Pamplona - Nueva York

Sentado en la terraza del Windsor al sol, como en un balneario, me pega el calor en el lado izquierdo de la cara y me tranquiliza mi ansiedad. Hoy es día 6 de diciembre, día de la Constitución y la plaza del Castillo está repleta de gente.

Inauguración de la muestra Recuperando a Hemingway con ocasión del 90 aniversario de la publicación de la novela Fiesta. PABLO LASAOSA.
Inauguración de la muestra Recuperando a Hemingway con ocasión del 90 aniversario de la publicación de la novela Fiesta. PABLO LASAOSA.

Me gusta conmemorar actos de tanta profundidad intelectual. La Constitución sienta bien, nos hace más libres, ciudadanos libres. Estoy hasta el gorro de conmemorar sentimientos tribales supeditados al grupo. Luz y calor y un café solo doble sin azúcar, bajo el amparo de la fachada del hotel La Perla, frente a una cutre exposición de Hemingway que el ayuntamiento ha montado en una carpa cutre, como de bar de fiestas de pueblo cutre. 90 años de Fiesta.

Un maravilloso libro sobre la pasión, el drama, el amor y la vida. Además sale algo Pamplona. No mucho en realidad. París sale más. Me cae bien Hemingway. Tampoco sé muy bien por qué, supongo que porque es un poco como yo, un exceso de vitalidad con episodios puntuales depresivos. Me cae bien la imagen de su persona más que la de escritor. Como escritor a veces es un pesado pero no en Fiesta. En Fiesta es un pedazo de escritor digno del Nobel y de una ronda gratis en el bar Txoko de mesas corridas y botellas al viento, como en una de sus famosas fotos sanfermineras en la que grita al aire.

Me acurruco en mi abrigo y me apropio de todo el calor que puedo. Hace buena mañana para ser diciembre. Sé que la angustia volverá pero esta mañana quiero disfrutar su ausencia, leyendo un poco un diario que Elvira Lindo escribió en su último invierno en Nueva York: Noches sin dormir. Es un libro agradable. Ella también sufre y quiere dejar de escribir y sigue haciéndolo. Nunca había leído nada de Elvira Lindo. También me cae bien.

Pamplona tendría que potenciar la figura del escritor estadounidense, pienso. Tendría que por fin dejar de ser un pueblo infecto y abrirse al mundo, sin miedo, cogiendo a ese embajador y llevárselo a ver todos los continentes pero de verdad, no por el qué dirán, como ocultándolo por miedo a que se coma la ciudad entera. Adoptarlo. No dejar que se escape nunca. Y si se tiene que comer la ciudad que se la coma, o se la beba, por completo.

Una vez en un garito de jazz de Harlem, a altas horas de la madrugada en el patio al que salía a fumar, estuve hablando de Hemingway con un profesor de literatura de un instituto del Bronx. De Hemingway y de Pamplona. El profesor me sableó medio paquete de Lucky Strike pero mereció la pena charlar de la Estafeta, los toros por las calles, el vino, la vida, la fiesta, la muerte, el amor y el desamor en aquel lugar y con aquel tipo tan lejos de esta ciudad, en la capital del mundo. Creo que es la única vez que me he sentido orgulloso de ser de Pamplona.

En otro diario de Nueva York: Ventanas de Manhattan, este de su marido, Muñoz Molina, cuenta que visitó ese mismo garito una noche y lo plasma como uno de los paseos más peligrosos que ha realizado en su vida, de vuelta a casa por ese barrio de negros que no termina de comprender y que cree tan amenazante. Yo salí de allí con unas cervezas de más, hacía las dos o tres de la madrugada, fumando porque entonces siempre fumaba y caminé tranquilamente por las aceras entre rancheras con las puertas abiertas para que escucharan la música aquellos grupos de personas sentadas en las escaleras de acceso a los edificios. Nadie incomodó mi paseo y mi recuerdo es opuesto al del escritor jienense. Uno de los paseos nocturnos más fascinantes. Nueva York me pareció el lugar más seguro y acogedor del universo.

Sacan calamares en las mesas aquí en Pamplona y el olor me hace volver a tiempos pasados felices. Siempre hay olor a calamares en mis recuerdos felices, y a batidos de vainilla como los que mi padre me sacaba en Javier, cuando era un crío, o a vinos de Somontano, con bien de queso, por la calle León de Madrid, en Casa González, a la que no creo que vuelva nunca. Y eso es todo.  

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