A veces el bien gana, Laporte

Toma, prueba el coche, le dijo ella, a ver si eres capaz de revolucionarlo tanto como yo.

Un coche circula a gran velocidad por una carretera. STAIN MARYLIGHT
Un coche circula a gran velocidad por una carretera. STAIN MARYLIGHT

Hace tiempo que conduzco como un jubilado, no creo que sepa ya cómo se hace eso, le contestó él. Por fuera el coche es precioso. Tiene dos mil titos por dentro. Qué maravilla es el progreso. La tapicería de cuero gris es lo más elegante que se me ocurre que puede existir para forrar un coche.

Sí, vale, se dice, es precioso, pero a ver el coche. ¿De verdad que quieres que juguemos a buscar el límite? Creo que ya no me acuerdo cómo se desboca un coche. Estoy curado, le suelta sin mucho convencimiento porque nunca te curas del todo de algunas neuras. Ya no corro ni en los juegos de las consolas. Por no tener ya no tengo ni consola, que la PS2 dejó de leer los deuvedés hace años.

Ella le dice, inténtalo, puede ser divertido. Por no discutir ajusta todo el coche a su gusto, como cuando era un joven impetuoso e inconsciente: asiento bajo, cinturón, espejos, altura del volante para ver todo el cuadro. Vale, está listo, vamos a ver qué pasa. Gafas de sol puestas, música de Lou Reed, Dirty Blvd, para volar lejos, a tope. Entrando en pista, llegando al peaje, despacio. El día está espectacular. Azulado y blanco radiante para el despegue. Recoge la tarjeta de crédito, sube la barrera y primera.

Sale fuerte, mucho, demasiado, mierda, entra el control de estabilidad y aún así se le cruza un poco el trasto. Le culea más de lo que hubiera pensado, quema ruedas o embrague o algo, como un macarra, puto olor a plástico fundido, y pierde grip y por lo tanto velocidad. Alardes innecesarios, joder, como en la peli Airbag, que esto va de acelerar, solo de acelerar porque quien derrapa no tracciona. Parezco un puto becario, piensa, pero ni se inmuta. No deja de darle gas un segundo, que lo enderece la electrónica que para eso ya estamos en el futuro, decide apretando la mandíbula y los ojos... y segunda, a tabla. Feliz o algún sucedáneo parecido de la felicidad.

Hay cosas que jamás se olvidan: adrenalina, revoluciones, trazadas. Cabalga un disparo tenso, disfrutando de la sensación de llegar a meter tercera a pleno pulmón, con el motor portándose como los versos que Tennyson dedicó a la carga de la Brigada Ligera del ejército inglés durante la guerra de Crimea:  Media legua, media legua / media legua más allá...

Violento. Épico. Solo con soltar el embrague, una centésima antes de apretar de nuevo a fondo, ya empuja de lo lindo hacia el infierno, cazando la espalda de los recuerdos, como decía Einstein que eran los viajes en el tiempo más allá de la velocidad de la luz, con masa infinita. Estar aquí y allá en el mismo instante. Me mola este coche, me mola Alemania, y la sensación y la compañía, piensa él, a su bola.

¿Sigo?, se pregunta, y sigue... suenan los caballos como la Marcha Radetzky en un after de Viena pasadas las tres de la tarde del día de año nuevo, cuando rompemos todas las fronteras. Viva la Europa de las naciones, copón, grita, por darle un punto internacionalista al asunto y sigue apretando. Cuarta y ya no es capaz de anotar la velocidad porque el delito no ha prescrito. Cómo mola esto... joder, cómo mola la velocidad. Y ruge el coche desde fuera, cruzando la llanura, camino de ninguna parte dejando una estela bestial a su paso.

Qué cojones, ¿sigo?, piensa y sigue más... sigue, sigue, sigue... pero se raja a los diez segundos, dejando el acelerador sin pisar. Quién fuera el pelanas de Puigdemont para saltarse las leyes y poner este chasis a 250 km/h porque creo que lo hubiera conseguido, sentencia. O no, y nos hubiéramos matado en un acto inútil, se dice también, y todo habría acabado. ¿Merece la pena acabar así, desfigurados, quemados de nuevo, con una copiloto que es un amor?

Sin llegar a quinta, sin deforestar a conciencia la cuarta, hace rato que estaba más allá de la legalidad vigente. Levanta... mete directamente sexta, dejándolo ir solo con la inercia del calentón. Dejemos de jugar a los malditos que nos irá mejor, al menos por un rato, y disfrutemos. Como decía por aquí el amigo Laporte ayer en uno de los mejores artículos que he leído este curso, el mal atrae tanto... pero tanto, pero tanto, tanto, tanto que no sirve para nada bueno.

Tú ganas, le dice a ella. Eres muchísimo mejor conductora que yo. Le pone una mano en el muslo y le comenta, ¿salimos y vamos por la nacional, a nuestro aire, buscamos un restaurante decente para comer, un paisaje para sacarnos tres fotos, un hotel perdido para pasar la noche y vamos más despacio, que no tengo ganas ni estrellarme y matarnos ni de pagar multas absurdas? A veces el bien merece la pena. Mucho más que el mal. Y es más agradable y placentero, sobre todo porque te deja despertarte otro día para hacer con él lo que te de la gana. Y eso es todo.

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