Navarra, el descojono del mundo

Navarra, cuya imagen está secuestrada por un gobierno de ocurrencias absurdas compuesto por nacionalistas vascos de izquierda y derecha, ha vuelto a hacer un ridículo tan grande como los anillos de Saturno.

Acto conmemorativo del Día de la resistencia indígena en el Parlamento de Navarra. PABLO LASAOSA
Acto conmemorativo del Día de la resistencia indígena en el Parlamento de Navarra. PABLO LASAOSA

Este gobierno cumple con escrupulosa obstinación la profecía que Shakespeare dejó escrita en su obra 'Trabajos de amor perdidos': «Navarra será el asombro del mundo». Profecía con la que no puedo estar más de acuerdo. Es verdad, somos el asombro del mundo, sí, pero por el lado menos épico del asunto, por el lado menos glorioso.

Somos el asombro del mundo porque ya solo somos el descojono del mundo. Navarra, gracias al nacionalismo vasco, va camino de destronar a Lepe como paradigma del lugar chistoso.

La nueva gilipollez es celebrar lo que han llamado Día de la Resistencia Indígena, así, con toda su grandilocuencia y mentira, frente a ese otro concepto, la Hispanidad al que le han declarado la guerra, y que, supongo que lo desconocen también, porque lo desconocen todo, más vasco no puede ser.

Lo de vasco lo digo porque sobre todo tres vascos fueron los que desarrollaron la idea de Hispanidad: Unamuno, Salaverria y Maeztu. Este último, además, pariente mío, en pie, que llevo incrustado por ahí su apellido por parte de abuela. Lo fusilaron en Paracuellos, por cierto, en octubre del 36, por intelectual. Todo muy civilizado y tal.

Volvamos a lo que toca hoy, ya habrá tiempo de hablar de la familia alguna otra vez. ¿Resistencia indígena dice el Parlamento de Navarra?

Resistencia indígena hubo, sí, estoy de acuerdo, pero no precisamente como la creen los del cuatripartito nacionalista e imperialista vasco. Los caciques vascos de Navarra por sistema siempre deciden ponerse del lado de los fuertes, dejando a los débiles a su suerte, sometiéndolos a todos como forma universal de actuación bajo el férreo yugo de un pueblo, una lengua, un territorio y un cencerro en el culo.

La falta de empatía del nacionalismo vasco con el débil es uno de los rasgos diferenciales más marcados que tiene desde su artificial creación. Esta vez no iba a ser de forma diferente.

Llegado el 12 de Octubre, en vez de ponerse de parte de los pueblos oprimidos americanos se colocaron del lado de los imperios opresores, como el azteca, por ejemplo, del que cuentan las fuentes que en sus pirámides truncadas fueron ajusticiados de una tacada, uno a uno, miles de desgraciados de otros pueblos americanos que osaron contestar el poder del imperio emplumado.

Los ríos de sangre bajaban por los escalones como cascadas, dicen, mientras se les arrancaban los corazones a los vencidos abriéndoles el esternón con cuchillos de obsidiana. Muy civilizado todo, sí.

A esos imperios son a a los que el cuatripartito vasco venera en Navarra hoy y los llama resistentes indígenas, no a los pueblos oprimidos que firmaron alianzas con los españoles, que rara vez eran más de 200 o 300 tíos, dicho sea de paso, para derrotar a esos salvajes asesinos mayas, aztecas e incas. ¿Quién es realmente el genocida y quién es el que aplaude el genocidio?

Y aún hay más, siempre hay más, la historia siempre es así de divertida con los chalados que la estrujan, la deforman y la manipulan a su antojo.

Si te acercas sin orejeras ideológicas de botarate iletrado del siglo XXI a las Leyes de Indias proclamadas por Isabel I, puedes concluir que ahí, justo ahí, se encuentra el germen de lo que con el correr de los siglos terminará llamándose Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Ese corpus de leyes están al alcance de la mano de todos, para quien quiera leerlas, no hace falta intermediarios gritones ni inquisidores que se rasguen las vestiduras que las interpreten. Léanlas y juzguen por sí mismos amados lectores, libremente. Lo extraordinario de la historia es que está ahí, a tiro de piedra, en los archivos, para que cada uno pueda estudiarla y después sacar sus propias conclusiones en libertad. Y eso es todo. 

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