Café Lisboa

Ayer me tomé un café en el el café Lisboa. Me senté en la barra y el camarero me vio jodido y en vez de un corazón en la taza me dibujó una castaña. Por el otoño y tal, me dijo, te pega más con esa cara mustia, me soltó el jodido imbécil.

Le dije que era un cabrón y que era el mejor café que había tomado en mucho tiempo. Sin azúcar, claro, para apreciarlo de verdad. Al otro lado de la barra había un cantante famoso de un grupo aún más famoso, repartiendo saludos. Lo miré mientras daba sorbos perfectos a mí café hecho con mimo. Qué raros son los músicos fuera de los escenarios, pensé, como si no supieran qué hacer con ese espacio que no dominan, con esa gente tan cerca, con esa forma de comunicarse que es improvisada y no una canción mil veces ensayada. Qué inseguros son los músicos, me dije, y seguí a mis cosas porque lo vi muy agobiado y me dio pudor mirarlo más.

En esta ciudad que no pienso decir cuál es porque ella ya lo sabe no hay calle sin su músico. Aquí en vez de mochilas al hombro llevan todos fundas de instrumentos. Pese a todo lo que me rodea prefiero ser escritor. Me gusta ser escritor. Me siento escritor.

En otro tiempo me hubiera tomado otro pero no tengo el corazón ya para aguantar tanta cafeína y para castañas mejor con cerveza y vino. Me cobró 1'50€, dejé 2€ y me piré. Es el café más barato que he tomado nunca. Hay que despedirse de las ciudades donde has sido feliz y a las que no vas a volver en muchos años. Quizás hasta ni vuelva, como tampoco volví a Santiago desde el años 93. 23 años ya.

La ciudad es preciosa y está preciosa, mucho más de como la recordaba. Muchísimo más de como la idealizaba cada día que la añoraba. Cuando sabes que te vas para siempre de los sitios te entran las prisas por pasearlos más rápido, mirarlos más de más cerca para memorizarlos, de la mano o del brazo.

Te entran las prisas por pasarles con un dedo por la mejilla para saber y recordar qué suave era su piel o su sonrisa, por darles un abrazo en cada esquina, hacia los bares de siempre. Un beso en los labios un poco robado, no mucho, era lo que tocaba, en un semáforo y hasta siempre.

Qué bien se nos da estar juntos en todas las circunstancias, pienso, y me voy a buscar mi coche en un parking cerca de la catedral. Qué tristeza es despedirse civilizadamente de sitios donde eres bienvenido, de sitios donde podrías llenar las muescas de los adoquines con historias bonitas durante toda la vida. Las despedidas tendrían que ser guerras mundiales siempre, joder, todo sería más fácil. Tenía que haberme ido a vivir allí hace muchos años, pero soy un imbécil porque ya es demasiado tarde.

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