He vuelto y hay faena

Emil Zatopek durante una carrera de los Juegos Olímpicos del 48
Emil Zatopek durante una carrera de los Juegos Olímpicos del 48

Qué maravilla es Helsinki. Una ciudad que no tiene nada pero que es una oda a lo práctico. Todo parece diseñado para que funcione. Un menos es más, que me he tatuado en la muñeca para la nueva temporada, a ver lo que me dura, de Van der Rohe elevado al infinito. Que las cosas funcionen es la belleza más sublime que puede existir. Calles de casas de líneas simples y mil contraventanas. Estos países de mecanismos engrasados molan mucho.

Está todo tan optimizado que te sientas a comer, por ejemplo, en un restaurante y la camarera, una finlandesa que cumple todos los estereotipos estéticos de peli de don Alfredo (en pie) Landa, te pide el teléfono porque va a ir a hacer surf a Biarritz y necesita un guía moreno y barbudo como tú para conocer la zona, te suelta, sin problema, por no perder el tiempo, que es breve. Esto es Europa, amigos: dame tu teléfono y déjate de perder el tiempo en ensoñaciones poco practicas. Abajo el heteropatriarcado. Viva Nokia.

A punto he estado de quedarme en Helsinki para siempre. Allí todo es tranquilo, silencioso, unos círculos de paz concéntricos como los dibujos en los trigales que hacen los extraterrestres jubilados en Inglaterra. Hasta las peleas. Vi una en un bar pijo en el que dos tíos se zumbaron a sopapos como vikingos, con vasos de cerveza rompiéndose contra el suelo, en completo silencio. Ni una voz, oigan.

Unos mamporros que sonaban como en la serie de Batman de los sesenta, con onomatopeyas de colorines por el aire, pero ni un grito. Casi como aquí, que todo es un barullo bárbaro y empujones que no van a ningún lado. Llegó la seguridad del garito y los sacó a los dos, también sin decir ni Pamplona, agarrados por el cuello y dóciles como corderos camino del matadero. Game over. Beben como animales y los chupitos de Jäigermeister se los clavan de tres en tres, pero cuando el portero los trinca y los echa a la puta calle casi que se estrechan la mano, dándose la enhorabuena porque todo funcione como tiene que funcionar. Cada uno en su puesto. La civilización será esto, yo qué sé, concluyes, y te ríes a carcajadas por lo surrealista de la escena y todos te miran asustados, como si tramaras algo horrible por romper con semejante acto salvaje la calma del lugar. La risa siempre es sospechosa.

Conducen fuerte, claro, si no de qué iban a salir tantos buenos pilotos. Pero yo no fui ni a beber como un bestia ni a derrapar con el coche como Ari Vatanen subiendo a Pikes Peak. He cambiado, ahora solo persigo los esguinces y las roturas fibrilares. Fui tras los pasos de Emil Zatopek, un corredor checo que en las olimpiadas de Helsinki 52 ganó las pruebas de 5.000m, de 10.000m y el maratón. Es un placer calzarse las zapas negras y lanzarse a dar zancadas más o menos por aquel circuito del 52, sin estilo alguno, como él, que hacia más muecas que uno de Aranzadi para no condenar el terrorismo en el ayuntamiento de Pamplona. Por fin le encuentro sentido a haber estudiado Historia, ser un arqueólogo deportivo desenterrando los trazados de carreras míticas por el mundo.

Zatopek fue un corredor de formas grotescas, hecho que no le impidió lograr éxitos hoy impensables. Resumiendo, da igual cómo lo hagas si lo haces y aquí estamos, haciéndolo, por los parques fineses, acumulando kilómetros camino de un estadio olímpico vacío de público y lleno de turistas a los que nadie acosa para que se vayan a casa. En los primeros 3 o 4 kilómetros, como siempre, duele todo. Cuando consigues los 8 el cuerpo se pone a tono, por fin, y pasados los diez flotas como sobre un colchón de aire hasta el 30. Entre el 30 y el 42 se distorsiona el alma y el mundo entero.

La de trastos que llevamos ahora encima para hacer lo que antes hacían solo con un calzado chungo. Que si el pulsómetro para evitar el infarto y dar una alegría a tanto euskotroll, que si el móvil en el brazo para que registre mil datos con no sé cuántas aplicaciones a los que luego no vas a hacer ni puñetero caso, que si los auriculares para que no falte la música o libros (Cien años de soledad. Soy más snob que Borges leyendo el Quijote traducido al inglés), que si las medias de compresión para el puto soleo izquierdo, siempre la izquierda, que me da guerra desde los tiempos heroicos donde jugaba a fútbol en campos embarrados con tacos de aluminio... para al final, cuando terminas, tener la sensación de que te sobra todo porque lo fundamental es llegar, sin importar mucho cómo lo hiciste. De nuevo el menos es más. Cuando flaquee escribiendo, como ahora, me mirare el tatuaje de mi muñeca.

Seguir escribiendo contra tus articulaciones y contra tu cabeza, que siempre dice que pares. Aprender a saltar el muro que en toda maratón te encuentras, hacia el kilómetro 30, también cuando escribes. Esa incógnita tenía que resolver y por eso me vine hasta aquí. Si regreso es por la inspiración de Emil Zatopek que me ha aupado sobre esa muralla que me tenía rodeado desde hace un tiempo. Luego embarcas en el avión y con las respuestas que has encontrado te quedas dormido, como un crío. Siempre hay otra senda que explorar. Exploremos.

Cuando aterricé de vuelta y desperté, el nacionalismo vasco... y Vetusta Morla y la tuna, seguían aquí, dando el coñazo. Todo seguía igual. El otoño y el invierno va a ser largo. Ya iremos contándolo. He vuelto y hay faena. Levantaremos una atracción de feria llena de espejos donde irán pasando los cansalmas identitarios para que miren de qué están hechas en realidad sus muecas. Y eso es todo.

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