La ciudad le da mil vueltas al campo

Yo creo en la superioridad moral de las ciudades. El campo está para alimentar a las urbes y que estas puedan ser el motor evolutivo de toda la sociedad. Es lo que hay, no lo invente yo, me limito a constatarlo.

La Korrika de 2017 finalizó en el Paseo Sarasate de Pamplona. PABLO LASAOSA.
La Korrika de 2017 finalizó en el Paseo Sarasate de Pamplona. PABLO LASAOSA.

Desde el campo no se evoluciona, el campo cumple su función gregaria, y está muy bien porque hay que dar de comer al conjunto pero nunca puede ponerse a la altura de una ciudad. La ciudad es la élite, la ciencia, la cultura, el pensamiento, la civilización, el progreso.

Por eso cuando se me llena la ciudad como el domingo pasado de aldeanos que vienen a ponerse al mismo nivel que un ciudadano me da un escalofrío de terror. Ya están aquí los bárbaros de los que hablaba Coetzee en esa novela que me gusta tanto, pensé mientras paseaba por las calles.

Ya están aquí los bárbaros del norte que se cepillaron la civilización romana para meternos en mil años de Edad Media, que si bien no fue tan chusca como la pinta el cine, sí que fue peor que todo el entramado sofisticadísimo que habían edificado los romanos. El pueblo tiene que venir a la ciudad a aprender y no a traernos el aroma a ganado como la quinta esencia de la vida cultural. Y encima corriendo, para oler a sudor. No entiendo nada. O lo entiendo demasiado.

El paseo fue muy ilustrativo. Una fiesta que se supone que era para potenciar un idioma pero aquello que vi fue una feria donde menos del idioma, cualquiera esperaría conferencias sesudas, ferias de libros, cosas así, hay el ganado mudo que quieras, berreando onomatopeyas y poco más. Lo que encontré es en realidad lo de siempre, mucha exhibición de fuerza física y poco cacumen.

Ponerse a correr con un palo en la mano no sé qué beneficios idiomáticos reporta, económicos muchos, pero lingüísticos no lo sé. O soportar a los de los cencerros en el culo por todas las calle, que como todo el mundo sabe es lo mejor para mantener un debate filosófico de gran altura intelectual. Que un paisano te de la murga con un cencerro en el culo todo el santo día en la oreja fomenta de todo menos la comunicación. También vi a esos que van vestidos con pieles, tapada la cara con calaveras y cuernos de animales y armados con amenazantes horcas, que para el euskotren de la bruja van ataviados de cojones, ojo, pero que no parece tampoco que ayuden a un idioma a desarrollarse intelectualmente así.

No sé si terminaron cubiertos de sangre, como cuando hacen esa performance en su pueblo, que ni Azcona, o si se cortaron un poco por el qué dirán. En fin, ellos verán. Yo no lo veo.

Fue un despropósito, pero cualquiera se lo dice, tan contentos con su palo en alto con esa tela para daltónicos, que ya me dirás tú para qué necesita un idioma una bandera, y mamados como jabalís un domingo por la tarde para no poder luego ni balbucear. Mamarse un domingo es de degenerados. Yo fui a mostos y a cafeses largos americanos, por si pregunta mi euskotroll. Eso sí, me tomé un corte de nata en Nalia, el primero de la temporada, como exceso salvaje.

Pamplona era la casa del infeliz, y como siempre en estos akelarres, con muchísima más gente de fuera traída aquí como paracaidistas, para hacer bulto de paquete rancio estilo Javier Bardem el “Huevos de oro” que de Pamplona. Parecía San Fermín, la ciudad tomada por los forasteros y los de casa en Salou. Eso sí que es tradición pamplonesa.

Tendríamos que aprender de los vascos de verdad, yo qué sé, pongamos de los donostiarras, esos ciudadanos refinados, cultos, burgueses, bien vestidos, elegantes siempre, que les dejan a los caseros montarse su movida un día al año.

Por santo Tomás, para tenerlos contentos les dejan bajar a la metrópoli, un poco de chistorra, un talo, una sidra sin alcohol, supongo, que los vascos son de todo menos borrachos, el tradicional sorteo de la cerda de Leiza y hala, hasta el año que viene, de vuelta a las montañas, que aquí estamos para la quincena musical, el jazzaldia, el festival de cine y cosas así, culturetas de verdad, y no para oler a diario esos vahos del campo que apestan a choto y a estiércol.

Como el navarro cíclicamente tiene ese querencia, que me revienta, de darle la razón al Codex Calixtinus, estoy escribiendo en el Hotel Londres, mirando la bahía de la Concha desde este ventanal elevado con un té con limón, alejado de ese barro chusco de la mitología chusca con la que nos quieren evangelizar los chuscos de las cavernas. Si algún día hay que hacerse vasco yo me pido donostiarra, meaplayas, que sois unos meaplayas.

San Sebastián está preciosa y no tienen un alcalde que rime con Napoleón, el suyo, apellidado Goia, rima con... bueno, lo dicho, que San Sebastián está para comérsela de lo bonita que la tienen/tenemos. Y eso es todo.

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