La milenaria tradición de insultar a la oposición

Pamplona es tierra de tradiciones. Un mismo acto repetido dos veces ya se convierte en una milenaria tradición que hay que respetar sin rechistar.

La Procesión de San Fermín a su paso por la calle Curia. NAVARRA.COM  10
La Procesión de San Fermín a su paso por la calle Curia. NAVARRA.COM 10

No hay como decir, es que es una tradición, para que nadie ose discutirla. No vaya a ser que te miren mal los de siempre; y te monten un pollo de padre y muy señor mío y te jodan la vida. Por ejemplo, la procesión de San Fermín, que estás cosas es mejor explicarlas bajando al teatro y no desde la altura de las musas.

Durante mucho tiempo, desconozco cuanto, supongo que un par de décadas, que aquí son como eras geológicas poco más o menos, consistió en que el ayuntamiento acompañaba al santo hasta la catedral y cuando llegaba a esa zona, cruzando el Rubicón imaginario de la calle Calderería, donde los de siempre se sentían fuertes, se procedía al insulto y zarandeo de los alcaldes de turno.

Te decían, es que hay que meterse con el poder, con los que mandan, con los poderosos, es la tradición. Y todo el mundo a resignarse, pues será así, yo qué sé... y con un encogimiento de hombros, tan típico de esta ciudad, se les dejaba hacer. Hasta que claro, las tornas cambiaron, llegaron al poder los que siempre habían insultado a los poderosos, bla, bla, bla y la tradición cambio 180° de un año a otro, de la noche de los tiempos a la mañana de los tiempos sin despeinarse nadie.

Con Asirón, el alcalde de Pamplona que vive fuera de Pamplona, los de siempre se inventaron otra milenaria tradición: vitorear a su alcalde. Ya no era un poderoso, ya no era el sistema, ya no era todas las fantasías pecaminosas que les colgaban a los anteriores, como excusa, para ponerlos de escupitajos hasta arriba. Ya no había que meterse con los que mandan, ahora lo tradicional era meterse con la oposición. Con dos gonadas y una vara de mando.

Y Asirón, que es como un crío pequeño egocéntrico que se crece si le quieren, adicto al aplauso y más narciso que un futbolista de equipo grande, de los que dicen que le envidian ser guapo y rico, encantado, chistera en mano, subía la calle Curia como si fuera levitando mientras a los concejales de la oposición les caía la del pulpo.

La nueva tradición, que nadie sabe de dónde surgió porque hunde sus raíces en la milenaria noche de los tiempos de hace un par de años, produjo que los de siempre pasaran a escupir y zarandear e insultar a los que ya no tienen el poder, a los que ya no son poderosos, a los que ya solo quieren controlar los desmanes del que manda, con mano de hierro, es decir, al actual alcalde. Y así estamos, ahora al poder hay que aplaudirlo, ponerle una alfombra roja, arrodillándose a su paso y al que quiere controlarlo hay que silbarlo.

Y la ciudad a callar, porque es la tradición te dicen, es lo que siempre se ha hecho. ¿O es que eres un maldito facha venido de fuera, yo qué sé, de Madrid, que es como todos los males del universo hechos ciudad, y quieres acabar con las tradiciones de nuestra tierra, de nuestro pueblo? Y claro, la gente se encoge de hombros y dice, pues será. Yo qué sé, si dicen que es milenario pues no voy a ser yo quien lo cuestione.

Esto es como el chiste ese de los reglamentos que dice algo así. Artículo primero, “los de siempre” siempre tienen la razón. Artículo segundo, si “los de siempre” no tuvieran la razón, cosa harto improbable, claro, se les aplicará el artículo primero. Tiemblen después de haber reído, amados lectores. Y eso es todo.

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