus embestidas... la vida. La calle Estafeta. Quizás corra porque no quede otro remedio. Yo qué sé. Y eso es todo. 

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