Pamplona se ha hermanado con Comala

Salí, más bien entré, soy un sentimental que no puede pasar de largo, a tomarle el pulso a la ciudad. Desde el primer minuto te das cuenta de que está para practicarle maniobras de resurrección porque aquí no late nada.

Una imagen ficticia de la Comala de Juan Rulfo en Pedro Páramo. FOTO: www.masdemx.com
Una imagen ficticia de la Comala de Juan Rulfo en Pedro Páramo. FOTO: www.masdemx.com

Este estercolero vertical lleno de trapos por las farolas y ventanas, de garabatos ilegibles hechos con rotulador de punta gorda por todas las puertas, de pegatinas sobre pegatinas... está para mandarlo al forense. 

Hagas lo que hagas siempre circulas por las mismas aburridas calles, escaparates de paranoias y de disparates históricos hechos cartelería. Cada vez hay más bajeras cerradas. Cada vez hay más rastros de cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando. Siempre tan callando. La muerte acecha siempre en Pamplona, lánguida, como una consecuencia sin relevancia.

La muerte ya ni impresiona, en eso se ha convertido la ciudad. Es lo que toca. Morir aquí es el único destino, para lo único que sirve el porvenir. La ciudad es un hámster que sube a su rueda y solo encuentra lo mismo pero cada vez más viejo. Lo nuevo no existe. Lo nuevo no termina de llegar nunca. Esta ciudad y lo nuevo es un oxímoron. El gobierno del kanbio es un retroceso que solo mira al futuro para llenarlo de tumbas del pasado.

A nadie de los que gobierna le importa la ciudad. La ciudad es una excusa para reventarla, para desfigurarla, para desquiciar al vecino, al adversario político. La ciudad es una excusa para joder al otro. Te voy a dejar el juguete tan descuajaringado que solo vas a poder llorar cuando vuelvas a tenerlo en tus manos. Es todo tan infantil que aburre.

Llueve. Bueno para los campos, malo para los ánimos. El día de la marmota de la lluvia es esta ciudad. Llueve, a cántaros. Solo trae de bueno ver cómo esa moda batatxoni que uniforma la ciudad de pantalón pirata y sandalias de tío, les remoja los pinreles a los de siempre.

Las sandalias de los tíos tendrían que ser anticonstitucionales. La contaminación visual de soportar un pie de tío es peor para la salud que respirar un poco de olor a gasolina. La gasolina es acción, por eso está mal vista en este tipo de ciudades empujadas al abismo de la parálisis. La sandalia simboliza la imposibilidad de salir corriendo de aquí si se obra el milagro de que algún día despiertes, por eso a tantos se las han inoculado. La sandalia es una bola de presidiario.

Sigo el paseo. Es un espanto. Cuenca está convirtiendo la ciudad en una vieja con botox: aceras de pegotes de hormigón y bordillos desplazados unos centímetros más aquí, como cuando Carmen Sevilla se estiraba la piel con tiras de cinta adeshivas... para nada. Spiderman y los batatxonis lo llaman amabilizar la ciudad. Yo lo llamo ser una horterada. A Pamplona la maltratan sin piedad, vistiéndola de chandal y mocasines.

A Cuenca le gusta joder. Está perpetrando una venganza rencorosa porque no le dejaron llevar su delirio al infinito, destartalando aún más la ciudad. Al alcalde le gusta lo que digan de la Guipúzcoa profunda y a Barkos lo que diga Urkullu. No se preocupan por lo de aquí.  A ninguno les gusta el buen gusto y a Pamplona no la quieren. Pamplona es ya al careto desconchado de Meryl Streep en La muerte os sienta tan bien.

La conclusión a todo esto es que nos quieren estabulados, con nuestra bicicleta como único vehículo, como en la China de Mao. Es la única revolución cultural que nos propone este cuatripartito, movernos como en las dictaduras comunistas y que se llene todo de olor a sobaco. Hasta las motos les molestan. Todo lo que no sean paseos controlados por el patio de la carcel que son estas calles lo atacarán sin piedad. Turistas iros a casa, no mezclarse con nosotros, gritan este verano.

Y con su contrapartida, nadie de aquí, por lo tanto, puede ser turista fuera. Que nadie se mueva de Pamplona. Todos rehenes de un cuatripartito rancio que solo quiere cobrarte impuestos, batir récords anuales de recaudación de impuestos, sangrarte a impuestos. Encadenarte a sus delirios para que como el hámster en su rueda no poder hacer otra cosa que pagarles la fiesta sin rechistar. Prisioneros de la endogamia como único símbolo de identidad es lo que nos ha traído el kanbio.

La guerra al coche es el penúltimo acto fascista. El último ataque a la libertad siempre está por llegar. Veo a un operario cambiar de color líneas de aparcamiento en el paseo de Sarasate. Pica el suelo, destroza el suelo, lo machaca. Todo son heridas y cicatrices en los suelos de Pamplona. De azules a verdes, para cobrarte más, para achicarle más el espacio a este medio de transporte siempre sospechoso, para dejarlo todo más roído, más carcomido. Yo en el coche soy feliz. Es confortable, suenan los Smashing Pumpkins y no hace frío, ni calor, ni llueve dentro. Huele bien. Con el coche puedo estar en tres países a la vez en una mañana: España, Condado de Treviño y dentro de un rato en Francia. El coche me hace libre.

Pamplona es una parada técnica para describirla, para escribirla, para espantarme, para deprimirme, para mirar el correo que llega a una casa vacía. Pamplona es mi Comala llena de muertos que no saben que están muertos. Pamplona es lo que me recuerda que soy mortal, que no debo parar por aquí más que lo justo para visitar mil nuevos destinos. No dejarme atrapar nunca más. Languidece la ciudad, la profecía se está cumpliendo: el chandal rojo como mortaja.

Esto cada vez se parece más al anuncio de 1984 que hizo Apple hace décadas. Acelero, ruge el motor y me voy a Burdeos pitando. Me espera el futuro, y el sosiego, como Goya cuando allí retrató a una lechera tan serena, tan amable, tan bella. Y eso es todo. 

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