Opinión / A mí no me líe

Del nacionalismo hay que reírse mucho

Por Javier Ancín 10 Enero, 2018 - 9:13

Terminadas las obligaciones laborales que me han tenido alejado una semana de este divertimento que es escribir columnas, vuelvo hecho un jubilado.

La presidenta del Gobierno de Navarra, Uxue Barkos, y el alcalde de Pamplona Joseba Asirón, junto a otros miembros del Gobierno foral. EFE/Jesús Diges
La presidenta del Gobierno de Navarra, Uxue Barkos, y el alcalde de Pamplona Joseba Asirón, junto a otros miembros del Gobierno foral. EFE/Jesús Diges

Iba a escribir un artículo explicando cómo me gusta cualquier ciudad que no sea Pamplona -soy un pobre emigrante que siempre curra fuera. En toda mi vida de proletario he trabajado solo seis meses en Pamplona-, su mundo cultural, sus tiendas, sus pinchos, sus instituciones, sus vinos, sus bares siempre mejores que los de la capital de nafarroa/roe, pero es que ya lo escribí el año pasado y no me apetece insistir con la idea-fuerza de que Pamplona es un pueblico sin chicha alguna, irrelevante en el presente. Me limito a trasladar, con gran regocijo, unas notas de mi diario que seguro que a algún lector le molestan. Siempre hay, afortunadamente, alguien que se molesta.

Querido diario. Dos puntos. Me vuelvo a lo que me divierte, partirme un poco el esternón del nacionalismo, que estoy de vacaciones después de unas semanas de tralla laboral para flipar, 24 hour party people (peliculón), y necesito algo con lo que llenar los ratos entre siesta y siesta, entre cerveza y cerveza, entre gintonic y gintonic, entre gramo de cocaína y gramo de cocaína, entre papelina de heroína y papelina de heroína, entre plan para hacerme con el control mundial y plan para hacerme con el control mundial, entre viaje en el tiempo a Marte y viaje en el tiempo a Marte, entre gasto de mil millones de euros en las rebajas de las tiendas de La Morea y gasto de mil millones de euros en las rebajas de las tiendas de la Morena.

En realidad compro la mayoría de las cosas por internet. De lo otro, dejemos que se alimente la leyenda, que me mola terminar siendo un Keith Richards foral, personaje al que admiro y respeto sobre todas las cosas por haber conseguido la inmortalidad biológica. Keith, eres mi puto héroe.

Los libros los compro o en Donosti o en Madrid, yo en Pamplona no gasto ni en tabaco, que de ese vicio inmundo me quité hace unos cuantos años los dos paquetes al día de Camel o Lucky que caían. Eso sí que fue un exceso, sobre todo en impuestos pagados al gobierno españolazo y central y fascista de Zapatero, cuando me bajé del carro. La virgen... para habernos arruinado, querido diario.

Citemos, querido diario, otros dos punto. Que "el nacionalismo está bien si lo comparas con que te pille los cojones la tapa de un piano, si no, el nacionalismo es una mierda pinchada en un palo del bois de Boulogne", se puede leer en la obra del filósofo francés del que me hice con sus obras completas hace unos meses a orillas del Sena: Jean Louis Valenciene. No seré yo quien lleve la contraria a los intelectuales europeos.

Esto del nacionalismo lo explica un poco más académico Stefan Zweig en su obra 'El mundo de Ayer', que venía leyendo de vuelta a Pamplona para vaciar la maleta, llenarla de nuevo y salir por patas antes de que me deprima de nuevo: “Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”.

Querido diario, sigo. El nacionalismo utiliza un engaño para que no podamos reírnos de él. Siempre dice, hay que respetar las ideas. Y yo digo que no, que las ideas no son respetables. No es respetable la idea de que la tierra sea plana o la idea de que hay que instaurar la pena de muerte. A las ideas hay que machacarlas o zarandearlas o partirse el culo de ellas, pero respetarlas, jamás. Las ideas están ahí para que las abofeteemos y quizás así consigamos progresar, avanzar, no sé, algo de eso que llaman crecer como humanidad.

El nacionalismo, esa idea, como idea, no es respetable, como no lo es ninguna. Esa idea es una risión, que no te engañen con el mantra de que hay que respetar las ideas. Se respetan las personas, esas que no respetan muchos (ya me ha llegado algún comentario de que desean que me den una paliza, vaya por Dios... ya estamos con la violencia nacionalista a cuestas por opinar lo que nos sale del higo), pero las ideas, esas hay que pisotearlas.

El respeto por las ideas nazis o fascistas o comunistas o nacionalistas nos lleva siempre a la supresión de las libertades. A las ideas hay que hacerlas trizas. Siempre. A ver qué llevan realmente dentro, para componer nuevas ideas con las que ir caminando como humanidad. El progreso jamás se hizo respetando ideas. Si respetáramos ideas los esclavistas catalanes o vascos aún estarían forrándose con la venta de carne humana. Para el que interese profundizar, Pío Baroja estaba bien documentado en el tema y da detalles jugosos del asunto en su obra "Pilotos de Altura". El progreso se hizo apuñalando ideas, querido diario. Siempre.

Si el mundo hubiera respetado ideas aún estaríamos quemando brujas. Por cierto, dato para que alguno gane al trivial, querido diario. Acaba de salir un monumental estudio que concluye que en tres siglos con más de 125.000 procesos inquisitoriales abiertos y documentados, que los Torquemada lo escribían todo y están en los archivos, se quemaron solo 59 mujeres por ser brujas. El nacionalismo inquisitorial vasco en 40 años de democracia nos costó casi 1000 muertos sin proceso alguno, que el nacionalismo no escribe, ni mucho menos archiva, berrea, como los animales de donde sacan las pieles con las que se cubren para hacer sonar los útiles agropecuarios los días de fiesta.

En ese mismo periodo de tiempo, los tribunales civiles condenaron a 100.000 brujas en toda Europa, de las que 50.000 acabaron en la hoguera. El número de ejecutados fue muy superior en los países protestantes que en los católicos. Para los ateos como yo, en nombre de qué Dios se mate nos la sopla, pero como me conozco a mis clásicos, los sesgados que quieren brear a los católicos solo por el hecho de ser católicos, les dejamos el dato, para que lo rumien y se les indigeste y llegado el caso puedan ganar al trivial, claro. Además, no sé por qué se cabrean tanto con la iglesia, si siempre ha estado con el nacionalismo vasco en Euskadi y con el nacionalismo catalán en Cataluña. Querido diario, recuérdame que ese tema lo tratemos algún día.

Y como hoy no doy más de mí, que estoy destrozado -trabajar es muy duro, prometo no hacerlo en una gran temporada-, lo dejamos aquí, que hay más días que Chistorras de Arbizu para ir lijando a carcajadas el presente que padecemos. Hasta la próxima, querido diario. Punto final. Y eso es todo.

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