Logroño le da mil vueltas a Pamplona

La primera semana de enero me he visto como 35 conciertos de música en directo. La segunda me he leído que recuerde tres libros. El año empieza fuerte.

Puente de hierro de Logroño.
Puente de hierro de Logroño.

Ahora dejo en el estante a Murakami y su correr como un poseso, y cojo a Ray Loriga, un ensayo sobre la escritura que tengo en mi librería desde el año 2010. Ha sido dejar las redes sociales, las emisiones de radio, la televisión, la vida contemporánea y volver a leer como un condenado. Música, café, si se puede bici y trasnochar. Algo de vino y libros, a mansalva. Trasnochar leyendo en el sofá es un vicio.

El otro día escribía a un amigo diciéndole que hacerse mayor era tumbarse en el sofá y quedarse dormido y que se te haga de día sin que nadie te diga: “Eh, chaval, que te duermes, a la cama”. La libertad es poder hacer lo que te apetezca sin que nadie te diga que no puedes pasar la noche en el sofá, aunque acabes con el cuello torcido, destapado y con un amanecer extraño porque no sabes dónde estás. Es tu decisión libre.

No sé por qué estoy leyendo ahora mismo a Ray Loriga porque podría estar leyendo, lo he tenido en la mano pero como hablaba del Alzheimer lo he dejado en el estante, a Don DeLillo y su Hombre del salto. Da igual, ya lo leeré si eso alguna vez que tenga ganas. Seis o siete páginas después cierro el libro del escritor español porque no entiendo nada y lo dejo en su sitio, descolgando otro ensayo, éste de Umberto Eco: “Apocalípticos e integrados”. Si no llego a leer esas páginas completamente incomprensibles no habría tenido el valor de coger a Umberto Eco a estas horas. Quizás para eso sirva Loriga, para prepararte, mediante el aburrimiento, para lecturas más interesantes que creías erróneamente más duras. Me pongo una copa de vino, el Camino Ácido de Ángel Stanich en el Spotify y a leer. Mi vida se ha convertido en un búnker. He perdido interés por casi todo.

¿Qué vida lleva el mundo? No tengo ni la menor idea. El otro día estuve viendo a Amaro Ferreiro en Logroño en lo que puede que sea mi concierto del año, y eso que acaba de empezar. Para mí eso es ahora el mundo, buscar bares, cafés, músicas, lecturas y sofás y pasar de todo, empezando por mí. Estoy casi fuera del planeta, por fin, y estos artículos son el único cordón umbilical que me sujetan un poco a la realidad presente, a su pulso diario.

Qué bien se vive en Logroño, por cierto. Ni pancartas, ni malas caras, buen vino, buena comida, buenos precios, calles limpias, buenos conciertos, garitos con música del copón bendito, unas librerías increíbles y pasta, porque allí tienen más pasta que aquí, pero mucha más, solo hay que ver el comercio diverso que aquí no tenemos. Logroño nos da mil vueltas aún siendo sensiblemente más pequeña, pero oye, qué bien se vive en Pamplona.

Me han arropado los riojanos como si me conocieran de siempre. En el reformado café Ibiza tenía una mesa casi reservada para que me montara el despacho porque tenía debajo un enchufe en el que podía cargar las baterías de todos los trastos que llevo. En el café Asterisco, donde un antiguo fotógrafo de prensa sirve los mejores cafés del mundo y es un amor y unas risas, siempre tenía uno con un dibujito con espuma diferente cada vez para mí. O en el Café la Luna, donde entré por casualidad una noche, camino del hotel, porque sonaba Pearl Jam y casi lo cierro porque las camareras me adoptaron, salvándome la vida con la red Wi-Fi y cervezas en unas fechas duras para las melancolías.

La segunda noche volví y escribí un artículo con el iPad a medias con ellas. Divertidísimo, a grito limpio, entre canciones de Iron Maiden, alguna del Joshua Tree de U2 y los Red Hot Chili Peppers. Incluso pusimos la de Joy Division, Love Will Tear Us Apart, que tanto me gusta desde aquel viaje salvaje de hace muchos años a Berlín. Mientras servían copas a la clientela yo les iba leyendo frases y si les gustaban las dejábamos y si no, consensuábamos con votaciones a mano alzada un nuevo adjetivo para el texto y listo.

La tercera madrugada volví para despedirme y casi acabamos llorando todos, brindando por la confederación Navarra riojana. Es curioso lo acompañado que acabas en algunas ciudades cuando vas solo y jodido y piensas que eres un marciano trasparente. Hay gente muy grande ahí fuera que te arropa sin preguntarte por qué llegas tan baldado a los sitios. Menos mal. Yo no soy de dar muchas explicaciones en la calle.

La semana que viene creo que me iré a Madrid a pasar unos días o unas semanas o unos meses. A lo mejor me compro un sofá y lo pongo en medio de la plaza de Olavide, en mi querido barrio de Chamberí para dormir y escribir. Quizás para eso sirva Pamplona, pienso, como Loriga, para darnos cuenta de que, bien, vale, una vez hizo buenos libros, pero hoy hay ciudades infinitamente mejores y más sanas. A lo mejor encuentro un proyecto interesante y no vuelvo nunca. En cualquier caso, prometo escribir. Y eso es todo.

Te puede interesar
  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.