Fuera la asignatura de Historia de los colegios

Lo mejor que le podía pasar a la historia es que dejara de enseñarse en los colegios, que desapareciera absolutamente de la vida del populacho.

Dos estudiantes de la Upna en la biblioteca de la universidad. UPNA
Dos estudiantes de la Upna en la biblioteca de la universidad. UPNA

Igual que no se enseña a calcular estructuras para edificios o a operar a corazón abierto en los institutos, con la historia tendría que pasar lo mimo, hasta la universidad, y solo para los que quisieran hacer ciencia con ella, no tendría que estudiarse jamás.

La historia en manos de iluminados sin preparación es más peligrosa que un mono con un saco de granadas de mano haciendo catas arqueológicas. El populacho convierte la historia en un partido de fútbol chusco a gritos y sentencias que no sirve para nada. La historia en manos del populacho solo es la continuación de la guerra de seleccionadores nacionales de barra de bar por otros medios.

Esas afirmaciones categóricas que sueltan entre cortados, coñacs, pinchos de tortilla como ladrillos, palillo en la boca y en el cerebro, no sé si al resto del gremio de historiadores pero a mí me sacan de quicio.

Yo como historiador, más que asegurar, me pregunto, todo el rato. De una pregunta a otra voy, y poco más, despacio, casi acojonado. Como el que se mueve por un anticuario desordenado y teme tirar algo al suelo.

Lo que ni se me ocurriría hacer es lo que el populacho siempre hace, extraer enseñanzas morales con la historia, casi siempre además al dictado de sus gurús que ni respetan la ciencia, ni el método. Por eso no soporto el nacionalismo, que siempre trae a este estadio las conclusiones escritas de casa y luego las encaja en el terreno de juego así incurran en alineación indebida. Eso les da igual. El caso es que la gente grite sus consignas para conseguir su objetivo: poder y pasta, recuerden.

Por ejemplo, el otro día de visita en el donostiarra Museo de San Telmo me topé en una vitrina con la espada de Boabdil, el último rey de granada, ya saben, la toma y tal de la Alhambra, los Reyes católicos, la reconquista y esas cosas de fachas. En vez de lanzarme a la interpretación moral solo fui capaz de hacerme esta pregunta, ¿qué coño hace esa espada en Guipúzcoa? Indaguen, indaguen, y después concluyan, a lo mejor nos sorprendemos todos.

Volvamos al barro, que me voy por la ciencia de las musas. Los que nos relatan la Historia de esa forma no tienen por misión la verdad. Su misión es adoctrinar a sus bases. Su bando es el bueno, siempre, y el bando contrario es el malo... y a hostias contra todo. Pim-pam. Hostias como panes, consignas publicitarias, hasta que toca la campana, hay que salir del garito y volver al anodino tajo o a comer con la parienta, porque estos son mucho de decir la parienta, y con los hijos, que no dejan el móvil para no perderse nada del YouTuber de turno.

Desde hace muchos años yo con la historia aplico esta cita que me acompaña casi como un tatuaje. “Una autentica historia de guerra nunca es moral. No instruye, ni alienta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento, ni impide que los hombres hagan las cosas que siempre hicieron. Si una historia de guerra parece moral, no la creáis”.

La cita es del libro de Tim O'Brian “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”. En el libro hace un recorrido casi aséptico por su experiencia en la guerra del Vietnam. El libro es una puñetera maravilla.

Si pueden, léanlo. Ese párrafo yo lo universalizo un poco más y directamente lo aplico a que si alguien te cuenta la Historia desde una perspectiva moral, como cuando el alcalde Asirón se retrata en un cuadro en el bando de los buenos, no la creas. Será siempre mentira.

Mientras escribo esto, por cierto, busco mi Oasis por Madrid, que aunque es casi siempre un espejismo, lo sé, me conformo con encontrar mañana un sucedáneo en el concierto de Liam Gallagher.

Cogeré mi moto, porque aquí con la moto puedes moverte como te de la gana y disfrutaré de la ciudad viva. Tendría que aprender Cuenca, ese que os ha destrozado la agilidad de Pamplona, que aquí gobiernan los suyos y puedes aparcarla sin que nadie te diga nada en la acera, frente a tu destino, haciendo de la ciudad un lugar vivo, trepidante, y no un sótano de geriátrico o los pasillos entre tumbas abiertas de un cementerio repleto de muertos que aún no saben que lo están.

Disfruten del tedio de Cuenca, pamploneses. Y eso es todo.

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