Los excesos del orgullo gay y la moderación sanferminera

De nuevo mochila y bus, de nuevo salir de Madrid rumbo a Hendaya a por un TGV, bendita alta velocidad, con Hemingway dentro y cuatro cosas: libreta, boli, ropa de salir por patas y las zapatillas.

Imagen del Congreso de los Diputados iluminado con los colores del Orgullo.
Imagen del Congreso de los Diputados iluminado con los colores del Orgullo.

Toca entrenarse para la carrera por si hay que meterse este año en el encierro a vivir. Mientras tanto, voy a buscar la Pamplona del primer tercio del siglo XX en cuanto me baje de la estación de Montparnasse y me ponga a leer de nuevo. Creo que van, con esta que estoy a punto de empezar, cinco veces que me sumerjo en Fiesta. Cada lectura me gusta mucho más que la anterior. Puedo ya, aunque no haya pescado nunca, hasta tirar la caña por París, en mitad de los soportales de la calle Rívoli, y ponerme a ver si pican las truchas de la Navarra de los años veinte. Todos los mundos, mis mundos, quedan unidos por las letras. Siempre.

El autobús está lleno de jóvenes navarros que vuelven, por lo que les escucho, de pasárselo en grande en el Orgullo Gay de este año, disfrutando de la libertad en una de las mejores ciudades del mundo. Celebran que son libres para comerse los morros con quién les salga del ciruelo sin dar explicaciones a nadie. Adoro Madrid. No es la ciudad, que también, es la actitud, aunque haya que buscar los rincones bellos y los escalones en los que abrazarse o los portales en los que besarse, porque guapa, a primera vista, no es. Adoro Madrid desde hace demasiado porque es sinónimo de libertad, de alegría, de vitalidad, de amor. Madrid es una marmita donde siempre se cuece algo extraordinario, donde la libertad se sirve como esos chuletones que se desbordan por los cuatro puntos cardinales de un plato enorme. Me encanta pasear por estas calles y ver cómo la gente no tiene miedo de ser como es, de vivir como es, de hacer con su vida lo que le de la real gana. Nadie te señala, solo tú señalas el camino con quien quieras. Por ahí vamos a ir juntos si quieres. Y quieren y se quieren en esta ciudad las personas con una intensidad contagiosa. Como en Madrid se ama en pocos sitios. En Madrid todos los amores son ahora, son presente y por eso, son eternos.

Me ha encantado pasear de noche por esta semana donde la política calla y las instituciones hablan con luz, sin que haga falta decir nada más. Bajaba el sábado por la carrera de san Jerónimo y vi el congreso de los diputados iluminado con los colores del arco iris. Me gusta vivir en un país así, me dije. Me gusta vivir en el siglo XXI, donde lo que antaño era clandestino, marginal, perseguido hoy es una sociedad que junta, va saliendo junta del armario sin importarle, sin importarnos, nuestra condición sexual. Todo es cada vez más nuevo, más sano. Todo es cada día mejor. Yo qué sé, por ejemplo, me gusta ver como cientos de policías que hace medio siglo perseguían a las personas por su condición sexual hoy las protejan de los que quieren atacarlas, de los que quieren atacarnos. Me gusta ver escenas así. Me gusta la cordialidad de lo que ya es cotidiano.

Cómo va cambiando la película y qué feliz me hace poder ver esta transformación. Me gusta que reine la concordia y que todo sea una fiesta, como el París de Hemingway, hacia el que me encamino. Me gusta que todos seamos ciudadanos. Madrid está divertida, y me reconcilia un poco con mi odiado ser humano el ver a tanta gente amarse como le apetezca. Los misántropos a veces también tenemos nuestro corazoncito. Afortunadamente esta fiesta cada vez es más festiva y menos reivindicativa. Eso es que los que se van incorporando a ella lo hacen desde la ciudadanía y no desde el anhelo de la ciudadanía. Todos ciudadanos, por fin.

Siempre hay detractores, trogloditas, que dicen que esta fiesta es un exceso intolerable. Y claro, uno que está acostumbrado a los excesos de todo tipo se descojona mucho al escucharlo. Después de haber vivido una semana de fiesta por Madrid puedo decir que más excesivos son los Sanfermines o Hemingway o yo mismo cuando cojo el folio vacío para rellenarlo y nadie quiere prohibirnos. Bueno, algún euskotroll con la tibia en la cabeza, que no comprende muy bien la libertad de expresión, a mí también me quiere prohibir, por excesivo, dicen. Qué le vamos a hacer... la caverna es transversal, y menos ellos, todos sabemos quienes son los intolerantes que quieren silenciarnos. Ya cambiaran, y si no, les empujaremos hacia dentro de un armario, para que comprendan qué se siente censurando comportamientos ajenos y se den la matraca allí entre ellos.

Miro de nuevo el bus antes de dormir un rato. Es un placer contemplar tanto joven libre y sonrío un poco, sin más, porque me alegro de vivir en uno de los países más tolerantes del mundo, aunque a veces nos de por fustigarnos pensando en que somos una mierda. Queda camino por recorrer, lo sé, pero vamos en la buena dirección. Llegaremos, seguro. Y muy pronto.

Cuando despierte habré cruzado el Bidasoa en busca de mi propia generación perdida corriendo a orillas del Sena entre buquinistas y Cuasimodos. Amanecerá y yo con mis zapatillas negras zainas, en las orejas la canción Are We Ready? (Wreck) de Two Door Cinema Club, como una diana alegre que me despierte, prepararé el encierro a las ocho de la mañana francesa porque quizás este año corra. Me tienta la idea, la vida hay que llevarla al exceso siempre, con Fiesta esperando sobre la cama del hotel para después de la ducha si todo ha salido bien. Luego desayunaré leyendo a Hemingway en la ciudad en la que arranca la novela a la que Pamplona le debe un homenaje cada segundo de la juerga.

Me he venido a París unos días a reencontrarme con los Sanfermines transitando por las calles que describe el libro que nos hizo universales, punto de partida, otro más, dándole una nueva oportunidad, a la Pamplona que no he dejado de buscar nunca. Mañana con el chupinazo comienzo un diario sanferminero. Es todo lo que puedo decir de los días que me esperan de letras y ansias. No hay más plan que el de vivir la vida con tanta intensidad como sea capaz de soportar. Hasta que todo reviente, como una colección de fuegos artificiales de un siete de julio cualquiera. Y eso es todo.

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