Dios no existe, pero tu médula sí

Voy a pisar todos los charcos hasta que se seque el último. Aviso. Soy un descontrolado.

Pablo Ráez
Pablo Ráez

Soy un descontrolado, para los que tanta obsesión tienen en pegarme una etiqueta. Me pongo para escribir este texto el disco de U2 más enigmático y sensible: “The unforgettable fire”. Todos los misterios parece que pudieran estar ahí, entre esos sonidos dulcemente contundentes, pero quizás solo sea las ganas que tengo de buscar refugio amigo para tanto embate de la vida que me está friendo a conciencia. Este disco recuerdo que lo compré en Londres, cuando Londres era una inmensa tienda de música. Qué bien le sentaba a Londres no tener internet, por cierto. Y qué bien me sentaban a mí los viajes preinternet que hice a Inglaterra. Ir a Londres con 15 años te cambia la vida. Esa fue una de las fortunas que me han legado mis padres.

En los últimos tres o cuatro meses he visto morir a tanta gente que uno pide tregua en esas canciones, en una cerveza con alguien que no veías hace mucho, en un concierto con amigos, en un museo donde encontrar algo de sosiego, en un viaje, en que alguien te roce la mano, sin más, estoy aquí, no todo se desmorona. No te preocupes. No estás solo en esto. Ven. La vida es una mierda, pero en esta mierda hay que ir tirando.

Me ha impactado la muerte del chaval que tenía leucemia y que se hizo viral por las redes sociales, qué quieren que les diga. Me ha impactado mucho. Demasiado. Llevo una temporada sensiblón y me ha jodido. Las historias reales rara vez acaban bien y los cuentos de hadas ya no tienen finales felices ni en el cine. Mira La la land, con ese desenlace de asco que te hace salir del cine de bajón. A la película al menos le dieron en la realidad de la entrega de los Oscar de su propia medicina. Me alegré en el alma de que todos esos que hicieron que saliera fastidiado de la sala acabaran en esa ceremonia que tantas veces seguí y que ya me da casi igual, de la misma forma: descompuestos y sin estatuilla.

Vivir es un continuo irse reponiendo de decepciones hasta que un día te mueres y ya está, eso es todo. Fundido a negro y que pase el siguiente. Dios no existe, no lo olvido nunca. Jamás. Desde que una noche con seis años vi un reportaje en Informe Semanal donde hablaban de las primeras cremaciones en España lo tuve claro. Después no hay nada, sólo vacío. Vi cómo ardía un ataúd y ya no tuve dudas. Humo. Solo un no, un no muy pequeñito con humo y llamas quedará de nosotros cuando hayamos muerto pero ya no nos importará porque no podremos escucharlo. Somos tan insignificantes que nuestro llanto no conmueve a nadie, por eso ya solo lloro en silencio. Yo tengo la seguridad de que no existe Dios. No es que sea ateo, es que la palabra se me queda corta. A mis amigos creyentes que se llevan las manos a la cabeza cuando me escuchan siempre les digo lo mismo, para que no me den mucho la murga con los matices que no llevan a ningún lado, puedo estar equivocado o acertado pero yo tengo el convencimiento de que no existe y con ese convencimiento escribo y vivo. Y entonces son ellos los que se ponen a dudar entre el agnosticismo y el ateísmo y sus matices que para mí no dicen nada. Entre un agnóstico y un ateo solo hay una cuestión de corrección política que no va conmigo. Yo a todos los creyentes los respeto absolutamente y contra la iglesia no tengo nada, es más, me parece que su labor es fundamental en esta sociedad de locos en la que vivimos y en la que tanta gente se queda olvidada en la cuneta cuando le vienen mal dadas. Cuando alguien se queda tirado al margen el estado pasa de él, lo he visto, y ha sido la iglesia quien a más desgraciados ha rescatado. A veces por simplificar la conversación me he definido como ateo cristiano, como se lo leí por primera vez a Oriana Falacci. Podría ser yo también algo así sin mucho problema, para los que necesitan etiquetas.

Tener el convencimiento de que Dios no existe hace que no tenga que escribir un artículo ciscándome en todas las salvajadas que permite. Y no me refiero a las grandes tragedias, me refiero a las tonterías que podía evitar sin que se notara su existencia, que parece que es lo único que le importa, ocultarse, que no le costaba nada no haber matado a ese chaval con 20 años, enamorado de su novia, de la vida y contagiando buen rollo hasta que, bluf, en nombre del libre albedrío, dirán los creyentes, muere cruelmente. Dios está mudo y el silencio el ser humano no lo soporta. El silencio es la mayor tortura a la que nos pueden someter. Hablarle a alguien que no te contesta es devastador. Me cabrea tanto estas injusticias que mejor no tener a nadie sobrenatural contra el que descargar la ira que me sube a los ojos. Ni los niños tendrían que enfermar ni los jóvenes enamorados tendrían que separarse nunca por algo que pudiera ser evitado desde arriba, joder, sin que se notara. Es tan sádico el desenlace que asusta.

En este mundo tan absurdo solo he conseguido encontrar algo de sosiego cuando he querido a alguien. Creo que es lo único que realmente merece la pena de nuestra existencia, el verdadero sentido de la vida, es estar en un pueblo remoto sin luz, durante el verano, y poder mirar el cielo y sus estrellas en una terraza, buscando las fugaces, mientras te tomas un vino con la persona que hace que todo sea infinito y poco más. A veces hasta yo he rozado ese paraíso y ni dios podrá quitárnoslo. Creo que le debo una visita a las ruinas del castillo de Moydrum como peregrino para dar gracias por el The uforgettable fire, ese disco mágico de U2. Mi próximo viaje al extranjero será a Irlanda y hoy, que tengo que pasar por el hospital, me hago donante de médula porque yo también soy de los cretinos que aún no lo era. Y eso es todo.

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