La donostiarra Librería Lagun pierde a su jefa

El relato. La batalla por el relato, contra la manipulación del relato que quiere hacer el nacionalismo vasco. Ahí es donde se está jugando ahora el partido.

María Teresa Castells. EFE
María Teresa Castells. EFE

Siempre luchando contra el relato aberchándal, empeñado en que se pase rápidamente la página de lo que fue esta zona violenta del mundo los últimos cuarenta años. Esa es la batalla en la que estamos metidos hoy, no dejarles escribir su página, la página que quieren que luego pasemos atropelladamente, como todo lo que hacen, atropellarnos, para que puedan dedicarse a avasallar con sus agravios y sus llantos mitológicos en paz, su paz, su monserga de paz. ¿Queréis que hagamos relato? Hagamos relato entonces, que escribir sabemos todos. Al fin y al cabo una guerra de relatos siempre es más equilibrada que una guerra de tiros contra nucas.

Hace unos días fallecía María Teresa Castells, librera y antifascista. La donostiarra librería Lagun, bastión contra la barbarie y reducto eterno de la libertad perdía a su jefa. Lagun fue, es, una librería fundada en pleno franquismo, en 1968, y a la que le cayeron palos desde el primer momento. Al dictador aún le quedaban 7 años de vida para joder existencias ajenas y durante ese lustro y medio en el que su trastienda era uno de los pocos sitios donde respirar modernidad en San Sebastián, los fascistas de ultraderecha la atacaron con fuego y sin piedad por vender libros, por ser un oasis de pensamiento libre.

Cuando Franco se fue al infierno, el testigo lo recogió el euskofascismo-terrorismo-nacionalista-vasco y los ataques lejos de desaparecer, se intensificaron durante las siguientes décadas. Una librería en la plaza de la Constitución, en mitad de la parte vieja de San Sebastián, territorio comanche, para los liberticidas era un blanco más que fácil y le dieron y amenazaron y destrozaron incontables veces.

La presión, la violencia del terrorismo-nacionalista-vasco, la persecución en manada, las amenazas del euskofascismo fue tan salvaje contra esa librería que, como cuentan los periódicos de la época, solo en 1996, fue atacada 20 veces. Casi dos al mes, una librería. Tomen conciencia del dato: dos destrozos al mes, a una librería. Al final colocaron cristales blindados, una librería, cristales blindados, valoren también este dato, pero ni eso les detuvo a los terroristas. Ese mismo año consiguieron reventarlos con fanatismo y tapas de alcantarillas, sacando los libros a mitad de la calle para pegarles un tiro de gracia, ejecutando una vez más la libertad de expresión, con una impunidad total, a cóctel molotov vivo.

Las piras de libros en mitad de San Sebastián debieron avergonzar a mucha gente porque entonces ocurrió un milagro en esa sociedad vasca, casi siempre tan mansurrona contra el terrorismo. Al día siguiente del enésimo asalto, una gran cola de ciudadanos anónimos se acercó a la librería ultrajada y fue comprando los libros mutilados. Un acto cívico conmovedor como pocas veces ocurrió en todos aquellos años de violencia salvaje. La gente cogía un libro quemado o manchado de pintura, lo pagaba y se perdía por la ciudad gris, lluviosa, parapetada la cara por el paraguas, para que nadie te vea, para que nadie te señale luego, si te reconoce en otro lugar. Tú compraste un libro allí, facha. En silencio, haciéndose invisibles por esa ciudad lenta como de portada de libro de Aramburu.

Pero el terror nunca se detiene. La violencia continuó. Ya en el siglo XXI, al marido de Castells, José Ramón Recalde, le pegaron un tiro en la boca en la puerta de su casa en Igueldo y no lo mataron de milagro. Fue ahí cuando decidieron cerrar y trasladarse a una zona más tranquila, la trasera del 'Buenpas', supongo que hartos de todo, cansados de enfrentarse a pecho descubierto contra la intolerancia que nunca descansa.

El terrorismo nunca se detiene y los malos siempre ganan. Esta vez también ganaron, aunque no del todo. Pese a que consiguieron echarla a fogonazos de la parte vieja, Lagun sigue viva como templo consagrado a la libertad en la calle Urdaneta. Esa librería es parte del relato que merece que no se pierda nunca, que se conozca siempre, aunque a ‘los de siempre’ no les guste que les recuerden que su ideología fue la que propició aquella salvajada contra la cultura, contra el pensamiento, contra la razón y la libertad, contra las personas. Castells fue una heroína y los otros, ‘los de siempre’, unos cobardes.

Ahora que ni Castells ni Recalde pueden hacerlo porque los dos han fallecido ya, sigamos escribiendo de lo que vivimos en aquellos años crueles . Que no se pierda nunca su memoria, que no nos roben nunca su relato. Y eso es todo.

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