El nacionalismo troglodita quiso volar mi colegio

Una de las cosas con las que yo me descojono vivo es cuando el nacionalismo vasco pide tolerancia o respeto o cosas así, con carita de no haber roto nunca un plato.

Coche bomba en la Universidad de Navarra en octubre de 2008.
Coche bomba en la Universidad de Navarra en octubre de 2008.

Como si fueran niños buenos y tal, como si aquí no hubiera pasado nada con su ideología, que ha sembrado la sociedad de intolerancia tricolor y bicrucífera en los últimos cuarenta años.

Bien, contemos cosas de los tolerantes nacionalistas vascos. Todo el rato. Sin descanso. No pienso parar de escribir cosas de nacionalistas vascos hasta que pasen los cuarenta años de baturra que me han dado. Contar historias de lo que me han robado, puteado, hostigado, asqueado, amargado en esa ciudad que ahora gobiernan. Solo llevo uno, me quedan treinta y nueve años más de contar historias.

Por ejemplo, historias como la de que el nacionalismo vasco amenazó con volar mi colegio porque se daba como asignatura el francés y eso era pecado porque el nacionalismo vasco había decretado un boicot a las cosas que venían de Francia. Aquella historia fue buena. Llegó a ser de fachas comer los helados Miko. ¡Con el Mikolápiz se firman decretos contra nuestro pueblo oprimido! Poco más o menos.

Nos escupían e insultaban por la calle. Éramos un blanco fácil, llevábamos uniforme. A las niñas se les reconocía mejor por la falda de cuadros que llevaban y las acosaban con más facilidad. Nos dieron de lo lindo, nos machacaron que dio gusto. Personas adultas por las calles, cargaditas de odio, azuzando a otros críos, otros jóvenes, otros adultos contra nosotros, contra unos chavales de ocho, diez, doce, catorce años que habían cometido el delito de ir a un cole que llevaba en su nombre la palabra centro y cultura y francesa. Ese fue el respeto infinito con el que nos trató en la infancia el nacionalismo vasco. Je. ¿Nunca va a pedir perdón esa ideología por aquella caza en manada a la que nos sometieron a niños indefensos, asustados? Deberían.

O aquella otra historia de cómo el nacionalismo vasco atentó tres o cuatro veces contra la universidad donde estudié. Me tocó más de cerca el penúltimo coche bomba que nos pusieron por opusianos, decían, como si hubiera que pasar por su ventanilla para ser lo que cada uno quiera ser. Y que me lo digan a mí, que no piso una iglesia ni en los funerales, joder, tiene narices. Si es que no dan encima ni una, copón.

Aquel coche bomba mal aparcado en la trasera del edificio Central estuvo allí todo el día. Pasé por su lado cuatro veces. Me acuerdo bien porque me cisqué en el tonto del culo que lo había aparcado tan mal, rozándolo casi dos veces por la mañana y dos por la tarde. A la noche reventó, dejando destrozada toda la zona de las cocinas de la cafetería de la facultad. El censo de bares y discotecas que se han cargado los aberchándales es abultado, por cierto.

Y más historias, yo qué sé, de cómo me jodió infinidad de noches de juerga por la Pamplona de los años noventa. Esa ideología troglodita tiraba cócteles molotov mientras nosotros corríamos al bar de Juan, para refugiarnos de toda esa farfolla violenta y folclórica, entre cervezas, cubatas y canciones de Bowie y de Iggy Pop que escuchábamos en aquel garito. Mierda, esa fue mi adolescencia, mi juventud. Un ir y correr por la calle viendo como llovía fuego y pirotecnia aberchándal. Luego soy yo el que escribe desde el odio. Je. Me despollo vivo con la manada que por aquí se junta a decirlo día sí día también.

Mientras esa ideología nacionalista vasca a lo que se dedicaba en mi juventud era a barrenar la modernidad -un mundo con internet no merece la pena ser vivido, decía uno de sus alcaides- nosotros solo soñábamos con volver a Londres a ponernos finos de todo, de nuevo, cultura incluida, libertad, y saquear Tower Records de discos y alejarnos un rato de esta caspa aberchándal que nos quería abrasar vivos en cada puta juerga porque su mierda de cloaca mental y física nos la soplaba.

Me debe esa ideología de los cojones tantos años que voy a seguir escribiendo sobre ella hasta que me restituya todo lo que me ha robado: cada segundo, cada milímetro de libertad, cada centímetro de modernidad. Hasta que me devuelva la última canción de Lou Reed que me impidió escuchar en paz porque ellos marcaban el tiempo, espacio y ritmo de la sociedad en la que viví. Un asesinato, un bombazo, una manifa y todo saltaba por los aires, sus aires, jodiéndonos el día a día, cada fin de semana, viciando el aire de las calles, haciéndolo irrespirable, teniéndonos a todos secuestrados en su paranoia.

Para mi generación, el fascismo con sus diferentes modos de persecución, de hostigamiento, fue el nacionalismo vasco. Esa ideología hegemónica en las calles, que controlaba cada conversación, nos tenía vigilados. Nos tenían puteados, vamos.

Recuerdo, por ejemplo, estar descojonándonos en las puertas de un bar de nuestras cosas, seguramente medio mamados, y un grillado de su gestapillo acercarse a nosotros -ocho tíos-, diciéndonos que si no dejábamos de partirnos el culo de uno de los mil carteles que forraban las calles y al que no habíamos hecho ni puto caso en realidad, nos iba a forrar a hostias. Forrar a hostias, dijo, a todos, uno contra ocho... Sé que me encendí un cigarro, trague mucha nicotina, pero mucha, y pensé, qué seguro está este inquisidor nacionalista vasco de que tiene el poder, el control de la sociedad, para venir aquí contra ocho y tener el convencimiento de que no lo vamos a inflar a hostias nosotros a él.

En fin, qué tiempos aquellos. Creo que voy a hacer un serial. Tras cuarenta años jodiéndonos la vida, lo mínimo que pueden esperar estos nacionalistas vascos es que sigamos contando lo miserables que fueron, al menos el mismo tiempo que ellos llevan dándonos la puta turrada con su milonga aberchándal. Y eso es todo. 

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