Podemos también se está cargando Pamplona

¿Qué día de la semana es hoy? Alguno de mis odiadores me podría tener informado de estas cosas, para saber si me puedo tomar una cerveza o no, que los aberchándales que por aquí pululan me tienen asqueado con esa Inquisición contra la birra que me tienen montada.

El concejal de Aranzadi-Pamplona, Armando Cuenca. IÑIGO ALZUGARAY
El concejal de Aranzadi-Pamplona, Armando Cuenca. IÑIGO ALZUGARAY

Es martes. Buen día. Camarero, una jarra de tostada. He quedado dentro de un rato con mi amiga R. pero me he venido antes al bar, que ya ha tenido tres o cuatro vidas desde que lo conozco, a escribir sobre las ocurrencias de nuestro concejal Cuenca, el terror de las rayas discontinuas de las avenidas, el superhéroe de los taladores de árboles, el político preocupado porque los niños de cuatro años y los ancianos de 84 puedan volver de juerga sin peligro de que les atropelle un coche.

O algo así quise entender el otro día cuando le escuché desbarrar sobre su proyecto estrella, crear un caos de dimensiones bíblicas con villavesas dadas la vuelta, coches del revés haciendo la cucaracha con las ruedas vueltas al cielo, bicicletas sabe Dios por dónde y camino de sabe Dios qué con sus carriles y carrilas, supongo, sin sentido alguno y para ello no le importaba ponerse a talar árboles como un poseso. Humanizar la ciudad, lo llaman. Ya podian hacerla más divina. En fin.

En el bar suenan los Smiths, los Cure, Depeche Mode... estoy por confesar el nombre del garito, pero me lo voy a callar por si a Cuenca le da por meter por el medio una vía agropecuaria de primer nivel y nos jode las cervezas de los lunes (y las de los martes, miércoles, jueves...). Me imagino el camino a la barra lleno de conguitos de oveja y con lo urbanita que soy yo me entran escalofríos de angustia. Y no solo eso, Cuenca a lo mejor te confunde con un cuatro latas y te prohíbe la entrada por los siglos de los siglos a cualquier bar.

El otro día escuché en la radio que una discográfica le dijo al marido de Tina Tuner que le pondría en los títulos de crédito del disco que su mujer estaba grabando, le pagaría un pastón y tal, con una sola condición: no acercarse por el estudio en todo lo que durara el proceso. Algo así deberíamos empezar a valorar para proponerle al edil de Podemos: le pagamos el sueldazo que ya cobra, le llevamos cada mes a la tintorería su camiseta de Marvel de gala de cuerpico de ciudad y que deje de dar el coñazo con sus ocurrencias de pésimo ciclista (solo espero que no tenga una de esas plegables que solo sirven para el postureo), nulo peatón y odiador guayotas y pijales del coche.

Cuenca es más útil para Pamplona como observador de los cerezos del valle del Jerte o de los cerezos de la carretera de Echauri a Ciriza, en patinete, que como organizador del tráfico de la ciudad, que por otra arte, no tiene ningún problema organizativo.

Odio a los que odian el coche, por cierto, porque pocos símbolos tan de libertad he tenido en mi vida como cuando he sentido un coche en mi culo, manos y pies para ir donde me diera la gana, con quién me diera la gana y hacer en ellos y con ellos lo que me diera la gana. Quien odia el coche siempre suele ser un tirano. Los coches han hecho más por la libertad del hombre que mil predicadores del hombre nuevo.

Cuenca, mocete, y si quieres hacer algo por los que amamos la bici, échale cojones revolucionarios, déjate de memeces y asfáltanos la carretera de San Cristóbal, sea de la titularidad que sea, que para eso seguro que os ponéis finolis tú y vuestra tropa, que me la subo un par de veces todos los días que estoy por Pamplona y con tanto bache al final me voy a romper la crisma, que aquello es ya un puñetero queso gruyer.

Al final llega mi amiga y me dice que si pillamos entradas para el BBK de Bilbao. Planazo. ¿Tú qué haces?, me pregunta, y le contesto que escribir de lo lejos que a la ciudadanía de base nos pilla esta nueva política cuatripartita de ocurrencias e imposiciones.

Tocan Phoenix, The Killers, Depeche Mode, Fleet Floxes y un porrón de grupos más. Aunque sea San Fermín, ¿pillamos?, insiste. Con más motivo, le digo, fiestas de ikurriñas y txalapartas para la boronada de riñonera en la nalga sin más música que la que se produce al pisar vasos de plástico sobre mugre. Pilla, que para nueva política la nuestra yéndonos a Bilbao: diversión y buenos grupos y miserias identitarias las justas, que en la capital del mundo, esos sí que son vascos y no tienen que demostrarlo, complejos como los de la rancia y rural Irroña (Ramplona es un poco más urbanita, tampoco mucho, pero algo más sí) no tienen. ¿Tiramos luego para el mar? Cantabria está al lado, me dice, y Finisterre, con tal de no tener que volver a la playa de Pamplona, la de Oricain, lo que sea, le digo.

Cómo mola todo cuando solo hablas de las cosas realmente importantes de la vida, qué hacer en verano, por ejemplo, o de disfrutar con amigos, con el ceño liso de todas esas mierdas con las que el cuatripartito que manda con puño de hierro en Navarra y Pamplona siempre juega a arrugárnoslo, emponzoñándonos. Sin conflicto no son nadie. La nueva política es una mentirita y no hay nada en ella que merezca la pena para mejorar nuestra vida hoy.

Podemos, que venía a salvar el mundo poco más o menos, solo es otro partido nacionalista vasco, un modo de vida para los que viven de él, sin más, ajeno al mundo actual, dedicado a los temas de la raza, de las identidades restrictivas y homogéneas, los símbolos nacionales o como se digan ahora esas cosas, que no lo sé, a sus luchas internas de poder y de disimular diciendo que quieren que vayamos en bici todos a ningún lugar. ¿Y si nos vamos a Roma? No hay huevos. ¿Hay carril bici? Habla con Cuenca que te lo soluciona en dos tardes. Ya, mientras tanto miro avión. Sí, casi mejor. Y eso es todo.

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