Buscando mi Pamplona por Madrid

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonía? – Jorge Luis Borges.

Para que veáis lo que es la vida real, que ya es lo único que me interesa contar de todo este cristo en el que estamos metidos.

Mientras tenía colgado el último artículo donde la pamplonada rancia me ponía a caldo y me llegaban notificaciones al móvil de las perlas que alguno me dedicaba (vais a hacer llorar a mis abuelas que en gloria estén, desalmados), yo cruzaba feliz en moto por Gran Vía, fotografiando los edificios en los semáforos en rojo, camino de varias citas con gente de Pamplona que vive por los madriles.

Me he hecho motero urbanita y fotógrafo, a mi edad. Solo escribo ya para ver qué ocurre tras los textos, fascinado por el poema de Borges. Siempre había tenido curiosidad por saber qué ocurre detrás de las columnas, detrás de esa estrofa perfecta del escritor argentino, y ahora estoy echando, fascinado, un vistazo a la tramoya que yo mismo creo.

He vuelto a Madrid a sentirme libre, lejos de Pamplona, rodeado de pamplonicas en el festivo exilio. El exilio navarro en Chamberí es un fiestón. Estoy reconstruyendo la Pamplona que me gustaba y que la tengo desperdigada por medio mundo, con calma, para no dejarme a nadie. Mi Pamplona no es un lugar físico, es un estado sentimental. Mi Pamplona son la gente a la que aprecio y que me aprecia.

El viernes quedé con Eduardo, escribe por aquí, lo conocerán, seguro, porque es un muy buen escritor, para decirle que había comenzado una novela en su casa madrileña sin conocerla. Por fin la conozco, le dije, mientras tomábamos unos vinos y él tocaba la guitarra en su salón y hablábamos de metaliteratura. Es una sensación curiosa la de entrar por primera vez en un decorado de tu novela después de tenerlo imaginado y escrito.

Es justo aquí donde arranca toda la trama y me alegro de haber estado por fin en ella, le digo a Eduardo. Pensé de nuevo en Borges y el cuento de su mapa tan grande como la realidad. Todo es extraño cuando vives y escribes de lo que va sucediendo en ese preciso instante.

Luego estuve en un concierto de un grupo de chalados que se llama Rusos Blancos en la sala Sol, metamúsica. Después, un ángel de la guarda nos llevó a un garito donde estaba pinchando toda la música de los 90, pero toda, Virginia Díaz, la locutora de Radio 3.

Toma, esto es lo que necesitas, me dijo. Y era lo que necesitaba, claro. Justo eso. Toda esa música me dio un sopapo nada más abrir la puerta y me hizo cerrar los ojos y volver a Los Portales, al Donegal, al Monte Rojo, al Sai Koba y retrocedí 20 años de golpe y ya no supe quién manejaba la noche, ni dónde, ni para qué.

Pamplona estaba más presente que en Pamplona. Porque tenía una cerveza que beber, que si no, no habría dejado de llorar de rodillas, dando gracias a los cielos por semejante regalo. Soy un sentimental pero con mucho pudor así que me limité a seguir el ritmo meneando un poco la botella de Mahou de tercio... de Lacar (maldito facha), apoyado en un billar que por ahí había.

Saqué el móvil para ver si todo seguía en su sitio. Y ahí estaba, notificación tras notificación. Es divertido ver la Pamplona chusca en la distancia, cómo se consume en su caldo de autocomplacencia mientras la vida va a su bola por otros derroteros más dinámicos, vivos, más amables y felices. Más mágicos. Donde pasan cosas extraordinarias. Me junté con gente con la que estuve riéndome de los que cada vez que se comenta Pamplona, para lo que sea, siempre salen con la misma frase: calidad de vida. Como si fueran esas palabras un argumento infalible.

Y claro, yo, que soy por naturaleza de sonrisa afilada, les dije que esa triada triste, calidad de vida, solo la había escuchado para dos cosas, Pamplona y sus supuestas bondades, metaPamplona, y para los enfermos terminales, cuando ya no hay nada que hacer y te suelta el médico la frasecita de marras para los últimos momentos de tu familiar, antes de sedarlo para la eternidad, metástasis.

La calidad de vida es lo más cercano a la muerte que conozco, dije, y solicité otro tercio de Mahou con sus 40 de Artajona (otro facha). Luego la noche se hizo más noche y nos fuimos a dormir. Al día siguiente tres tercios de ibuprofeno y requetebién.

La de navarros que hay en Madrid, por cierto, no os podéis hacer una idea de la de gente de Pamplona que he conocido en mi vida que ha terminado viviendo aquí. De Madrid nunca nadie habla que tenga calidad de vida. Madrid es una basura donde todos acabamos felices. Estuve al día siguiente con Patxi y Cristina y Miguel y sus hijos en la plaza de Olavide de aperitivo. Mi plaza de Olavide.

Hablamos de Pamplona, claro, de qué si no, de la nuestra, de los bares que ya no existen y a los que todos volveríamos, de la gente de nuestra ciudad que aún está más lejos, en Londres o en Shanghai o más allá, aún más allá, porque mi Pamplona está en todo el mundo, y de cómo queremos recuperar el trato, acercarnos más a lo que fuimos, no dejar que ese mundo que compartimos, esas complicidades, se pierdan para siempre.

Esa es mi Pamplona, las personas, me dije, pero esa a nadie le interesa. Este artículo no le gustará a esos puristas guardianes del tarro de las esencias podridas.

Todos los que voy recuperando para mi vida me hablan de Pamplona como una Ítaca soñada a la que volver, pero, sospecho yo por cómo lo cuentan, nadie quiere utilizar ese comodín del retorno por si no hay nada idílico a su regreso y ya no tienen a dónde ir.

Y por si no tenía suficiente con toda mi reconstrucción a conciencia, con recuperar mi vida, mis afectos y mis recuerdos con bloc de notas y agenda, parado en la calle Hortaleza por un atasco (sábado noche, quería tomarme algo por Malasaña para poner orden en estas notas) pasó algo imposible.

Absorto en sacar de la nada este texto que ahora lees, escucho una voz familiar en la acera que me hace retroceder de golpe 25 años. Supe que era ella antes de verla. 25 años... Parece que fue ayer cuando escuché en el colegio, en San Cernin, por última vez la voz de Elena S. Y aunque podía haber estirado el brazo y pararla, iba caminando sobre el bordillo y yo estaba con el pie apoyado en él, no le dije nada.

Charlaba con un tipo y no les quise interrumpir, por si yo era un viajero en el tiempo y al interactuar con ese presente pudiera cambiar cualquier cosa en la línea temporal pasada y futura. Me limité a observar parapetado tras el casco sus gestos y sus miradas. No ha cambiado nada en todos estos años, me dije, o quién sabe si aún tiene 16 años.

Es curioso cuánto cambiamos a la vez que no cambiamos nada, pensé. Me hizo ilusión porque no todos los días pasa a tu lado, rozándote, tu adolescencia para que la vivas de nuevo por completo en apenas diez segundos.

Aún la distinguí entre la gente por el retrovisor cuando aceleré la moto hacia Alonso Martínez antes de perderla en el tiempo. Es perturbadora la realidad, escribí luego, por cómo te regala vivos recuerdos extraños en el presente, conexiones imposibles con mundos tan remotos entre sí a su capricho que parece que no son verdad.

Ojalá le vaya bien. Aparqué en la plaza 2 de mayo y me metí en el Pepe Botella porque es así un poco como nuestro antiguo Café Vienés de la Taconera antes de que el ayuntamiento de los batasunos, peneuveros, izquierdososunidos y podemitas  permitiera, o quizás hasta alentara, a saber, su demolición. En cada ciudad en la que habito busco un Café Vienés para poder hacer como hoy, descansar, pensar, recordar, escribir y brindar tranquilamente en silencio por la Pamplona que estoy encontrando, hoy en Madrid, a mi ritmo.

Quizás la calidad de vida está bien para las unidades de cuidados paliativos pero no para las ciudades que pretenden seguir vivas. Me he sentido más cerca de Pamplona, la mía, en esta búsqueda que emprendí hace unos meses que cuando estoy en Pamplona. Y también me he sentido más cerca de la novela que no pienso escribir ya nunca porque quizás la esté contando aquí antes de que pueda escribirla. Metartículo metaliterario que llega a su meta. Y eso es todo.

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